17 de abril de 2017
Podcast del relato "Londres".
Audiorrelato escrito, narrado y editado por Vicente Ortiz.
24 de febrero de 2017
Hellville
1. El
investigador.
El antiguo oficial de Scotland Yard dejó atrás
el edificio de las nuevas dependencias policiales en silencio y negando con la
cabeza. Tenía un solo día para contestar y no ayudaban las formas en las que se
había solicitado su colaboración. Como necesitaba estar a solas y meditar la
respuesta que debía darle a Daniel, bajó caminando despacio por Victoria
Embankment. Al llegar al Támesis, encendió un cigarrillo mirando a los
trabajadores que remataban las obras del nuevo alcantarillado.
Charles Moore era un hombre serio y educado
que alcanzaba la cincuentena, pero por su físico no aparentaba más de cuarenta
años. Alto y a pesar de su amplia espalda, lucía una figura delgada, casi
escuálida. Con el pelo largo, totalmente rasurado y con las patillas más cortas
de lo que dictaba la moda, nadie diría que había pasado más de media vida
trabajando en la policía de Londres.
Le irritaba sobremanera que sus antiguos
colegas recurrieran a él ahora que trabajaba por su cuenta. Pero lo que más le
había indignado de aquella cómica reunión, fue que Lord Howard, un viejo
ricachón, y Albert, su inseparable hombre
para todo, quisieran participar en el caso. Dónde habían quedado la
metodología y la discreción con la que tan buenos resultados en el pasado
habían hecho del cuerpo un ejemplo envidiado por todas las policías de Europa.
Estaba cansado de que lo citaran para asesorar o dar un punto de vista diferente
al de sus investigadores y a pesar de que pagaban bien, casi siempre se negaba
o buscaba alguna excusa aludiendo que tenía mucho trabajo. Para su desgracia, esta
vez, el oficial de mayor rango con el que habló, era un viejo conocido de
nombre Daniel, con el que había compartido demasiados años de experiencias. Se
conocían bien y le costaba negarse cuando éste era quién le pedía ayuda. Por su
expresión, gestos o Dios sabe qué, el veterano oficial sabía perfectamente si a
Charles le interesaba un caso y entonces lo presionaba hasta convencerlo.
En reiteradas ocasiones le había dejado clara
su opinión sobre el caso de William, el médico desaparecido, pero la influencia
de altas esferas estaba poniendo contra las cuerdas al cuerpo y de ahí su
insistencia para que les ayudase. Demasiada gente adinerada se había preocupado
por la desaparición del galés, uno de los personajes más ilustres desde que se
trasladó a Winchester. El caso era interesante y muy bien remunerado, pero que
dos civiles con ganas de aventura formaran parte de la investigación, no
ayudaba en absoluto y por eso había hablado con contundencia ante las miradas
inquisitorias del viejo Lord Howard y Albert, su ayudante. Finalmente aceptó el
caso, aunque lo haría a su manera y compartiendo solamente lo estrictamente
necesario. Si llegaba el caso, daría pistas falsas para que los dos patanes no
entorpecieran sus pesquisas. A él le gustaba trabajar en solitario.
17 de febrero de 2017
El duende malo y el mago bueno.
Érase una vez, en un país muy muy
cercano en el que quince niños entraban al cole como cada mañana. Habría sido
un día normal y corriente si no fuera porque en pleno recreo, Adolfo, un
extraño hombrecillo vestido de llamativo y alegre colorido, al que solamente
los niños podían ver, les dijo que en la hora del recreo del día siguiente lo
acompañaran para tener una gran aventura, eso sí, deberían guardar el secreto
porque los mayores no entendían nada de nada. A pesar de que aquel personaje no
tenía muy buenas pintas, por alguna razón, quizá mágica, los niños no dudaron
en urdir un plan.
Cuando Merycar, la maestra, no
miraba, iban diciéndose cosas al oído y discutiendo cómo lo harían.
Bruno, Nico, Nahiara y Carmen pronto
se pusieron de acuerdo con Jorge, Asiel, María y Manuela. Yoel, Silvia y Lucía
al principio no terminaban de verlo claro, pero cuando Diana Marcela, Naila, Gabriela
y Carla se apuntaron, no dudaron en unirse al grupo.
25 de enero de 2016
Podcast del relato "La mansión Farrell".
Relato escrito por Vicente Ortiz.
Emitido en el programa de Onda Cero, La rosa de los vientos.
Narrado por Fernando Megía con la colaboración de Agustín García y la realización de Pepe Menchero.
28 de noviembre de 2015
Somos diferentes.
No puedo quejarme, no. He tenido una
vida tranquila y feliz.
La gente siempre me ha sonreído,
caigo bien, eso lo sé. Ahora estoy mayor y las cosas han cambiado. De hecho, es
ahora cuando empiezo a hacerme preguntas que antes jamás se me habrían pasado
por la cabeza. Antes sólo pensaba en superarme, en hacer las cosas bien, en dar
amor y enseñar lo que sé. Puede que sea porque las caras que antes me sonreían,
ahora están más serias simplemente porque me queda poco. No quiero dar pena a
los que tanto me han dado; solamente quiero que me recuerden como era antes.
Mi familia está a mi lado y los que
vienen de visita me dan el calor que necesito. Por primera vez deseo salir de
este mundo, y, aunque me aleje de mi familia, quisiera salir con los otros, con
esos que no han dejado de visitarme durante toda mi vida. Me gustaría tener mi
última gran experiencia, pero no sé si aguantaría con ellos ahí fuera. Somos
diferentes.
Una niña a la que jamás había visto
se acerca. Está muy triste, pero es preciosa. La miro fijamente a los ojos y
aunque no entiendo lo que dice, me transmite tranquilidad. La señora mayor que
la acompaña se seca sus lágrimas. Empiezo a ver borroso. Siento que me duermo,
puede que lo haya hecho un instante, pero vuelvo a abrir los ojos. La niña
también comienza a llorar. Vuelvo a sumirme en un sueño, esta vez es más
profundo. Siento paz, la paz que nunca pensé que lograría en un momento así.
Siempre me atormentó pensar en el último suspiro, pero ahora me siento bien.
―¿Qué le pasa? ―pregunta la niña.
―Ha llegado su hora, cariño.
―¡No quiero que se muera el delfín! ―grita sollozando.
Vicente Ortiz Guardado.
28-11-15
30 de octubre de 2015
La madre loba.
La camada de tímidos
lobeznos salió a descubrir el mundo que les rodeaba. Ajenos a lo que les había
tocado vivir a sus progenitores, no tardaron en entregarse al juego sobre la
manta de hojas que cubría el húmedo suelo otoñal.
Cuatro largos años habían
tardado, batida tras batida, en acabar con aquellos miserables animales.
Santiago, el famoso cazador que había llegado de las montañas del norte
contratado como una auténtica estrella en la extinción de lobos, estaba
satisfecho. Ganaría un buen pellizco y además, había ayudado a la comunidad
exterminando al último lobo sobre la tierra. Se le había resistido, pero
después de varios días de acoso pudo abatirlo de un disparo certero. Ahí
comenzó su calvario.
El respetable, a la par
que alocado Gabriel, un viejo del lugar totalmente en contra de la matanza y al
que todos conocían como El chamán del
bosque, le advirtió cuando portaba el sangrante trofeo en el remolque de su
camioneta: "acabas de vender tu alma a Satanás. Ya nada será
igual, jamás descansarás y la madre loba te atormentará cada día de tu triste
vida".
Santiago, lo miró con desdén,
pero sus profundas ideas religiosas le hicieron sentir un pinchazo al escuchar
al melenudo y arrugado personaje. Por suerte para él, no tardó en olvidar al
viejo, ya que uno de los cazadores locales se le acercó entre risas para
hacerle entender con un gesto, que el pobre anciano estaba loco.
Esa misma noche
comenzaron las pesadillas en las que una enorme loba parda, alentada por
Gabriel, le perseguía hasta devorarlo. Noche tras noche, en cuanto cerraba los
ojos, las enormes fauces de la madre loba desgarraban sus entrañas. El insomnio
lo llevó a la depresión y ésta sumada al consumo de alcohol, a ir perdiendo la
cordura. Algunas veces creía ver los brillantes ojos de la loba centelleando en
la oscuridad de su casa. Semanas después de acabar con el último lobo, apenas
quedaba nada del fortachón leñador del norte que había llegado con aires de
grandeza portando un fusil al hombro. Una noche tuvo un sueño revelador y
aunque su estado era lamentable, no dudó en coger la camioneta y volver al
sitio en el que todo empezó.
No se extrañó al ver que Gabriel
lo estaba esperando en la puerta de su cabaña. Los dos hombres no dijeron
palabra alguna durante el trayecto que les condujo a través del frondoso bosque
hasta el comienzo de una pequeña montaña granítica salpicada de oquedades y
pequeños arbustos. Llegaron cuando la sombra ganaba la batalla a los últimos
reflejos del sol. El viejo encendió una hoguera y ante la atenta mirada de
Santiago, que por instantes parecía recobrar la razón, sacó algo de comida. Se
sentaron al abrigo del fuego y comieron.
―¿Qué tengo que hacer? ―se decidió a preguntar el leñador con
voz temblorosa.
―Ya no puedes arreglar lo que hiciste, pero puedes
reconciliarte con ella dejándola que cumpla su misión. Debes ayudarla, solo así
podrás descansar ―contestó el viejo chamán mirándole
con dureza.
Unos minutos después
apareció una enorme loba parda. Excepto por su delgadez, era idéntica a la de
las pesadillas. En su panza se adivinaba que estaba preñada y aunque
seguramente llevaba mucho tiempo sin comer, el imponente y majestuoso porte de
su presencia aterrorizó a Santiago, que retrocedió unos pasos. El animal se acercó al asesino de su
compañero con el hocico arrugado y mostrando sus desafiantes colmillos. Lo olfateó
dando una vuelta a su alrededor y después se alejó muy lentamente. Santiago
miró a Gabriel y fue cuando comprendió cuál era el sacrificio que debía hacer para alcanzar la paz, era parte de la misión de la loba. El viejo asintió tímidamente. Su rostro ya
no expresaba tanta dureza, de hecho, mostraba una cálida
sonrisa.
La loba empezó la
ascensión por la rocosa montaña. Cuando había subido la mitad, echó un vistazo
atrás, el leñador la seguía decidido. Pronto estarían en su guarida y todo
acabaría.
Vicente Ortiz Guardado
30-10-15
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1805257184638
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1805257184638
21 de mayo de 2015
La mansión Farrell.
La mansión de los Farrell
seguía tal como la recordaba de pequeño; quizá un poco más grande, pero todo
permanecía igual, era increíble, hasta el olor persistía impregnándolo todo con
aquel perfume que creía olvidado. Los viejos, pero lujosos y bien conservados
muebles seguían en su sitio, los colores de las paredes, los cuadros, la enorme
biblioteca familiar, las habitaciones… Era como viajar en el tiempo y volver a
revivir aquellas pesadillas de juventud.
La casualidad había hecho
que tuviera que volver después de tantos años, pero ya no era el niño que
entraba acompañando a Thomas Farrell, mi mejor amigo, para hacer los deberes
del colegio. Él siempre se reía de mí, pero como sabía que me daba un poco de
miedo su familia, entrábamos directamente a su habitación para hacer los
trabajos. Luego le obligaba a acompañarme hasta la puerta para no encontrarme a
solas con sus padres. Me daban auténtico pavor aquellas miradas perdidas o
verlos deambular a oscuras por los tétricos pasillos mientras tarareaban viejas
canciones.
Ahora era cuestión de
trabajo y en cuanto tomara unas fotos para la tasación, saldría de aquellos
horribles muros para no volver jamás. Encendí todas las luces y empecé con mi
cometido como si de cualquier otra vivienda se tratara. No puede evitar sentir
un escalofrío cuando entré en el cuarto donde todo ocurrió. Según hacía las
fotos, algo despertó en mi interior una curiosidad casi morbosa, como si una
voz me animara a hacerlo. No dudé a la hora de escudriñar cada rincón del enorme
armario macizo de madera y abrir uno a uno cada cajón de la cómoda y la
mesilla. Nada me llamó especialmente la atención, realmente solo había ropa y
juguetes. Me habría hecho ilusión encontrar algún cuaderno o libro con apuntes
de su puño y letra. Decepcionado, me senté en el borde de la cama en la que
tantas veces había saltado jugado con Thomas a intentar tocar la llamativa viga de madera que atravesaba el techo de la
habitación. Fue entonces cuando la coraza que había creado durante años se
destrozó. En unos segundos afloraron viejos recuerdos que creía enterrados y
alcé la vista para plantarla en esa viga, la misma que había servido para
realizar aquella estúpida ceremonia diabólica en la que mi amigo había perdido
la vida a manos de sus propios padres.
Tres golpes secos que
llegaban de la planta baja, me sacaron de mis cavilaciones y de un respingo me
levanté de la cama. Seguramente alguien del banco o el propio dueño, ese excéntrico
que seguía manteniendo aquel viejo caserón tal como era en los sesenta, había
llegado. Al salir de la habitación y adentrarme en el espacioso pasillo que
llevaba a la escalera, volví a sentir un escalofrío y otro maldito recuerdo
apareció tan fresco como si lo estuviera viendo. En una entrevista televisada, los padres de Thomas, pocos días antes de ser ejecutados en la silla
eléctrica, afirmaban que unas voces les habían dicho que lo hicieran. ―Malditos locos ―susurré mientras bajaba.
―Hola, Andy ―dijo el hombre tras abrir la puerta.
Hacía años que nadie me
llamaba así, de hecho, solamente Thomas y Many, el hijo de la cocinera, solían
hacerlo.
―Buenas tardes ―contesté intrigado―, ya he terminado el trabajo y me iba ahora mismo. En cuanto
esté todo listo le llamarán de la oficina.
―¿Es que no te acuerdas de mí? ―preguntó sonriente mientras me
ofrecía su mano―. La verdad es que han pasado muchos
años, Andrew, pero en cuanto te he visto, te he reconocido.
No supe qué contestar en
ese momento, pensé en Many, pero sus rasgos latinos no encajaban con los del
hombre que me examinaba. Miré fijamente a sus ojos y fue como si me susurraran:
―Las voces insistieron y no pude hacer otra cosa para librarme
de ellas. Mis padres tuvieron que mentir y cargaron con ello, ¿ves como no eran
tan malos?
Escúchalo en IVOOX
Vicente Ortiz Guardado
Mayo 2015
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010554
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010554
9 de marzo de 2015
Comentarios del relato "La carretera".
En el magnífico programa de radio, «Elena en el País de los horrores», dirigido por la periodista Elena Merino, Margari Torrealba comenta en su sección, "El club de los marineros muertos", el relato escrito por Vicente Ortiz, «La carretera».
Extracto del capítulo emitido el jueves 05-03-15
Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX
Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX
Programa completo aquí.
Etiquetas:
Elena en el país de los horrores,
Podcast
5 de marzo de 2015
Cuaderno de bitácora.
23-05-1929 en algún lugar del Antártico.
Día ochenta y siete. Unas horas antes del amanecer.
Todo sigue en calma, el barco no se mueve, nada funciona y
excepto por un suceso que detallaré, podría volver a escribir lo mismo que
llevo escribiendo en mi cuaderno de bitácora desde hace varias semanas.
Si bien es cierto que lo sospechaba, ayer, justo antes del
anochecer, pude ver con mis propios ojos tierra firme no muy lejos de donde mi
barco sigue varado. La espesa niebla que me acompaña desde que desapareció toda
la tripulación, se esfumó de forma extraña durante unos minutos. Salí a
cubierta y frente a mí se abrió un pasillo que dejaba ver el hielo que me rodea.
Al fondo, pude divisar claramente algo similar a una formación rocosa cubierta
de hielo, puede que se trate de una isla. Minutos después la niebla volvió a
cubrirlo todo.
He pasado casi toda la noche pensando qué hacer, pero desde
que me encuentro sola, el miedo a lo desconocido me tiene paralizada. Aún me queda comida para un par de semanas, pero tengo que hacer algo
antes de volverme loca. Estaré atenta, y si el fenómeno se repite, haré una
rápida exploración.
Doctora Fhatim John.
Volvió a la cama, apagó
la vela y pudo quedarse dormida.
En cuanto la niebla
empezó a desaparecer por segundo día consecutivo, Fhatim amarró la fina, pero
pesada cuerda y bajó del barco por primera vez desde que habían partido de la
Patagonia casi tres meses atrás. La belleza y a la vez la miseria de aquel
lugar, la impresionó aún más desde abajo. Después de diez minutos caminando se
quedó sin cuerda, pero como la isla ya estaba muy cerca, decidió tenderla sobre
el suelo haciendo una especie de círculo que le sería más fácil localizar para
el regreso.
Cuánto echaba de menos la
brújula que Robert, su padre, le había regalado el día que partieron. Por
desgracia, desde que misteriosamente una noche desapareció toda la tripulación
sin dejar rastro, todos los aparatos, incluidos los del barco, habían dejado de
funcionar. En un arrebato de furia había lanzado su brújula al vacío después de
llevar varios días sin que la aguja se moviera.
Cuando estaba a poco
menos de trescientos metros del primer montículo helado, una ligera niebla
empezó a bañar lo que unos instantes antes había sido claridad. Miró atrás, aún
veía la cuerda, pero debería caminar en línea recta para volver a encontrarla. Siguió
caminando y pronto comenzó la ascensión. Respiró fatigada. Diez o doce metros
después, ante ella se extendía una llanura solamente rota por algún ligero desnivel.
Se adentró unos metros más, pero era inútil continuar, la niebla ya lo inundaba
casi todo. Decidió dar media vuelta, porque además, pronto anochecería.
Con mucho cuidado,
comenzó a caminar sin saber dónde pisaba. Era como ir con los ojos cerrados. Al
empezar el descenso supo que le quedaban un par de minutos hasta llegar a la
cuerda, puede que tres, ya que iba más despacio que cuando llegó. Era
consciente de que si se desviaba, prácticamente sería imposible llegar al
refugio que le proporcionaba el barco. Al raso no aguantaría una noche.
22 de noviembre de 2014
Mesa para cuatro.
REC. Son las tres y diecisiete minutos del viernes veintiocho de noviembre.
Junto al equipo V, acabo de entrar en
la vivienda. La policía ya nos ha dejado libre el terreno y vamos a empezar. La
primera impresión es escalofriante; no sólo por el desorden, sino por el
nauseabundo olor a carne en descomposición. Me indican que los cuerpos están
sobre la cama del dormitorio principal. Me cubro la cara con una mascarilla; el
olor es inaguantable. Me acerco a los cuerpos para hacer el primer examen. La
chica yace bocarriba, está totalmente desnuda y por su aspecto no debe pasar de
los veinticinco años. El chico está en posición fetal, diría que es algo mayor,
pero no mucho más, también está desnudo. La cama está cubierta de sangre seca.
La joven muestra un profundo corte en su garganta y la amputación parcial de
sus senos. Su pareja presenta un corte aún más profundo, tiene casi seccionada
la cabeza. También puede apreciarse un fuerte traumatismo en el lado derecho
del cráneo.
Me dicen que los objetos
de valor siguen en la vivienda, provisionalmente descartamos el móvil por robo.
Creo que aquí no podemos hacer mucho más y voy a dar orden de que trasladen los
cuerpos para que les practiquen la autopsia, pero me temo que la historia se
repite. Ya son cuatro jóvenes parejas brutalmente asesinadas en menos de un
mes. En los cuatro casos a las chicas les han amputado parte de sus pechos y
excepto en éste, los barones han sido decapitados. Estamos ante un despiadado asesino
en serie fetichista. STOP.
―¡Merino! ―grita enérgicamente Expósito, que se
acerca a mi despacho con unos papeles.
―Lo que ya sabíamos, ¿verdad? ―pregunto sabiendo la respuesta.
―Efectivamente ―me
contesta con gesto serio―, a los chicos de anoche no se les han encontrado tóxicos,
llevan una semana tiesos, y eran una
pareja común sin antecedentes ni deudas. Como en los otros casos, también estaban solteros.
―¿Y la chica? ¿Estaba embarazada también?
―Sí, otra oveja descarriada ―contesta casi con desprecio.
―¡No empecemos, Expósito! ―levanto la voz con autoridad.
―Lo siento jefa, pero no entiendo a estos
jóvenes que deciden tener familia sin estar casados, sólo eso, traer una vida a
este mundo no es un juego de niños.
―¡Céntrate en el caso, por favor! Tus
creencias, guárdatelas.
En ese momento decido terminar con la reunión.
Expósito es uno de mis mejores hombres, pero es una persona tan cerrada en su credo
que ve todo inmoral. Aún me pregunto cómo decidió dedicarse a este trabajo. Me
estoy arrepintiendo de haber aceptado ir a cenar esta noche a su casa, de no
ser porque nos acompañan Molina y Monzón, me habría inventado cualquier excusa
para perderle de vista.
18 de septiembre de 2014
Londres.
Londres 28 de enero de 1.897
Querido tío Henry, hace
meses que no sabéis nada de mí y voy a intentar resumir cómo ha sido este
tiempo sin vosotros.
Quisiera decirte que
Londres es un sitio idílico donde continuar mi aprendizaje, pero estoy sumido
en una gran depresión de la que difícilmente podré recuperarme algún día.
Tú y la tía Bridget sois
como unos padres para mí y habéis sacrificado vuestro bienestar para que yo me
convierta algún día en médico. No sé si merezco tal cosa.
Londres es un infierno.
En cuanto cae la noche, una espesa niebla cae sobre sus calles como un pesado telón,
es entonces, a la hora de las sombras, cuando personajes de distinta índole
aparecen de la nada y se hacen con el control de la ciudad. He podido ver con
mis propios ojos cómo un policía miraba para otro lado cuando un chiquillo de
apenas ocho años era embestido por un coche tirado por caballos. En cualquier
siniestro callejón, por un simple reloj de bolsillo un hombre puede ser
degollado sin piedad. Es fácil que en el trayecto que hay desde la
facultad hasta este pequeño cuarto donde escribo bajo la pobre luz de una vela,
más de diez mujeres de diferentes edades intenten venderme su cuerpo por unos
chelines. Dios se apiade de ellas. Como imaginarás, hago con que no escucho sus
obscenos comentarios y sigo caminando en silencio. Prefiero darle un chelín a
cualquiera de los muchos vagabundos que deambulan sucios y enfermos por las
calles de esta lúgubre ciudad.
En mi primera carta os
dije que mi habitación era cómoda, pero nada más lejos de la realidad. Intento
no morir de frío cada noche en la estancia más pequeña y sucia de la casa,
donde un armario sin puertas, una mesita de madera con un taburete y una
pequeña y vieja cama son todo el mobiliario. La comida no es mucho mejor,
incluso el señor Goodman me ha insinuado que si quiero comer carne haga como el
resto de sus distinguidos huéspedes y robe una gallina de vez en cuando en el
mercado.
Qué te voy a contar de la
facultad… los profesores solo se dirigen a los alumnos de familias importantes,
y estos, con sus elegantes trajes me miran por encima del hombro sintiéndose
superiores. Pero eso no me importa. Como tú y la tía me enseñasteis, estoy
siendo muy trabajador y gracias a mi empeño tengo buenas notas. Para relajarme, me refugio en la biblioteca cada tarde y me sumerjo leyendo a los clásicos durante
horas. También leo viejos tratados sobre medicina que me están viniendo bien.
Lo peor viene por la
noche. La soledad de mi oscura habitación me está consumiendo. Apenas duermo
por los ruidos y el frío. Paralizado sobre mi cama, escucho voces en la calle y
temo que algún día alguien trepe para robarme o descuartizarme.
Lo siento tío Henry, en
cuanto pueda continúo la carta.
Londres 17 de mayo 1.897 (Continuación).
Soy un miserable. A pesar
de haber recibido tus cartas, no he tenido ganas ni valor para escribirte. He
llorado mucho la muerte de tía Bridget. Solo el Señor sabe lo mucho que la
quería, pero sabíamos que ese día llegaría, aunque siempre he albergado la idea
de que podría estar a su lado para despedirme. Lo siento. Siento que os he
fallado y que jamás podré compensarte por todo lo que habéis hecho por mí. No
merezco que sigas enviando dinero para mis gastos, ni siquiera merezco
permanecer en tu recuerdo. Ahora soy una persona distinta, ya no me conoces tío
Henry. Esta despreciable ciudad, sumida en los vicios más pecaminosos ha podido
atraparme con sus garras, y lo peor de todo, es que en cierto modo soy feliz.
No sufro cuando cada
noche aparecen los monstruos que intentan despedazarme en mi lecho. No les tengo
miedo. Ni siquiera a esos ruidos desgarradores que emiten al acercarse a mí.
Algunas veces, antes del alba, me levanto de la cama y veo a través de mi ventana a los espectros de la noche que, como una nebulosa salen de las casas y emergen
para desaparecer en el aire antes de que el sol los destroce con sus primeros
rayos. Algunos me observan desafiantes, pero al no encontrar miedo en mi
mirada, siguen su ascenso a quién sabe dónde.
Tío, no llores por mí,
soy más fuerte de lo que creía. Los obstáculos que esta maldita
ciudad me ha ido poniendo desde que llegué me han curtido y han hecho de mí a
una persona diferente, ahora los veo como un juego de niños.
Mientras tenga acceso al opio de la facultad, no habrá criatura diabólica que pueda contra el láudano que yo mismo elaboro.
Mientras tenga acceso al opio de la facultad, no habrá criatura diabólica que pueda contra el láudano que yo mismo elaboro.
4 de julio de 2014
Aguas oscuras.
Empecé a contar
mentalmente hasta tres. Al principio me faltaba el aire, pero conforme fui
tranquilizándome comencé a respirar un poco mejor. Olía mal, pero cada pequeña
bocanada de aire que entraba en mis pulmones era una pequeña victoria.
Cuando recuperé la
respiración y mis ojos se acostumbraron a la casi total ausencia de luz me
centré en el siguiente problema, salir de allí. A duras penas repté durante un
tiempo indefinido y cuando noté que llevaba un buen rato bajando, sentí que la
tensión se acumulaba en mis sienes dándome pequeños pinchazos.
Paré unos minutos para
recuperar fuerzas y cuando proseguí, la especie de galería en la que me
encontraba comenzó a hacerse más grande y en horizontal. Aunque sentía el mismo
agobio que al principio, ya me había habituado a respirar siguiendo una
secuencia y también la tensión en mi cabeza empezaba a desaparecer. Por la
tierra que se pegaba en mis codos y mis rodillas deduje que estaba sangrando. Me
picaban mucho los ojos, hasta los lagrimones que recorrían mi cara parecían
barro imposible de limpiar.
Mis fuerzas me habían
abandonado casi por completo cuando aprecié que al fondo había algo de luz. No
sé de dónde saqué la energía, pero aceleré la marcha dando gritos a cada
avance. El dolor en los codos era insoportable, pero tenía que llegar cuanto
antes al fondo.
―Un, dos, tres ―decía una y otra vez antes de gritar
y respirar.
El tamaño de la galería
aumentó a tal punto que pude empezar a caminar más deprisa a cuatro patas. Mis
brazos temblaban de cansancio porque no podía estirarlos por completo sin darme
golpes en la cabeza, pero estar cada vez más cerca de la fuente de luz, hizo que
una mueca parecida a una sonrisa apareciera en mi cara.
Como la anchura de la
galería daba para girarme, pude tumbarme
bocarriba para descansar. Tanto me relajó cambiar de postura que me quedé
dormido. No sé cuánto tiempo pasó, pero algún pequeño roedor recorrió mi pecho
a una velocidad endiablada y me devolvió a la cruda realidad.
Cuando me dispuse a
proseguir, un nuevo varapalo me sacudió; no había nada de luz. Me encontraba
sumido en la más absoluta oscuridad. Aun así, seguí mi marcha sin saber dónde
cómo o cuándo terminaría mi calvario.
Tenía la boca pastosa y
una sed de mil demonios, pero los codos me dolían menos. Con mucho esfuerzo,
unos minutos después llegué a la desembocadura del túnel. No veía el fondo y
como tampoco tenía espacio para girarme e intentar bajar de pié, decidí esperar
a que llegara de nuevo la luz, si es que ésta llegaría en algún momento.
Volví a quedarme dormido
unos minutos, puede que unas horas. Cuando desperté, un rayo de luz proveniente
del techo atravesaba la enorme oquedad iluminando aquella cueva. No había otra
opción, tenía que tirarme de cabeza e intentar girarme en el aire para caer de
pie antes de estamparme en el suelo que estaba a unos tres metros.
Dibujé en mi imaginación
un salto perfecto, pero éste no fue tal. Sin poder ponerme de pie antes de
saltar, me impulsé todo lo que pude para sortear las piedras de la pared y
hacer la pirueta que quería, pero lo único que conseguí fue caer de espalda en
el frío y duro suelo pedregoso.
El golpe fue tan brusco
que temí haberme fracturado alguna costilla. No podía respirar y el dolor era
espantoso. Conseguí ponerme en posición fetal y de forma entrecortada al
principio, y más regular pasado un tiempo, comencé a respirar.
Me incorporé lanzando un
fuerte grito que retumbó entre aquellas paredes. A pesar del dolor de la
espalda, pude ponerme en pie tras un ligero mareo que casi me hace volver a
caer. Me dolía tanto que ya me había olvidado de las rodillas y los codos.
Gracias a la luz, comprobé que efectivamente había perdido bastante sangre. En
el codo derecho había desaparecido todo rastro de piel y pude ver el hueso
entre la costra de tierra y sangre que se había formado.
Tambaleándome un poco,
recorrí la estancia que, desde abajo se veía mucho más grande. Parecía una
formación totalmente natural, pero el túnel por el que había llegado hasta allí
lo había hecho alguien quién sabe por qué motivo. En la parte superior, se
adivinaba una curvatura que posiblemente llevaba a la superficie. La luz que
por allí se colaba, seguramente era la propia luz del día, pero estaba a más de
treinta metros imposibles de escalar en mi estado. Grité tanto como mi garganta
me permitió, pero la única respuesta que llegó fue el propio eco de mi voz.
Ya con menos dolor,
explorando por uno de los extremos, justo frente a la desembocadura del túnel
por el que había reptado, vi que la oquedad tenía una continuación. La luz era
más escasa, pero avancé con cuidado y descubrí que había una pequeña laguna
formada por el agua que se filtraba por las paredes del fondo de la cueva. Sin
pensarlo me decidí a entrar. Inconscientemente no tuve la precaución de
comprobar antes la profundidad y al meter el primer pie caí dentro. Estaba muy
fría y eso me espabiló rápidamente. Con un par de brazadas me acerqué al borde
de la que en otra situación habría sido una idílica piscina natural, y aunque
me costó un poco, pude salir. De rodillas en la orilla me lavé las
heridas y bebí abundantemente sin pensar en una posible intoxicación. ¡Qué más
podía pasarme! Desde luego de sed no me iba a morir.
El agua que chorreaba
continuamente por la pared tenía que salir por alguna parte, pues la marca de
la erosión indicaba que el nivel hacía mucho que no subía. Nunca había sido un
gran buceador, pero algo tenía que intentar antes de morirme de hambre o por
alguna infección.
Aunque mis extremidades
no estaban para mucho derroche de energía, me lancé y recorrí buena parte del
pozo antes de subir a la superficie a coger aire. A pesar de que el agua era
cristalina, en cuanto me sumergía un poco, era imposible ver nada. Ya que la
vista no me servía de mucho, cambié de táctica y fui palpando las paredes
intentando encontrar alguna salida. Una de las veces encontré a bastante
profundidad lo que parecía el “desagüe”, pero, no sabía qué habría más allá.
Subí para respirar profundamente y volví al mismo sitio, pero cuando intenté
adentrarme un poco más, algo pasó a mi lado rozándome con violencia la espalda.
Fueron unos segundos agónicos pues ya no aguantaba más la respiración, fuera lo
que fuera me había desorientado y el miedo a una extraña criatura me noqueó.
Cuando di el primer tragón de agua pensé que era el final, pero entonces una
fuerza inesperada me hizo reaccionar y pude salir de aquella trampa. Por el
camino volví a tragar más agua y cuando pensé que moriría ahogado vi la
claridad. Saqué la cabeza del agua y vomité sin parar de toser. Salí del agua
temblando de frío y de miedo.
Me alejé de la piscina
buscando la tranquilidad de la claridad que penetraba desde lo alto y fue
cuando a mi espalda un enorme chapoteo en el pozo hizo que por primera vez
deseara estar de nuevo en el túnel por donde había llegado hasta aquel maldito
lugar. No pude ver con precisión, pero por las sacudidas que dio aquella cosa y
la enorme cantidad de agua que sacó, debería tener un tamaño descomunal. Me
alejé todo lo que pude suplicando para mis adentros que no fuera un gigantesco
anfibio carnívoro. Para mi desgracia, la luz empezó a desvanecerse y poco a poco
todo volvió a sumirse en total oscuridad.
Acurrucado en un hueco de
la pared observé como el bicho paraba de chapotear y dejaba un tranquilizador
silencio solamente quebrado por los chorros de agua que descendían por la
pared. Sin apenas moverme, pasé en alerta la noche más larga de mi vida.
Cuando el sol hizo
presencia de nuevo, apenas me quedaban fuerzas para sobrevivir un poco más. Estaba
exhausto, mi estómago rugía de hambre y aunque ya no sangraba, me dolía todo el
cuerpo.
Con bastante dificultad,
me incorporé para intentar encontrar otra salida antes de que fuera demasiado
tarde. Después de un buen rato confirmé que era imposible trepar por aquellas
paredes prácticamente lisas. Decidí que era el momento, había perdido la
batalla y pronto descansaría para siempre. Me tumbé en el suelo. Fijando la
mirada en la claridad, los ojos empezaron a picarme por la falta de sueño. Los
cerré.
No estoy seguro de si fue
una alucinación, un ángel, un sueño o qué, pero lo último que recuerdo es que
me levanté al oír una encantadora melodía y en el borde de la piscina cantaba
la mujer más bella que jamás habían visto mis ojos. Su espesa melena dorada
recorría su torso desnudo. Tenía los ojos de un verde intenso, la piel más fina
y delicada que podía existir y sus sensuales y carnosos labios se abrían
sugerentes al tararear aquella canción.
Su poder me atrajo tanto
que sin decir una palabra me acerqué para besarla. Ella respondió agradecida.
Luego nos miramos fijamente unos segundos, me sonrió dulcemente y volvimos a
besarnos. Después se sumergió con los ojos abiertos y finalmente ascendió
rodeando mi nuca con sus delicadas manos. Cuando yo iba a hacer lo propio, tiró
de mí, lanzándome al agua.
No tuve miedo cuando me
abrazó por la espalda y nos sumergimos en la profundidad de aquellas aguas
oscuras, al contrario, por primera vez en mi vida me sentí en paz. Incluso creí
escuchar cómo seguía cantando bajo el agua para tranquilizarme.
Antes de perder el
conocimiento noté como me rozaba cuando se agitaba para descender a más
velocidad. Luego desperté confuso en la orilla de un caudaloso río. Jamás volví
a verla.
Yo sé que las sirenas no existen,
y mucho menos las de agua dulce, pero el caso es que hoy, cuarenta años después
de llegar al nuevo mundo, a cambio de un vaso de vino, sigo contando mi
historia a los nuevos aventureros españoles que, en silencio, la escuchan
atentos.
Vicente Ortiz Guardado.
04-07-14
Relato dedicado a Ángel Gabay.
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010660
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010660
9 de junio de 2014
La chica de la peña.
Siempre me habían dado
mucho miedo los toros y cada vez que iba a Coria en San Juan intentaba
convencer a mis amigos para meternos en algún garito mientras el animal estaba
suelto por las calles, pero merecía la pena acercarse a aquél toro que parecía
una bestia salida del mismísimo infierno.
La noche anterior, unas
chicas nos habían invitado a su peña. Eran simpáticas y lo mejor de todo es que
había una que me había llamado especialmente la atención, creo que yo también a
ella. Era preciosa y no iba a dejar pasar la oportunidad.
Enfilamos por la
bulliciosa calle de los paños, que era un trajín de gente alegre, e intentamos
entrar en la plaza, pero allí no cabía ni un alfiler. Finalmente decidimos ir a
tomar una cerveza por la zona de la catedral. Miré el reloj. Aún quedaban unos
minutos para que abrieran la peña de las chicas, ya que ésta no la abrían hasta
que el toro estaba suelto por el casco amurallado.
Cuando terminamos la
cerveza, fuimos caminando despacio hasta la peña. Yo disimulaba en todo
momento, pero no hacía más que mirar a mí alrededor. Me aterraba la idea de que
el toro anduviera cerca.
Al fondo de la calle
distinguí a dos de las chicas que, ajenas al peligro, fumaban en mitad de la calle
mientras hablaban animadamente. Cuando íbamos llegando, mi corazón se aceleró
al ver que en la puerta estaba ella.
Saludé. Las risas y la
complicidad de la noche anterior se habían esfumado como el humo de los
cigarrillos de sus amigas. Algo había cambiado y apenas se fijó en mí.
Disimulando mi decepción pasamos al interior.
Unos chicos nos sirvieron
unas copas. Luego otras y otras. Ya me daba igual el toro, la chica que entraba
y salía sin reparar en mi presencia y el calor que hacía. Intenté convencer a
mis amigos para irnos de allí, e intentar conocer a otras chicas, pero éstos
estaban a gusto charlando con unos y otros, también ayudaba que estábamos
bebiendo sin gastarnos un duro.
Fuera, el sol se había
escondido y una suave brisa fresca corría por la calle. Me senté en la acera
para despejarme. No terminaba de acostumbrarme a beber con el estómago vacío.
Uno de mis amigos salió con otra copa que acepté sin rodeos mientras miraba al
corro de chicas que tan solo unas horas antes parecían ser amigas de toda la
vida.
Por megafonía anunciaron
que habían dado muerte al toro. Sinceramente me había olvidado del animal.
Ahora lo que me apetecía era salir de allí. Me levanté para ir al baño.
―Te habrás lavado las manos ―dijo la chica más guapa del local cuando
salí del minúsculo lavabo.
―Sí, claro… ―dije confuso.
―¿Os apetece comer algo? ―preguntó―, si queréis podéis pasar a nuestra zona privada y picar
algo.
No hizo falta que
insistiera para que los gorrones de mis amigos entraran en la estancia anexa. Como
buitres arrasaron con la comida. En otras circunstancias habría hecho lo mismo,
pero allí estaba ella, me había hablado y sonreía. Me acerqué.
―Muchas gracias por todo ―dije para intentar mantener una
conversación.
―No hay de qué ―contestó sonriendo mientras se
alejaba.
No pude evitar lanzar una
mirada de soslayo cuando abrió la nevera. Llevaba una fina camiseta ajustada
que marcaba sus pezones. Era perfecta. Cuando dejó más comida sobre la mesa se
acercó de nuevo. Algo parecía que estaba cambiando. Puede que fuera tímida o
quisiera conocerme mejor, el caso es que estaba a mi lado y su sonrisa inundaba
la estancia, no había nada ni nadie alrededor, solo ella y yo.
Aún no estoy seguro de
cuánto tiempo estuvimos hablando. Fue ella la que dijo que estábamos solos.
Todos habían vuelto a la barra. Entonces me lancé. Ella respondió a mi arrebato
y nos fundimos en un largo y apasionado beso.
―Tengo novio ―dijo secamente tras el beso.
No contesté, me limité a
observar cómo sacaba el móvil y contestaba a un mensaje.
Sin decir nada más, salió
dejándome desconcertado. Minutos después entró acompañada de un chico mayor que
yo. Nos presentó. Hablamos de cosas intrascendentes durante un rato y seguimos
bebiendo y bebiendo.
Lo último que recuerdo,
era que entre risas, los tres entrábamos en un piso.
No sé cuántas horas pasé
dormido, el caso es que desperté cuando noté que el sol entraba con violencia a
través de los rectangulares agujeros de la persiana.
Sonreí al ver que a mi
lado dormía alguien tras la fina sábana, pero, ¿sería ella?
Me dolía la cabeza, y
algo me decía que en la noche anterior había hecho algo que jamás contaría a
mis amigos.
Me incorporé para apartar
la sábana, pero no hizo falta; su larga melena negra no dejaba lugar a dudas.
Era ella.
―Buenos días, machote ―dijo su novio entrando desnudo por la
puerta guiñándome un ojo.
Vicente Ortiz Guardado
Junio 2014
7 de abril de 2014
Videorrelato "el ser".
Vídeo creado a partir del microrrelato,"El ser", escrito por Vicente Ortiz Guardado. Emitido en la Rosa de los Vientos el domingo 09/02/14.
21 de marzo de 2014
María
Llevaba meses
observándola y aunque cada noche era casi igual a la anterior, no podía
arrancarla de su pensamiento en todo el día. Era excitante. Se ponía nervioso
esperando tras la cortina y, cuando aparecía ella, justo frente a él, tan cerca
pero a la vez tan lejos, se sentía feliz.
A ella parecía importarle
poco que la vieran, tampoco hacía nada malo. Él deseaba ser el único que la espiaba,
pero, ¿estaba mal lo que hacía?, ¿sabría que la miraba cada noche? Eso no
importaba, en los minutos que duraba “el encuentro” era el hombre más afortunado
del mundo y no quería pensar en un rechazo si ella se sintiera observada, por
eso se escondía bien, porque aunque algunas veces ella se quedaba mirando
fijamente a su ventana y él había estado a punto de asomarse para saludarla, en
el fondo no se atrevía, se conformaba con verla tras el escudo contra la
timidez que le daba la cortina. Ojalá fuera tan lanzado como el vecino de su
rellano que siempre andaba con unas y otras.
Aquella mujer desprendía sensualidad en cada
movimiento y en cada gesto. Incluso cuando sacaba un cigarrillo del bolso con
aquellos largos y delgados dedos interminables y se lo ponía entre sus labios
gruesos dando una calada o cuando se apartaba el pelo que se agitaba delante de
su cara y se lo sujetaba tras una oreja dejando al descubierto su estilizado
cuello.
No sabía su nombre, pero
había decidido llamarla María. María era una mujer de unos cuarenta años. Bien
proporcionada y con aspecto juvenil, aparentaba menos edad. Pero en su mirada
se adivinaba a una mujer con experiencia en la vida, culta e independiente. Sus
rasgos marcados nunca pasaron inadvertidos en él. Aquellos pómulos prominentes,
su larga melena negra, sus carnosos labios, sus arqueadas y bien perfiladas
cejas, su barbilla redonda y una mirada tierna e inocente le habían enamorado
desde el primer día que la vio en el balcón, además, aquel día llevaba un
escotado vestido blanco que dibujaba unas deseadas y firmes formas casi
perfectas dejando prácticamente al descubierto sus pechos.
Para su desgracia, hacía
varias noches que no leía y eso quería decir que pronto volvería a entrar en su
piso. Cuando salía con un libro, solía sentarse cruzando sus bronceadas piernas
en una pequeña hamaca de mimbre. Encendía un pequeño flexo y podía pasarse
horas leyendo. Él fijaba su mirada en los gestos que veía en ella, gestos que
le indicaban lo triste, interesante o decepcionante que era lo que leía.
Ya no sabía qué hacer
para llamar su atención. Lo había intentado todo; maquillada, sin maquillar,
mirándole fijamente, incluso con escotes de vértigo o sin sujetador, a oscuras
para que solo intuyera su silueta o con luz. Su obsesión por aquel hombre de
mirada triste había llegado tan lejos que sólo le faltaba presentarse en su
casa y pedirle que la invitara a tomar algo. Pero el tiempo pasaba y no había
respuesta. Tal vez fuera tímido, gay o ya estuviera comprometido. Que no le
gustara no podía ser; ella gustaba a todo el mundo, incluso a las mujeres. Pero
jamás se le había resistido nadie durante tanto tiempo, ella sabía cómo
conquistar a los hombres, llevaba toda la vida seduciendo y consiguiendo que se
rindieran a sus pies, y aunque algo decepcionada, la indiferencia que él
mostraba lo hacía aún más deseable.
Era viernes y ya estaba oscureciendo,
el momento justo para hacer una locura. Con un rotulador de punta ancha
escribió algo sobre una cartulina rosa que dejó colocada estratégicamente para
que fuese visible desde el piso al que miró mientras lanzaba un suspiro antes
de volver al interior.
“Si te interesa, tendré la puerta abierta toda la noche” ―podía leerse desde el edificio de
enfrente.
No podía creer lo que
estaba viendo, por fin iba a tenerla entre sus brazos. Más clara no podía ser.
Se arregló un poco y después de prepararse unas palabras mirándose en el espejo
del baño, se decidió a salir a la calle. No hizo falta llamar al telefonillo; su
portal estaba abierto. Subió nervioso hasta el quinto piso y cuando estaba
frente a la puerta de su chica respiró profundamente. Sonrió. Luego tocó el
timbre y esperó. Alguien abrió.
―Hola ―dijo el vecino de su rellano asomando
la cabeza.
Vicente Ortiz Guardado
Marzo 2014
Derechos de autor: Código de registro en Safe Creative: 1805257184706
Derechos de autor: Código de registro en Safe Creative: 1805257184706
10 de febrero de 2014
Podcast del relato "El ser".
Microrrelato "El ser", enviado por Fátima Juan al programa de Onda Cero, La rosa de los vientos.
Escrito por Vicente Ortiz. Narrado por Remedios Márquez. Editado por Victor San Román.
28 de noviembre de 2013
La carretera
Llevaban preparando la
broma desde que uno de los chicos escuchó la leyenda urbana de la chica de la
curva en un programa de radio nocturno, y aunque hacía un poco de frío para
semejante atuendo, merecía la pena sufrir para pasar un buen rato.
La joven se había
maquillado la cara de blanco y había exagerado unas oscuras ojeras con el mismo
color que se había pintado los labios. El vestido blanco lo había comprado el
artífice de la idea en una tienda de segunda mano y también se había encargado
de llevar el coche. El más joven de los tres grabaría la escena que luego
subirían a la red.
Abandonaron la estrecha
carretera para adentrarse unos metros en el camino elegido días atrás. La noche
era desapacible, de no ser por la linterna que llevaban, la oscuridad era casi
absoluta. Avanzaron en fila india por la cuneta unos doscientos metros hasta
llegar a las curvas donde llevarían a cabo la hazaña.
Cámara en mano, el más
joven subió a un árbol para grabarlo todo. El otro acompañó a la chica hasta
que a lo lejos vieron aparecer dos luces, entonces ella se descalzó, él cogió
los zapatos y se escondió tras unos matorrales. Algo nervioso, animó a la chica
para que actuara como habían ensayado.
Tras acabar la jornada de
trabajo, una mujer de mediana edad conducía cada noche por aquella peligrosa
carretera. Empezaba a estar harta, además, casi todas las noches cuando llegaba
a casa, su hija ya estaba durmiendo.
A lo lejos, algo llamó su atención. Algo blanco. A pesar de no ir muy deprisa, redujo la velocidad.
Estaba agotada y aunque le picaban los ojos por el esfuerzo de conducir de
noche por una carretera tan oscura y sin señalizar, claramente identificó a una
persona. A menos de cien metros supo con certeza que era una mujer, puede que
una jovencita. Redujo un poco más. Le aterraba parar en aquel sitio de escaso
tráfico sin nada de iluminación.
La chica de la cuneta
inclinó su cabeza hacia un lado mientras entreabría la boca y estiraba los brazos
en una postura poco natural. Cuando el coche estaba a pocos metros de ella y su
velocidad era cada vez más lenta dio dos pasos colocándose en mitad de la
carretera. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos, los mismos que tardó
la conductora en esquivarla mientras pasaba a su lado y aceleraba para perderse
en la oscuridad de la noche.
El chico que permanecía
en el árbol pudo grabar la escena completa; la mujer perdió el control en la
segunda curva y cayó por un terraplén. Rápidamente bajó del árbol y aunque sus
amigos no la habían visto salirse de la carretera, habían escuchado claramente
el estruendo.
A ninguno de ellos se le
pasó por la cabeza socorrer a la accidentada cuando emprendieron la carrera,
sólo querían llegar al coche cuanto antes y desaparecer de allí.
La joven se sentó en el
asiento trasero. Al acomodarse para cambiarse de ropa fue cuando se dio cuenta
que aún estaba descalza. Metió el vestido en una bolsa y pidió sus zapatos. Su
compañero no estaba menos nervioso, los sujetaba en silencio con la mirada
perdida. Puso en marcha el coche y sin decir nada los tiró sobre los asientos traseros. Mientras recorrían el camino que daba acceso a la carretera, la chica
encendió la linterna y con la ayuda de un pequeño espejo y unas toallitas empezó
a desmaquillarse.
Cuando pasaron por la
zona donde había tenido lugar el siniestro, redujeron considerablemente la
velocidad, pero sin llegar a parar.
―Aquí fue donde me maté ―dijo la chica con voz tenebrosa
apagando la linterna.
Los compañeros de los
asientos delanteros se miraron de reojo. Ninguno dijo nada. El conductor
intentó verla a través del espejo del coche, pero la falta de claridad se lo
hizo imposible. Ella se dio cuenta y empezó a reírse.
―No tiene gracia ―dijo el más joven.
―¡Frena, joder! ―gritó la chica poniéndose
entre los dos asientos― Hay alguien allí.
La mujer que sostenía un teléfono en la cuneta
se quedó mirando el coche que paraba a su altura.
―Hola chicos ―saludó tranquila―, he tenido un descuido y me he salido de la carretera. Ya he
llamado a mi marido para decir que estoy bien. Vivo a pocos kilómetros de aquí
y él no tiene coche, ¿me podríais llevar a casa?
―Buenas noches ―saludó el conductor intentando
mostrar tranquilidad―, no se preocupe, nosotros la
llevaremos.
La mujer abrió una de las
puertas traseras y saludó a la joven que apretaba contra sí una bolsa. Ésta se
limitó a asentir con la cabeza, y por miedo a que la reconociera apartó la
mirada.
La mujer les fue
indicando el camino sin que los jóvenes hablaran en todo el trayecto. En unos
minutos estaban entrando por su calle.
―Muchas gracias, chicos, me habéis salvado la vida. Allí está
mi marido ―dijo señalando al hombre que con rostro serio hablaba por
teléfono.
Avanzaron unos metros. El
hombre se quedó mirando el coche que se aproximaba. Pararon a su lado. Entonces
se abrió una de las puertas traseras y la joven que aún sujetaba la bolsa bajó
del coche. Se acercó al hombre y se abrazaron.
―Ha pasado algo terrible ―dijo él, después de besarle la
frente.
―Lo sé, papá.
Los chicos se miraron
aterrados, no entendían nada. El conductor echó un vistazo al asiento trasero
buscando una explicación, pero allí no había nadie.
Vicente Ortiz Guardado
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010981
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010981
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








