16 de febrero de 2022

El hombre de Vitruvio

CONTENIDO EXPLÍCITO

Apagué el cigarrillo y me metí en la ducha. El calor de la orina al descender por mis piernas contrastó con el agua fría que la alcachofa escupía contra mis tetas. Me excita esa sensación. Daría la vida por poderme mear desde la cabeza hasta los pies. O mucho mejor, que en lugar de meado fuera la sangre caliente bombeada por una persona que entrega su vida por complacer mi fantasía.

Cachonda como estaba, salí de la ducha sin secarme. Mi decepción llegó cuando entré en la habitación. El hijo de puta roncaba abierto de brazos y piernas. Ni siquiera se había limpiado la polla después de follar. Eso no es que me desagrade, pero si al menos hubiera tenido el detalle de seguir empalmado lo habría despertado con un polvo. Me acerqué a su mesilla y apuré una cerveza barata. Estaba caliente como yo. Como mi orín. Como su sangre. Antes de dejar la botella vacía en el suelo me la pasé por la entrepierna. Demasiado ancha. Entonces tomé la navaja que utilizaba para picar la coca. Sin mucho esfuerzo podría haber agrandado mi oquedad con ella. Habría sido excitante ver cómo entraba la botella bañada de sangre. Estaba enloquecida pero no soy imbécil, eso debe ser muy doloroso. Desesperada, si no podía meterme nada, al menos necesitaba empaparme con algo caliente. Lo miré. Pensé. Corté. Cuando el Hombre de Vitruvio quiso percatarse, mis manos se abrían paso por el canal que surcaba su cuerpo desde el esternón hasta los huevos.


Vicente Ortiz Febrero de 2022

Registrado en Safe Creative 2202160495209


7 de febrero de 2022

Limpiando la cocina, de Óscar Calleja

Nueva colaboración con Álvaro Aparicio en su podcast Vuelo del cometa

Pongo voz y edición al microrrelato de Óscar Calleja, ganador en la XX edición de La Parroquia en su Patreon.

1 de febrero de 2022

El Monolito Resplandeciente

La deslucida imagen de Providence tras la puesta de sol, evocó en mí un morboso deseo de visitar la derruida torre que había frecuentado con mi abuelo siendo niña. Entonces no entendía nada, pero ahora que he legado su obsesión tengo que honrarle encontrando el Monolito Resplandeciente, ese objeto blasfemo que se oculta entre aquellas sombras perpetuas y que devolverá a El Caos Reptante a los abismos. Esa enormidad ominosa acabó con mis progenitores y con los insensatos que lo devolvieron a la vida. Pobres idiotas. No fueron conscientes de que el más despiadado visitante de remotas estrellas no respetaría ni a sus estúpidos devotos. Mi abuelo quiso instruirme, intentó acabar con la abominación que me privó de mis padres y advirtió a las autoridades sobre la sombra que se cernía sobre todos, sin embargo, lo encerraron como a un vulgar perturbado el resto de sus días.

        No sé si las garras de Nyarlathotep ya se habrán extendido como ciclópeos tentáculos por la ciudad. Tal vez esté esperando paciente entre los escombros de la vieja torre para empezar conmigo lo que no pudo con mi abuelo. Lo que sí sé es dónde está el Monolito, y eso equilibra las fuerzas.


21 de enero de 2022

Ya aprenderá

Ver crecer a mi hijo fuerte y sano, o contemplar cómo disfruta de la comida me llena de orgullo. Sé que goza agradecido cuando por la comisura de sus labios chorrea la sangre de la carne cruda, cuando escupe en el plato algún trozo de cartílago y lo mira curioso antes de darle el visto bueno. Lo que más le gusta son las vísceras tiernas y jugosas. Las engulle con tanta ansia que ni las saborea. Ya apreciará los matices y aromas cuando sea mayor. Me preocupan más los excrementos. No que se los coma, eso va en nuestra naturaleza y yo hago lo mismo cuando huelen bien, pero ya debería haber aprendido a no cagar cerca de donde se come o se duerme. A Jose tampoco le gusta que lo haga, por eso le pega con la goma de regar o lo encadena lejos de mí vista. 
          Si sigue creciendo tan rápido, pronto levantará la pata para mear.

Microrrelato para forjadores de relatos

15 de diciembre de 2021

Yo trabajo solo

A las 10:00 p.m. entré en el club. La humareda que flotaba alrededor de los parroquianos formaba nubes cónicas que descendían desde los amarillentos focos del techo. Pendientes del televisor, ni siquiera el jodido barman me reconoció cuando le pedí el whisky de siempre. Me senté al fondo, en la mesa más alejada de la puerta, y desde la que mejor podía controlar todo el local. A mi derecha, una rubia de bote apoyada en la mesa de billar parecía divertirse con dos gorilas que reían. Encendí un cigarrillo y di un sorbo a la copa. A la izquierda, junto a la puerta del baño, un camello discutía con una joven pareja que no se dejaba intimidar por sus teatreros aspavientos. Todo en orden.

Si las cosas marchaban bien, solo tendría que esperar un rato a que llegara mi objetivo con su ligue. Trabajo sencillo. Dinero fácil a cambio un puñado de fotos decentes que entregaría en cuanto saliera de aquel agujero. Consulté la hora después de apurar la copa. Los tortolitos se retrasaban. Contemplé la barra con la idea de levantarme a pedir otro whisky, a riesgo de ser descubierto, pero en ese instante de duda el celular de mi bolsillo vibró.

―Necesito que lo eliminen cuanto antes ―dijo una voz autoritaria al otro lado.

Si ya la falta de educación es algo que me fastidia de un cliente, que me exija algo que no está pactado puede ser el motivo para que renuncie a un caso. Aquel idiota lo había jodido todo en una sola frase.

―Creo que se ha equivocado de persona, amigo. Yo solo hago seguimientos. De lo que se haga después con mis informes, no quiero saber nada.

―No lo entiende ―respondió elevando el tono―, ese hijo de puta se tira a mi chica. ¡Lo quiero muerto!


Claro que lo entendía, sin infidelidades no tendría casos. El mayor misterio para mí es la obsesión del cornudo, esa que le impide hacer borrón y cuenta nueva si antes no le ha puesto rostro a su sustituto.

―¿Me está escuchando? ―preguntó tras un silencio―. Los otros chicos me acaban de decir que ya está en el club.

―¿Los otros chicos? ¿Me está tomando el pelo? Yo trabajo solo.

―No me venga ahora con principios. Hay que acabar con él, por eso también los contraté a ellos como refuerzo.

―¡Váyase a la mierda!

―No se enfade, le pagaré lo acordado cuando me entregue las malditas fotos.

Dejé el teléfono junto al cenicero y así la pipa bajo la mesa. Mis ojos barrieron la oscuridad del local hasta que se toparon con la gélida mirada de uno de los gorilas que, con más torpeza que discreción, sacaba una semiautomática del bolso de la rubia.

―Aunque esté disfrazado ―continuó lejana una voz desde el aparato―, quiero ver como era su cara antes de que empiecen los disparos.


Vicente Ortiz

Microrrelato noir presentado a Moraleja Novela negra 2021

Número de registro en Safe Creative 2112150040084


22 de noviembre de 2021

Podcast del relato "Aparezco aquí".

En colaboración con Dentro del Monolito, el profesor pone voz a este inquietante relato escrito por Jose Cortés. Puedes escucharme recreando al profesor en esta lista de IVoox.

14 de noviembre de 2021

31 de octubre de 2021

Ochenta dólares

 

No sé a qué supuesta fuerza se debe la casualidad, una coincidencia, incluso varios sucesos inesperados que terminan vinculados. Es como si la caprichosa varita de un mago burlón te tocara para que se enlazaran un cúmulo de acontecimientos poco relevantes, pero que, analizados, todos son importantes en el devenir de unos hechos. Fatales en mi caso. De haberme gastado ochenta dólares en una batería para el coche, no me habría meado en los pantalones buscando el refugio de un viejo armario que apestaba a naftalina, ni ahora estaría repitiendo mi historia a un joven abogado con más granos en la cara que casos defendidos.

 

 

Después de una monótona jornada laboral caminé apresurado a la calle. Por suerte ya no llovía y, aunque no hacía frío, deseaba llegar a casa cuanto antes. El plan era darme una ducha, ponerme algo cómodo que no me quitaría en un par de días, preparar algo rápido en el microondas y beber unas cervezas frente al televisor. Esa era la rutina que seguía a rajatabla desde que Carol me dejó tres años atrás. No la culpo por ello, porque tampoco es que antes hiciera mucho más. Quizá pedir comida a los chinos de la calle Carlin o dar una vuelta por el centro comercial algunos sábados por la tarde.

Camino del aparcamiento decliné la invitación de los chicos para ir al tugurio donde todos los viernes se emborrachan. Creo que me invitan porque conocen la respuesta. Alguna vez he pensado en acompañarlos solo por joderles.

Antes de abrir la puerta de mi abollado Ford, dirigí una sonrisa a Anne. Sin atender al resto de vehículos, pasaba muy despacio en su enorme familiar color caca descolorida. Tras la ventana medio bajada, acomodaba un cigarrillo entre sus anchos labios y me miraba con lascivia. Al menos eso pienso cada vez que pone esa cara tan Anne. Creo que ya nos habríamos revolcado alguna vez de no ser mi superior. También quiero pensar eso. Es más fácil. Aunque la realidad será otra. Posiblemente su voluptuoso cuerpo de madre soltera con cuatro hijos no vea en mí otra cosa que a un tipo fracasado incapaz de darle otro hijo. Puede que hasta se burle de mí con ese juego de miradas.

Tiré el abrigo en el asiento del copiloto y me aflojé la corbata antes de entrar. Un quejido involuntario salió de mi garganta al dejarme caer frente al parabrisas cubierto de vaho. Introduje la llave de contacto para poner el coche en marcha, pero el perezoso motor apenas giró un suspiro. En el segundo intento ni siquiera se iluminaron los malditos testigos del salpicadero. Ignorar los avisos de la inminente muerte de la batería no había sido buena idea. Resignado, salí del coche y lo despedí con un portazo. Para evitar ser visto por alguno de los chicos, abandoné el aparcamiento por la rampa peatonal de la parte trasera.

Veinte minutos de caminata después pisé la zona residencial. A diferencia de los habitantes del centro, que parecen enmascarados todo el año, ver gente disfrazada en la calle solo podía significar que era la noche de Halloween. Las risas de un grupo de zombis y brujas de pequeña estatura, liderados por un tipo de chaqueta roída y demasiados pendientes, me recordó que debía desconectar el timbre al entrar en casa. Si hay algo más molesto que aguantar a un niño, es aguantar a un grupo de niños hambrientos de caramelos y otras porquerías.

La chillona voz de la señora Emily me atravesó los tímpanos cuando pisé mi calle. Mujer creyente, de comportamiento reservado y vida discreta, maldecía muy enfadada. Antes de llegar a su jardín me cambié de acera. De nada sirvió. Con vista de rapaz nocturna me adivinó en la oscuridad.

¿Te lo puedes creer? ¡Mira cómo me han dejado la pared esos mocosos!

Descubierto, no me quedó más remedio que acercarme a ella. Fuera de sí como jamás la había visto, se giró hasta darme la espalda y empezó a mover con ímpetu sus rollizos brazos, en un intento bastante lamentable de abarcar toda la fachada con las sacudidas.

 —Huevos, han tirado al menos una docena de huevos esos pequeños hijos de Satanás. Ha sido espantoso, Damon. Acabo de llamar a la policía porque uno de ellos no paraba de dar patadas a la pared mientras me amenazaba.  Todo por cerrarles la puerta cuando empezaron a reírse mientras repetían: «¿truco o trato?».

Era divertido ver cómo tocaba los restos viscosos que aún escurrían por la pared sin dejar de parlotear y moverse de un lado a otro.

—Es imperdonable, señora Emily —respondí con falsa empatía.

—No hay educación, Damon, qué va a ser del país con estos valores. Es culpa del maligno, que está en todas partes esperando a que flaqueemos. Primero los comunistas, luego las rameras de la televisión, y ahora la hierba que vuelve locos a los jóvenes. Seremos condenados por sus pecados. ¡Todos!

A punto estuve de soltar una carcajada cuando noté que se tambaleaba. Pesaba tanto como yo, pero no tuve problemas para ayudarla a entrar en casa y dejarla sobre el sofá.

Un coche paró sobre el camino que separa el césped de la entrada en dos parcelas idénticas. El chirrido brusco de los neumáticos al derrapar sobre las placas de granito artificial hizo que se levantara como un resorte para cerrar la puerta y apagar las luces. En su rostro aún se reflejaba la cólera, alimentada ahora por movimientos frenéticos. Ni rastro del desvanecimiento. 

18 de octubre de 2021

Campanas de a muerto, de Oscar Calleja.

Colaboración con Vuelo del cometa, de Álvaro Apario. Interpretando al Profesor P.V. ponemos voz y edición al microrrelato ganador del XVI concurso.

22 de septiembre de 2021

Coloquio licántroper

En la web Altavoz Cultural nos han hecho una entrevista a Irene, una compañera de antología, y a mí.

Puedes leerla aquí



1 de septiembre de 2021

Prólogo antología

El Profesor PV nos introduce en la antología Transfórmate o muere, leyendo el prólogo de Carlos Ruiz Santiago.

22 de agosto de 2021

Transfórmate o muere

«Transfórmate o muere» es una antología de relatos alrededor de la figura del hombre lobo. En ella, se aportan quince originales visiones acerca de la licantropía, huyendo de los clichés y visitando distintos géneros como ciencia-ficción, fantasía, humor y, por supuesto, terror. La transformación de hombre a lobo —y viceversa— sirve como elemento de cambio radical, de ver las cosas de otra manera y de proponer una mirada a la vida influenciada por el plenilunio. O te transformas o mueres.

La antología está compuesta por los siguientes autores: Verónica Cervilla, C.G. Demian, Irene Callejas, Francisco Santos Muñoz Rico, Manuel Gris, Vicente Ortiz, Borja Alonso Alonso, Elena Romea, Tania Huerta, Roberto Bayeto, José Luis Pascual, Luis Bravo, Arima Rodríguez Vega, B.J. Sal y Lorena Escobar. Además, se incluye el artículo de Carlos Ruiz Santiago «Reivindicando la figura del licántropo» a modo de prólogo.



«Transfórmate o muere» es un proyecto nacido del podcast «Territorio Extrañer».
Puedes descargarlo gratis en ePub, moby o Pdf en Lektu.

6 de agosto de 2021

Forjadores de relatos 6: «Londres» de Vicente Ortiz

Participación en Forjadores de relatos, una iniciativa de Dentro del Monolito, en la que se analizan textos a través de Twitch. José Luis Pascual, BJ Sal y JD Martín hablaron de "Londres".

3 de agosto de 2021

No es más que un juego de niños

CONTENIDO EXPLÍCITO
ꟷNo es más que un juego de niños, Bob, no te llevará ni media hora. Yo ando muy liado esta noche y por eso te lo paso, tío. Son cuatro de los grandes. Luego tírate a una fulana o sigue bebiendo hasta reventar, pero dame una respuesta ahora o se lo pasaré a uno de los chicos.

    Años atrás, Rick y yo habíamos hecho muchos trabajos juntos. De todo tipo. Nuestra especialidad era dar pequeños golpes en gasolineras por nuestra cuenta. Dinero fácil y rápido sin ninguna complicación. Se fundía pronto, eso sí, pero mientras duraba te podías tocar los huevos todo el día, follar, comer y levantarte a las tantas después de haber pasado la noche bebiendo. En el barrio solo había dos opciones, la nuestra, o la de los perdedores que tenían que madrugar por un salario de mierda en cualquier negocio mediocre. Algunas veces, si había mucha pasta en juego, también hacíamos de intermediarios o aceptábamos encargos más arriesgados. Además del dinero, era una forma de salir de la rutina y ganarte un nombre en el ambiente. La extorsión, el tráfico de drogas o los secuestros eran nuestro día a día. Incluso dedicamos medio año a escoltar al chapero preferido de un famoso narco. Fue un trabajo cojonudo. Al cabrón le gustaba la noche, comer bien y ver a los Bulls.

    Así fue durante muchos años. Hasta que la cagué. Aquella noche iba tan borracho que aún no me explico cómo pudimos escapar de la poli con aquel viejo Cadillac que se caía a pedazos. El nuevo alcalde, muy dado al espectáculo de cara a sus votantes, había decidido montar de forma aleatoria varias comedias por los garitos calientes de la ciudad. Una de las redadas nos sorprendió bebiendo y fumando hierba en el club. Como estábamos fichados, nos escabullimos del local en cuanto nos olimos que iban a detener a los primeros idiotas que se pusieran chulos. Aunque en la calle nos dieron el alto al subir al coche, conseguimos darles esquinazo a la patrulla que nos persiguió más de media hora por las calles de la ciudad. Fue una noche rara. Después fuimos a darle lo suyo a un tipo gordo escaso de memoria. Yo estaba tan pedo como Rick, y se nos fue un poco de las manos. Casi nos lo cargamos antes de recordarle que la visita respondía a que le debía cerca de dos mil pavos al hijo puta que nos contrató. Para cerrar una gran noche, el burdel de Joe nos pareció el mejor sitio donde celebrarlo. Cualquiera que conociera la noche del Chicago de los setenta, sabrá que allí estaban las mejores putas del estado. Si a eso le añadimos que, por un poco de pasta extra podías beber sin límite y dormir la mona hasta después de amanecer, no es de extrañar que el sitio estuviera atestado de lo mejor de cada casa.

    Dormía plácidamente cuando un negro de dos metros entró en la habitación de malas maneras. La mole de músculos sin cerebro pensó que abrir puerta a puerta todas las habitaciones sería una excelente idea para dar con su chica favorita. El cabrón ya había molestado a medio puticlub y estaba desesperado. Pero al final la encontró, vaya que si la encontró. Lo que no le gustó, aparte de mi careto, es que la puta estuviera tiesa y que de su brazo aún colgara la jeringuilla que la mandó al otro barrio. Sobredosis de caballo. La droga del momento. Entre la resaca y que todo ocurrió muy deprisa, tardé un rato en darme cuenta que mi amigo Rick se había sumado a la fiesta. Golpes, voces, puñetazos, lámparas por el suelo y finalmente un disparo. Aquella bestia negra cayó como un árbol talado sobre la moqueta mostaza que amortiguó el golpe, pero que no pudo absorber toda la sangre que le brotaba del pecho. Rick y yo guardamos las pipas cuando en el pasillo ya se agolpaban demasiados curiosos. El tipo estaba muerto, la zorra estaba muerta y yo estaba bloqueado. De los borrosos recuerdos de esa mañana, solo puedo asegurar que Rick salió por patas y que luego llegó la pasma.

21 de julio de 2021

La llamada de Extrañer

Ficción sonora creada por el equipo de Territorio Extrañer, donde pongo la voz al narrador encarnando al Profesor PV. Mis compañeros BJ Sal y Román Sanz Mouta dan voz a Berengario y Román respectivamente. Texto gamberro donde tomamos como partida la tercera parte de La llamada de Cthulhu, de HP Lovecraft.

28 de junio de 2021

13 de junio de 2021

La biblioteca perdida

En el primer certamen de relatos de ficción histórica organizado por La biblioteca perdida, quedé finalista con "El pugio".

Puedes descargar gratis en epub la antología completa aquí



6 de junio de 2021

Lovecraft, el negro de Houdini

En esta ocasión, le ponemos voz a un artículo que mi compañero de Mundo Extrañer, CG Demian, escribió para la web dentro del monolito.

 

22 de mayo de 2021

El Profesor PV y el exorcismo

Ficción sonora creada para el capítulo de Territorio Extrañer dedicado a las posesiones.
Buscando el equilibrio con un poco de humor, en esta historieta, el Profesor PV protagoniza un encuentro con el maligno.
Texto, voz y edición por Vicente Ortiz.


9 de abril de 2021

El bosque del tránsito.

El viejo Richard hizo lo que pudo, no seré yo quien le reproche nada a estas alturas. El abuelo se encargó de mí desde el día que mi madre me abandonó siendo muy pequeña. A su manera, eso sí. Mi infancia no transcurrió entre juegos, vestidos rosas y muñecas. Tampoco lo necesité. Al menos fui al colegio y nunca me faltó una cama y un plato en la mesa. A cambio tuve que sobrevivir en una sociedad rural hecha para hombres solitarios. Con el abuelo siempre ocupado del ganado y las cosechas, tuve que madurar deprisa y hacerme cargo de la casa para que no nos comiera la mierda.

Al llegar el invierno, si la nieve se acumulaba casi un metro, era cuando más tiempo pasábamos juntos. Le fastidiaba estar desocupado durante tanto tiempo. Eso lo ponía nervioso y no solía estar de buen humor. Yo intentaba entretenerlo cada vez que se quejaba por cualquier cosa o se acercaba a la ventana para comprobar que todo seguía igual que un rato antes. Lamento que no fueran muchas las veces que me contó historietas en voz baja. Yo las escuchaba con atención mientras me embelesaba con las llamas de la chimenea. Con torpe sobreactuación, él miraba desconfiado la puerta. A veces, casi en susurros, me hablaba de los espíritus que nos observan, de extraños animales que acosan a niñas solitarias o de pasados tiempos donde en el Bosque del Tránsito, los primeros colonos fueron iniciados en extraños rituales por los indios que lo ocupaban. Todas aquellas fábulas o leyendas, creo que muchas de cosecha propia, además de usarlas para divertirse mientras intentaba impresionarme, siempre tenían una moraleja similar: recelar de las aparentes buenas intenciones de los desconocidos. No sé si de haber sido un varón habría usado otro repertorio. De todos modos, yo no me asustaba; todo lo contrario, ni siquiera cuando hacía una parada larga y de golpe alzaba la voz al tiempo que se levantaba de la butaca golpeando la mesa con sus enormes manos. Nunca olvidaré esos momentos junto a él, saboreando cada pedazo de la atmósfera que creaba en sus narraciones mientras amontonaba latas vacías de cerveza.

4 de marzo de 2021

El caso Dexter Willet

Vídeo del relato "El caso Dexter Willet". Editado con la aplicación Visualization Video Maker y el audio que se utilizó en el podcast "Cuentos y Relatos", de José María Teruel (narrado y editado por el propio Jota).

5 de febrero de 2021

Mundo Extrañer: Guns and Roses

Primera colaboración en Territorio Extrañer. Repaso a la trayectoria de Guns and Roses.


TERRITORIO EXTRAÑER

 A partir de ahora, y mientras me dejen, colaboraré con Territorio Extrañer, un podcast donde se habla de todo lo que ya se ha hablado... ¡y alguna cosa más! 

Ven a criar cuervos con nostros. Adéntrate en Territorio Extrañer.



2 de enero de 2021

Podcast del relato "El caso Dexter Willet".

El caso Dexter Willet es un pequeño homenaje a H. P. Lovecraft. 
Relato escrito por Vicente Ortiz. Editado y narrado por Jota, del podcast Cuentos y Relatos, con la colaboración de Olga Paraíso, del podcast Historias para ser leídas.

31 de octubre de 2020

La noche de difuntos.

Los jovencitos allegados a los infantes de la casa de los duques tenían permiso cada año para pasar la noche de difuntos en el gran salón. Convertida ya en tradición, a pesar de lo macabro de algunos relatos, era la excusa perfecta para estar lejos de la custodia de sus padres o sirvientes. Dispuestos alrededor de la mesa, esperaban ansiosos tras la cena la llegada de Álvaro y Fernando, los encargados de contar historias y leyendas terroríficas.

Cuando todos estaban frente al fuego hablando de cosas que poco tenían que ver con lo que les esperaba, el ruido de la puerta al abrirse los sobresaltó. Era uno de los criados, que con más fastidio que sutileza anunciaba la llegada de Fernando.

Fernando era un mozalbete de unos veinticinco años que se ganaba la vida como secretario de la casa, trabajo que le daba para comer, sin embargo, su auténtica pasión era escribir cuentos y poemas. Doblaba en edad a la mayoría de los presentes que ese año habían sido elegidos para acompañar a los hijos de los duques. Llamamiento muy codiciado por los progenitores de la zona que ansiaban acercarse a la nobleza si sus vástagos eran seleccionados.

―Con tristeza y sin consuelo ―recitó el recién llegado con exagerados movimientos de puesta en escena― este simple siervo os informa que tendréis que conformaros con mi humilde presencia. Álvaro se encuentra indispuesto desde hace unos días y me ha pedido que me disculpe por él. Advierto que tengo buenas historias preparadas y os prometo que no lo echaréis de menos.

Isabel, la pequeña damita de la casa, consentida y caprichosa, no disimuló su enfado amenazando con suspender la velada, pero el oportuno susurro de su hermana mayor sirvió para disuadirla, pues el desgraciado Álvaro acababa de perder a su esposa durante un parto.

Sin más preámbulos, Fernando apagó las velas ante la mirada de los jóvenes y formó un semicírculo con todos frente a él. El fuego a su espalda producía un efecto que borraba de manera intermitente su espigada figura, convertida a veces en una lóbrega silueta que se agitaba cambiando de forma. Creado el ambiente y la atención que buscaba, tomó asiento y carraspeó antes de comenzar el espectáculo.

―Señoritos, señoritas, suplico silencio y respeto por las ánimas a las que esta noche vamos a honrar ―continuó Fernando―. Si alguno considera que he de parar o cambiar de historia, pido a vuestras mercedes que me lo hagan saber de inmediato. También les advierto que una vez pasada la media noche, nadie podrá abandonar el palacio, ni siquiera yo. Ya sabéis que está prohibido pisar la calle en esta madrugada. Nunca ha ocurrido tal cosa, y no creo que esta vaya a ser la primera vez, pues puedo afirmar que ante mí solo encuentro rostros valientes y cuerpos fuertes.

Entre sonrisas y un leve murmullo, los niños acogieron bien las últimas palabras cruzando miradas cómplices. Fuera, la contienda que el viento y la lluvia libraba contra los ventanales del palacio se tornó en un rumor lejano cuando las campanas cercanas de la catedral anunciaron la medianoche de forma lastimera, como avisando que no era una noche cualquiera. Hasta los perros lo sabían. Ladraban y aullaban apenados a coro.

―Esta historia no es una leyenda cualquiera ―prolongó el poeta―, es algo que realmente ocurrió hace años. Pocos se han atrevido a divulgarla, pero hoy la vais a conocer.

En ese momento la puerta se abrió liberando un quejido que recorrió el salón. Los niños se arrimaron unos a otros al ver que Fernando se santiguaba antes de incorporarse para hacer un barrido visual por las sombras del salón. Con simulada tranquilidad volvió a ocupar su cubil sabedor de que sin él quererlo, la atmósfera de su actuación ahora era más negra de lo que pretendía. Continuó:

―Álvaro galopaba bajo la tempestad implorando llegar a tiempo. Lamentaba no haber estado junto a su amada el día en que la partera había anunciado la llegada de su primogénito, pero el pobre Álvaro no había podido eludir sus responsabilidades en el duro trabajo del campo. Inés, que así se llamaba ella, decidió que su hijo tenía que nacer junto a la ermita de la Virgen de Argeme, pues así se lo pidió en un sueño su difunta madre. A Álvaro aquello le pareció un capricho ridículo, pero finalmente accedió al deseo y las súplicas de la joven Inés. Ahora se arrepentía, pues jamás sospechó que su ansiado momento llegaría en la noche de difuntos.

De nuevo, un ruido interrumpió la narración de Fernando, que intentando no asustar a los infantes más de lo debido, se levantó esta vez y caminó por la oscuridad de la estancia para confirmar que todo estaba en orden. Solo pudo escuchar unos pasos acelerados que se perdían por la escalera, y más tarde el relincho de un caballo agitado ante el envite de su jinete. 

Era Álvaro, que a última hora había decidido acompañar a Fernando, pero que, escondido tras las sombras decidió escuchar la leyenda sin interrumpir. Ahora, molesto y empapado cabalgaba impetuoso hacia la ermita. Su amada había muerto días atrás, pero el cuento de su amigo, dolorosamente real, lo alentó a recorrer de nuevo los mismos pasos que aquella infausta madrugada. Al atravesar las anegadas tierras de labranza, sin apenas ver donde pisaba, la mala suerte quiso que el pecho de su caballo embistiera contra el podrido tronco de un arbusto. Álvaro voló por los aires antes de encontrarse con el barro que le rodeaba. Dolorido y resignado al ver su caballo herido de muerte, emprendió el resto del viaje a pie, pues a pesar de la oscuridad, sabía que estaba cerca del cerro de la ermita. Caminó de manera pesada durante casi media hora hasta llegar al pequeño templo. Respirando fatigoso frente a la cruz que se vislumbraba, se sintió un estúpido imprudente allí plantado bajo la lluvia, esperando una absurda indicación que lo guiara. Hacía mucho frío, pero no tanto como la última vez que estuvo allí. Aquella maldita noche que jamás olvidaría. Aquella noche que blasfemó renunciando a Dios. Aquella noche en la que una parte de su alma también se fue con Inés.

El monótono sonido del aguacero se rompió con un apenado sollozo que lo estremeció. Luego siguieron diferentes gritos agónicos que devoraron la armonía del sagrado lugar. Álvaro supo que era la voz desesperada de una mujer. Sin pensarlo, entró en los soportales de la ermita, pero no había nadie. Desconcertado, sin atisbar el origen de los chillidos, que por momentos le parecieron imaginarios, volvió a salir bajo la lluvia, mirando a un lado y a otro, caminando confuso. Mientras rodeaba la ermita le llegaron nuevos lamentos, esta vez menos funestos, y más tarde, el inconfundible llanto de un recién nacido. Cada vez más alterado, dio dos vueltas al templo con la misma suerte. Antes de que saliera una palabra de su garganta, un bulto que parecía agitarse bajo el triste abrigo de un pequeño olivo llamó su atención. Se aproximó parsimonioso. Cuando ya estaba muy cerca entrevió a alguien sentado en el suelo. La figura, envuelta en un mantón comenzó a girarse conforme Álvaro llegaba a su par.

 

 

En ese mismo momento, con los niños apretujados sin atreverse a decir palabra, Fernando llegaba al final de su historia:

―Una vez que el desdichado caballero llegó a la altura de la misteriosa figura ―continuó transformando su voz en una más gutural―, se arrodilló ante ella sin acertar a ver su cara, pero al retirar el empapado mantón que cubría su cabeza, se topó con dos protuberancias encaracoladas que nacían de su frente. Se alzó asustado. Retrocedió unos pasos al tiempo que el resplandor de un rayo descubría al pálido personaje de cara afilada y profundos ojos escarlata. Desde el suelo, el innombrable le mostró al recién nacido. Álvaro se desplomó espantado. Paralizado. Muerto.



Cuento escrito en la tarde del 31/10/20 por Vicente Ortiz.

Registrado en Safe Creative.

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