Audio creado para Territorio Extrañer en el que hago una parodia de la película Pulp Fiction con un enlace para dar paso a «Cara de culo», un relato de CG Demian y JL Pascual, incluido en la antología Orgullo Zombi.
21 de febrero de 2022
16 de febrero de 2022
El hombre de Vitruvio
CONTENIDO EXPLÍCITO
Apagué el cigarrillo y me metí en la ducha. El calor de la orina al descender por mis piernas contrastó con el agua fría que la alcachofa escupía contra mis tetas. Me excita esa sensación. Daría la vida por poderme mear desde la cabeza hasta los pies. O mucho mejor, que en lugar de meado fuera la sangre caliente bombeada por una persona que entrega su vida por complacer mi fantasía.
Cachonda como estaba, salí de la ducha sin secarme. Mi decepción llegó cuando entré en la habitación. El hijo de puta roncaba abierto de brazos y piernas. Ni siquiera se había limpiado la polla después de follar. Eso no es que me desagrade, pero si al menos hubiera tenido el detalle de seguir empalmado lo habría despertado con un polvo. Me acerqué a su mesilla y apuré una cerveza barata. Estaba caliente como yo. Como mi orín. Como su sangre. Antes de dejar la botella vacía en el suelo me la pasé por la entrepierna. Demasiado ancha. Entonces tomé la navaja que utilizaba para picar la coca. Sin mucho esfuerzo podría haber agrandado mi oquedad con ella. Habría sido excitante ver cómo entraba la botella bañada de sangre. Estaba enloquecida pero no soy imbécil, eso debe ser muy doloroso. Desesperada, si no podía meterme nada, al menos necesitaba empaparme con algo caliente. Lo miré. Pensé. Corté. Cuando el Hombre de Vitruvio quiso percatarse, mis manos se abrían paso por el canal que surcaba su cuerpo desde el esternón hasta los huevos.
Vicente Ortiz Febrero de 2022
Registrado en Safe Creative 2202160495209
7 de febrero de 2022
Limpiando la cocina, de Óscar Calleja
Nueva colaboración con Álvaro Aparicio en su podcast Vuelo del cometa.
Pongo voz y edición al microrrelato de Óscar Calleja, ganador en la XX edición de La Parroquia en su Patreon.
1 de febrero de 2022
El Monolito Resplandeciente
La deslucida imagen de Providence tras la puesta de sol, evocó en mí un morboso deseo de visitar la derruida torre que había frecuentado con mi abuelo siendo niña. Entonces no entendía nada, pero ahora que he legado su obsesión tengo que honrarle encontrando el Monolito Resplandeciente, ese objeto blasfemo que se oculta entre aquellas sombras perpetuas y que devolverá a El Caos Reptante a los abismos. Esa enormidad ominosa acabó con mis progenitores y con los insensatos que lo devolvieron a la vida. Pobres idiotas. No fueron conscientes de que el más despiadado visitante de remotas estrellas no respetaría ni a sus estúpidos devotos. Mi abuelo quiso instruirme, intentó acabar con la abominación que me privó de mis padres y advirtió a las autoridades sobre la sombra que se cernía sobre todos, sin embargo, lo encerraron como a un vulgar perturbado el resto de sus días.
No sé si las garras de Nyarlathotep ya se habrán extendido como ciclópeos tentáculos por la ciudad. Tal vez esté esperando paciente entre los escombros de la vieja torre para empezar conmigo lo que no pudo con mi abuelo. Lo que sí sé es dónde está el Monolito, y eso equilibra las fuerzas.
24 de enero de 2022
«La suite de los suicidas», de Jose Cortés.
En este audio para Territorio Extrañer le he puesto voz y edición al relato de terror escrito por Jose Cortés.
21 de enero de 2022
Ya aprenderá
6 de enero de 2022
Recomendación literaria para BookFiction
Con la ayuda del profesor PV, hicimos una recomendación literaria para el podcast BookFiction.
15 de diciembre de 2021
Yo trabajo solo
A las
10:00 p.m. entré en el club. La humareda que flotaba alrededor de los
parroquianos formaba nubes cónicas que descendían desde los amarillentos focos
del techo. Pendientes del televisor, ni siquiera el jodido barman me reconoció
cuando le pedí el whisky de siempre. Me senté al fondo, en la mesa más alejada
de la puerta, y desde la que mejor podía controlar todo el local. A mi derecha,
una rubia de bote apoyada en la mesa de billar parecía divertirse con dos
gorilas que reían. Encendí un cigarrillo y di un sorbo a la copa. A la
izquierda, junto a la puerta del baño, un camello discutía con una joven pareja
que no se dejaba intimidar por sus teatreros aspavientos. Todo en orden.
Si
las cosas marchaban bien, solo tendría que esperar un rato a que llegara mi
objetivo con su ligue. Trabajo sencillo. Dinero fácil a cambio un puñado de
fotos decentes que entregaría en cuanto saliera de aquel agujero. Consulté la
hora después de apurar la copa. Los tortolitos se retrasaban. Contemplé la
barra con la idea de levantarme a pedir otro whisky, a riesgo de ser
descubierto, pero en ese instante de duda el celular de mi bolsillo vibró.
―Necesito
que lo eliminen cuanto antes ―dijo una voz autoritaria al otro lado.
Si
ya la falta de educación es algo que me fastidia de un cliente, que me exija algo
que no está pactado puede ser el motivo para que renuncie a un caso. Aquel
idiota lo había jodido todo en una sola frase.
―Creo
que se ha equivocado de persona, amigo. Yo solo hago seguimientos. De lo que se
haga después con mis informes, no quiero saber nada.
―No
lo entiende ―respondió elevando el tono―, ese hijo de puta se tira a mi chica. ¡Lo
quiero muerto!
Claro
que lo entendía, sin infidelidades no tendría casos. El mayor misterio para mí
es la obsesión del cornudo, esa que le impide hacer borrón y cuenta nueva si
antes no le ha puesto rostro a su sustituto.
―¿Me
está escuchando? ―preguntó tras un silencio―. Los otros chicos me acaban de
decir que ya está en el club.
―¿Los
otros chicos? ¿Me está tomando el pelo? Yo trabajo solo.
―No
me venga ahora con principios. Hay que acabar con él, por eso también los
contraté a ellos como refuerzo.
―¡Váyase
a la mierda!
―No
se enfade, le pagaré lo acordado cuando me entregue las malditas fotos.
Dejé
el teléfono junto al cenicero y así la pipa bajo la mesa. Mis ojos barrieron la
oscuridad del local hasta que se toparon con la gélida mirada de uno de los
gorilas que, con más torpeza que discreción, sacaba una semiautomática del
bolso de la rubia.
―Aunque
esté disfrazado ―continuó lejana una voz desde el aparato―, quiero ver como era
su cara antes de que empiecen los disparos.
Vicente Ortiz
Microrrelato noir presentado a Moraleja Novela negra 2021
Número de registro en Safe Creative 2112150040084
22 de noviembre de 2021
Podcast del relato "Aparezco aquí".
En colaboración con Dentro del Monolito, el profesor pone voz a este inquietante relato escrito por Jose Cortés. Puedes escucharme recreando al profesor en esta lista de IVoox.
14 de noviembre de 2021
Podcast del relato "El afilador".
Relato incluido en la antología «Transfórmate o muere».
Voz y edición sonora de J.C. González, del podcast Cuentos del bosque oscuro.
31 de octubre de 2021
Ochenta dólares
No
sé a qué supuesta fuerza se debe la casualidad, una coincidencia, incluso
varios sucesos inesperados que terminan vinculados. Es como si la caprichosa
varita de un mago burlón te tocara para que se enlazaran un cúmulo de
acontecimientos poco relevantes, pero que, analizados, todos son importantes en
el devenir de unos hechos. Fatales en mi caso. De haberme gastado ochenta
dólares en una batería para el coche, no me habría meado en los pantalones buscando
el refugio de un viejo armario que apestaba a naftalina, ni ahora estaría repitiendo
mi historia a un joven abogado con más granos en la cara que casos defendidos.
Después
de una monótona jornada laboral caminé apresurado a la calle. Por suerte ya no
llovía y, aunque no hacía frío, deseaba llegar a casa cuanto antes. El plan era
darme una ducha, ponerme algo cómodo que no me quitaría en un par de días,
preparar algo rápido en el microondas y beber unas cervezas frente al
televisor. Esa era la rutina que seguía a rajatabla desde que Carol me dejó
tres años atrás. No la culpo por ello, porque tampoco es que antes hiciera
mucho más. Quizá pedir comida a los chinos de la calle Carlin o dar una vuelta
por el centro comercial algunos sábados por la tarde.
Camino
del aparcamiento decliné la invitación de los chicos para ir al tugurio donde
todos los viernes se emborrachan. Creo que me invitan porque conocen la
respuesta. Alguna vez he pensado en acompañarlos solo por joderles.
Antes
de abrir la puerta de mi abollado Ford, dirigí una sonrisa a Anne. Sin atender
al resto de vehículos, pasaba muy despacio en su enorme familiar color caca
descolorida. Tras la ventana medio bajada, acomodaba un cigarrillo entre sus
anchos labios y me miraba con lascivia. Al menos eso pienso cada vez que pone
esa cara tan Anne. Creo que ya nos habríamos revolcado alguna vez de no
ser mi superior. También quiero pensar eso. Es más fácil. Aunque la realidad
será otra. Posiblemente su voluptuoso cuerpo de madre soltera con cuatro hijos
no vea en mí otra cosa que a un tipo fracasado incapaz de darle otro hijo.
Puede que hasta se burle de mí con ese juego de miradas.
Tiré
el abrigo en el asiento del copiloto y me aflojé la corbata antes de entrar. Un
quejido involuntario salió de mi garganta al dejarme caer frente al parabrisas
cubierto de vaho. Introduje la llave de contacto para poner el coche en marcha,
pero el perezoso motor apenas giró un suspiro. En el segundo intento ni
siquiera se iluminaron los malditos testigos del salpicadero. Ignorar los
avisos de la inminente muerte de la batería no había sido buena idea.
Resignado, salí del coche y lo despedí con un portazo. Para evitar ser visto
por alguno de los chicos, abandoné el aparcamiento por la rampa peatonal de la
parte trasera.
Veinte
minutos de caminata después pisé la zona residencial. A diferencia de los
habitantes del centro, que parecen enmascarados todo el año, ver gente
disfrazada en la calle solo podía significar que era la noche de Halloween. Las
risas de un grupo de zombis y brujas de pequeña estatura, liderados por un tipo
de chaqueta roída y demasiados pendientes, me recordó que debía desconectar el
timbre al entrar en casa. Si hay algo más molesto que aguantar a un niño, es
aguantar a un grupo de niños hambrientos de caramelos y otras porquerías.
La
chillona voz de la señora Emily me atravesó los tímpanos cuando pisé mi calle. Mujer
creyente, de comportamiento reservado y vida discreta, maldecía muy enfadada.
Antes de llegar a su jardín me cambié de acera. De nada sirvió. Con vista de
rapaz nocturna me adivinó en la oscuridad.
—¿Te lo puedes creer?
¡Mira cómo me han dejado la pared esos mocosos!
Descubierto,
no me quedó más remedio que acercarme a ella. Fuera de sí como jamás la había
visto, se giró hasta darme la espalda y empezó a mover con ímpetu sus rollizos
brazos, en un intento bastante lamentable de abarcar toda la fachada con las
sacudidas.
—Huevos, han tirado al menos una docena de
huevos esos pequeños hijos de Satanás. Ha sido espantoso, Damon. Acabo de
llamar a la policía porque uno de ellos no paraba de dar patadas a la pared
mientras me amenazaba. Todo por
cerrarles la puerta cuando empezaron a reírse mientras repetían: «¿truco o
trato?».
Era
divertido ver cómo tocaba los restos viscosos que aún escurrían por la pared
sin dejar de parlotear y moverse de un lado a otro.
—Es
imperdonable, señora Emily —respondí con falsa empatía.
—No
hay educación, Damon, qué va a ser del país con estos valores. Es culpa del
maligno, que está en todas partes esperando a que flaqueemos. Primero los
comunistas, luego las rameras de la televisión, y ahora la hierba que vuelve
locos a los jóvenes. Seremos condenados por sus pecados. ¡Todos!
A
punto estuve de soltar una carcajada cuando noté que se tambaleaba. Pesaba
tanto como yo, pero no tuve problemas para ayudarla a entrar en casa y dejarla
sobre el sofá.
Un coche paró sobre el camino que separa el césped de la entrada en dos parcelas idénticas. El chirrido brusco de los neumáticos al derrapar sobre las placas de granito artificial hizo que se levantara como un resorte para cerrar la puerta y apagar las luces. En su rostro aún se reflejaba la cólera, alimentada ahora por movimientos frenéticos. Ni rastro del desvanecimiento.
18 de octubre de 2021
Campanas de a muerto, de Oscar Calleja.
Colaboración con Vuelo del cometa, de Álvaro Apario. Interpretando al Profesor P.V. ponemos voz y edición al microrrelato ganador del XVI concurso.
22 de septiembre de 2021
Coloquio licántroper
En la web Altavoz Cultural nos han hecho una entrevista a Irene, una compañera de antología, y a mí.
Puedes leerla aquí.
1 de septiembre de 2021
Prólogo antología
22 de agosto de 2021
Transfórmate o muere
6 de agosto de 2021
Forjadores de relatos 6: «Londres» de Vicente Ortiz
3 de agosto de 2021
No es más que un juego de niños
21 de julio de 2021
La llamada de Extrañer
Ficción sonora creada por el equipo de Territorio Extrañer, donde pongo la voz al narrador encarnando al Profesor PV. Mis compañeros BJ Sal y Román Sanz Mouta dan voz a Berengario y Román respectivamente. Texto gamberro donde tomamos como partida la tercera parte de La llamada de Cthulhu, de HP Lovecraft.
28 de junio de 2021
21 de junio de 2021
Podcast del relato "La noche de difuntos".
Voz y edición: Jose Mª Teruel, del podcast Cuentos y Relatos
Escrito por Vicente Ortiz
13 de junio de 2021
La biblioteca perdida
En el primer certamen de relatos de ficción histórica organizado por La biblioteca perdida, quedé finalista con "El pugio".
Puedes descargar gratis en epub la antología completa aquí
6 de junio de 2021
Lovecraft, el negro de Houdini
22 de mayo de 2021
El Profesor PV y el exorcismo
9 de abril de 2021
El bosque del tránsito.
El viejo Richard hizo lo que pudo, no
seré yo quien le reproche nada a estas alturas. El abuelo se encargó de mí desde
el día que mi madre me abandonó siendo muy pequeña. A su manera, eso sí. Mi
infancia no transcurrió entre juegos, vestidos rosas y muñecas. Tampoco lo
necesité. Al menos fui al colegio y nunca me faltó una cama y un plato en la
mesa. A cambio tuve que sobrevivir en una sociedad rural hecha para hombres
solitarios. Con el abuelo siempre ocupado del ganado y las cosechas, tuve que
madurar deprisa y hacerme cargo de la casa para que no nos comiera la mierda.
Al llegar el invierno, si la nieve se acumulaba casi un metro, era cuando más tiempo pasábamos juntos. Le fastidiaba estar desocupado durante tanto tiempo. Eso lo ponía nervioso y no solía estar de buen humor. Yo intentaba entretenerlo cada vez que se quejaba por cualquier cosa o se acercaba a la ventana para comprobar que todo seguía igual que un rato antes. Lamento que no fueran muchas las veces que me contó historietas en voz baja. Yo las escuchaba con atención mientras me embelesaba con las llamas de la chimenea. Con torpe sobreactuación, él miraba desconfiado la puerta. A veces, casi en susurros, me hablaba de los espíritus que nos observan, de extraños animales que acosan a niñas solitarias o de pasados tiempos donde en el Bosque del Tránsito, los primeros colonos fueron iniciados en extraños rituales por los indios que lo ocupaban. Todas aquellas fábulas o leyendas, creo que muchas de cosecha propia, además de usarlas para divertirse mientras intentaba impresionarme, siempre tenían una moraleja similar: recelar de las aparentes buenas intenciones de los desconocidos. No sé si de haber sido un varón habría usado otro repertorio. De todos modos, yo no me asustaba; todo lo contrario, ni siquiera cuando hacía una parada larga y de golpe alzaba la voz al tiempo que se levantaba de la butaca golpeando la mesa con sus enormes manos. Nunca olvidaré esos momentos junto a él, saboreando cada pedazo de la atmósfera que creaba en sus narraciones mientras amontonaba latas vacías de cerveza.
7 de abril de 2021
La relación entre Edgar Allan Poe y Charles Dickens
En esta colaboración, le pongo la voz del Profesor PV al artículo que C.G. Demian escribió para la web Dentro del Monolito.
4 de marzo de 2021
El caso Dexter Willet
5 de febrero de 2021
Mundo Extrañer: Guns and Roses
Primera colaboración en Territorio Extrañer. Repaso a la trayectoria de Guns and Roses.
TERRITORIO EXTRAÑER
A partir de ahora, y mientras me dejen, colaboraré con Territorio Extrañer, un podcast donde se habla de todo lo que ya se ha hablado... ¡y alguna cosa más!
Ven a criar cuervos con nostros. Adéntrate en Territorio Extrañer.
2 de enero de 2021
Podcast del relato "El caso Dexter Willet".
31 de octubre de 2020
La noche de difuntos.
Los jovencitos allegados a los infantes de la casa de los
duques tenían permiso cada año para pasar la noche de difuntos en el gran
salón. Convertida ya en tradición, a pesar de lo macabro de algunos relatos,
era la excusa perfecta para estar lejos de la custodia de sus padres o
sirvientes. Dispuestos alrededor de la mesa, esperaban ansiosos tras la cena la
llegada de Álvaro y Fernando, los encargados de contar historias y leyendas
terroríficas.
Cuando todos estaban frente al fuego
hablando de cosas que poco tenían que ver con lo que les esperaba, el ruido de
la puerta al abrirse los sobresaltó. Era uno de los criados, que con más
fastidio que sutileza anunciaba la llegada de Fernando.
Fernando era un mozalbete de unos
veinticinco años que se ganaba la vida como secretario de la casa, trabajo que
le daba para comer, sin embargo, su auténtica pasión era escribir cuentos y
poemas. Doblaba en edad a la mayoría de los presentes que ese año habían sido
elegidos para acompañar a los hijos de los duques. Llamamiento muy codiciado
por los progenitores de la zona que ansiaban acercarse a la nobleza si sus
vástagos eran seleccionados.
―Con tristeza y sin
consuelo ―recitó el recién llegado con exagerados movimientos de puesta en
escena― este simple siervo os informa que tendréis que conformaros con mi
humilde presencia. Álvaro se encuentra indispuesto desde hace unos días y me ha
pedido que me disculpe por él. Advierto que tengo buenas historias preparadas y
os prometo que no lo echaréis de menos.
Isabel, la pequeña damita de la casa,
consentida y caprichosa, no disimuló su enfado amenazando con suspender la
velada, pero el oportuno susurro de su hermana mayor sirvió para disuadirla,
pues el desgraciado Álvaro acababa de perder a su esposa durante un parto.
Sin más preámbulos, Fernando apagó
las velas ante la mirada de los jóvenes y formó un semicírculo con todos frente
a él. El fuego a su espalda producía un efecto que borraba de manera
intermitente su espigada figura, convertida a veces en una lóbrega silueta que
se agitaba cambiando de forma. Creado el ambiente y la atención que buscaba,
tomó asiento y carraspeó antes de comenzar el espectáculo.
―Señoritos, señoritas, suplico
silencio y respeto por las ánimas a las que esta noche vamos a
honrar ―continuó Fernando―. Si alguno considera que he de parar o cambiar
de historia, pido a vuestras mercedes que me lo hagan saber de inmediato.
También les advierto que una vez pasada la media noche, nadie podrá abandonar
el palacio, ni siquiera yo. Ya sabéis que está prohibido pisar la calle en esta
madrugada. Nunca ha ocurrido tal cosa, y no creo que esta vaya a ser la primera
vez, pues puedo afirmar que ante mí solo encuentro rostros valientes y cuerpos
fuertes.
Entre sonrisas y un leve murmullo,
los niños acogieron bien las últimas palabras cruzando miradas cómplices.
Fuera, la contienda que el viento y la lluvia libraba contra los ventanales del
palacio se tornó en un rumor lejano cuando las campanas cercanas de la catedral
anunciaron la medianoche de forma lastimera, como avisando que no era una noche
cualquiera. Hasta los perros lo sabían. Ladraban y aullaban apenados a coro.
―Esta historia no es una leyenda
cualquiera ―prolongó el poeta―, es algo que realmente ocurrió hace años.
Pocos se han atrevido a divulgarla, pero hoy la vais a conocer.
En ese momento la puerta se abrió
liberando un quejido que recorrió el salón. Los niños se arrimaron unos a otros
al ver que Fernando se santiguaba antes de incorporarse para hacer un barrido
visual por las sombras del salón. Con simulada tranquilidad volvió a ocupar su
cubil sabedor de que sin él quererlo, la atmósfera de su actuación ahora era
más negra de lo que pretendía. Continuó:
―Álvaro galopaba bajo la tempestad
implorando llegar a tiempo. Lamentaba no haber estado junto a su amada el día
en que la partera había anunciado la llegada de su primogénito, pero el pobre
Álvaro no había podido eludir sus responsabilidades en el duro trabajo del
campo. Inés, que así se llamaba ella, decidió que su hijo tenía que nacer junto
a la ermita de la Virgen de Argeme, pues así se lo pidió en un sueño su difunta
madre. A Álvaro aquello le pareció un capricho ridículo, pero finalmente
accedió al deseo y las súplicas de la joven Inés. Ahora se arrepentía, pues
jamás sospechó que su ansiado momento llegaría en la noche de difuntos.
De nuevo, un ruido interrumpió la
narración de Fernando, que intentando no asustar a los infantes más de lo
debido, se levantó esta vez y caminó por la oscuridad de la estancia para
confirmar que todo estaba en orden. Solo pudo escuchar unos pasos acelerados
que se perdían por la escalera, y más tarde el relincho de un caballo agitado
ante el envite de su jinete.
Era Álvaro, que a última hora había
decidido acompañar a Fernando, pero que, escondido tras las sombras decidió
escuchar la leyenda sin interrumpir. Ahora, molesto y empapado cabalgaba
impetuoso hacia la ermita. Su amada había muerto días atrás, pero el cuento de
su amigo, dolorosamente real, lo alentó a recorrer de nuevo los mismos pasos
que aquella infausta madrugada. Al atravesar las anegadas tierras de labranza,
sin apenas ver donde pisaba, la mala suerte quiso que el pecho de su caballo
embistiera contra el podrido tronco de un arbusto. Álvaro voló por los aires
antes de encontrarse con el barro que le rodeaba. Dolorido y resignado al ver
su caballo herido de muerte, emprendió el resto del viaje a pie, pues a pesar
de la oscuridad, sabía que estaba cerca del cerro de la ermita. Caminó de
manera pesada durante casi media hora hasta llegar al pequeño templo. Respirando
fatigoso frente a la cruz que se vislumbraba, se sintió un estúpido imprudente
allí plantado bajo la lluvia, esperando una absurda indicación que lo guiara.
Hacía mucho frío, pero no tanto como la última vez que estuvo allí. Aquella
maldita noche que jamás olvidaría. Aquella noche que blasfemó renunciando a
Dios. Aquella noche en la que una parte de su alma también se fue con Inés.
El monótono sonido del aguacero se
rompió con un apenado sollozo que lo estremeció. Luego siguieron diferentes
gritos agónicos que devoraron la armonía del sagrado lugar. Álvaro supo que era
la voz desesperada de una mujer. Sin pensarlo, entró en los soportales de la
ermita, pero no había nadie. Desconcertado, sin atisbar el origen de los
chillidos, que por momentos le parecieron imaginarios, volvió a salir bajo la
lluvia, mirando a un lado y a otro, caminando confuso. Mientras rodeaba la
ermita le llegaron nuevos lamentos, esta vez menos funestos, y más tarde, el
inconfundible llanto de un recién nacido. Cada vez más alterado, dio dos
vueltas al templo con la misma suerte. Antes de que saliera una palabra de su
garganta, un bulto que parecía agitarse bajo el triste abrigo de un pequeño
olivo llamó su atención. Se aproximó parsimonioso. Cuando ya estaba muy cerca
entrevió a alguien sentado en el suelo. La figura, envuelta en un mantón
comenzó a girarse conforme Álvaro llegaba a su par.
En ese mismo momento, con los niños
apretujados sin atreverse a decir palabra, Fernando llegaba al final de su
historia:
―Una vez que el desdichado caballero
llegó a la altura de la misteriosa figura ―continuó transformando su voz
en una más gutural―, se arrodilló ante ella sin acertar a ver su cara, pero al
retirar el empapado mantón que cubría su cabeza, se topó con dos protuberancias
encaracoladas que nacían de su frente. Se alzó asustado. Retrocedió unos pasos
al tiempo que el resplandor de un rayo descubría al pálido personaje de cara
afilada y profundos ojos escarlata. Desde el suelo, el innombrable le mostró al
recién nacido. Álvaro se desplomó espantado. Paralizado. Muerto.
Cuento escrito en la tarde del 31/10/20 por Vicente Ortiz.
Registrado en Safe Creative.





