Ficción sonora creada por el equipo de Territorio Extrañer, donde pongo la voz al narrador encarnando al Profesor PV. Mis compañeros BJ Sal y Román Sanz Mouta dan voz a Berengario y Román respectivamente. Texto gamberro donde tomamos como partida la tercera parte de La llamada de Cthulhu, de HP Lovecraft.
21 de julio de 2021
28 de junio de 2021
21 de junio de 2021
Podcast del relato "La noche de difuntos".
Voz y edición: Jose Mª Teruel, del podcast Cuentos y Relatos
Escrito por Vicente Ortiz
13 de junio de 2021
La biblioteca perdida
En el primer certamen de relatos de ficción histórica organizado por La biblioteca perdida, quedé finalista con "El pugio".
Puedes descargar gratis en epub la antología completa aquí
6 de junio de 2021
Lovecraft, el negro de Houdini
22 de mayo de 2021
El Profesor PV y el exorcismo
9 de abril de 2021
El bosque del tránsito.
El viejo Richard hizo lo que pudo, no
seré yo quien le reproche nada a estas alturas. El abuelo se encargó de mí desde
el día que mi madre me abandonó siendo muy pequeña. A su manera, eso sí. Mi
infancia no transcurrió entre juegos, vestidos rosas y muñecas. Tampoco lo
necesité. Al menos fui al colegio y nunca me faltó una cama y un plato en la
mesa. A cambio tuve que sobrevivir en una sociedad rural hecha para hombres
solitarios. Con el abuelo siempre ocupado del ganado y las cosechas, tuve que
madurar deprisa y hacerme cargo de la casa para que no nos comiera la mierda.
Al llegar el invierno, si la nieve se acumulaba casi un metro, era cuando más tiempo pasábamos juntos. Le fastidiaba estar desocupado durante tanto tiempo. Eso lo ponía nervioso y no solía estar de buen humor. Yo intentaba entretenerlo cada vez que se quejaba por cualquier cosa o se acercaba a la ventana para comprobar que todo seguía igual que un rato antes. Lamento que no fueran muchas las veces que me contó historietas en voz baja. Yo las escuchaba con atención mientras me embelesaba con las llamas de la chimenea. Con torpe sobreactuación, él miraba desconfiado la puerta. A veces, casi en susurros, me hablaba de los espíritus que nos observan, de extraños animales que acosan a niñas solitarias o de pasados tiempos donde en el Bosque del Tránsito, los primeros colonos fueron iniciados en extraños rituales por los indios que lo ocupaban. Todas aquellas fábulas o leyendas, creo que muchas de cosecha propia, además de usarlas para divertirse mientras intentaba impresionarme, siempre tenían una moraleja similar: recelar de las aparentes buenas intenciones de los desconocidos. No sé si de haber sido un varón habría usado otro repertorio. De todos modos, yo no me asustaba; todo lo contrario, ni siquiera cuando hacía una parada larga y de golpe alzaba la voz al tiempo que se levantaba de la butaca golpeando la mesa con sus enormes manos. Nunca olvidaré esos momentos junto a él, saboreando cada pedazo de la atmósfera que creaba en sus narraciones mientras amontonaba latas vacías de cerveza.
7 de abril de 2021
La relación entre Edgar Allan Poe y Charles Dickens
En esta colaboración, le pongo la voz del Profesor PV al artículo que C.G. Demian escribió para la web Dentro del Monolito.
4 de marzo de 2021
El caso Dexter Willet
5 de febrero de 2021
Mundo Extrañer: Guns and Roses
Primera colaboración en Territorio Extrañer. Repaso a la trayectoria de Guns and Roses.
TERRITORIO EXTRAÑER
A partir de ahora, y mientras me dejen, colaboraré con Territorio Extrañer, un podcast donde se habla de todo lo que ya se ha hablado... ¡y alguna cosa más!
Ven a criar cuervos con nostros. Adéntrate en Territorio Extrañer.
2 de enero de 2021
Podcast del relato "El caso Dexter Willet".
31 de octubre de 2020
La noche de difuntos.
Los jovencitos allegados a los infantes de la casa de los
duques tenían permiso cada año para pasar la noche de difuntos en el gran
salón. Convertida ya en tradición, a pesar de lo macabro de algunos relatos,
era la excusa perfecta para estar lejos de la custodia de sus padres o
sirvientes. Dispuestos alrededor de la mesa, esperaban ansiosos tras la cena la
llegada de Álvaro y Fernando, los encargados de contar historias y leyendas
terroríficas.
Cuando todos estaban frente al fuego
hablando de cosas que poco tenían que ver con lo que les esperaba, el ruido de
la puerta al abrirse los sobresaltó. Era uno de los criados, que con más
fastidio que sutileza anunciaba la llegada de Fernando.
Fernando era un mozalbete de unos
veinticinco años que se ganaba la vida como secretario de la casa, trabajo que
le daba para comer, sin embargo, su auténtica pasión era escribir cuentos y
poemas. Doblaba en edad a la mayoría de los presentes que ese año habían sido
elegidos para acompañar a los hijos de los duques. Llamamiento muy codiciado
por los progenitores de la zona que ansiaban acercarse a la nobleza si sus
vástagos eran seleccionados.
―Con tristeza y sin
consuelo ―recitó el recién llegado con exagerados movimientos de puesta en
escena― este simple siervo os informa que tendréis que conformaros con mi
humilde presencia. Álvaro se encuentra indispuesto desde hace unos días y me ha
pedido que me disculpe por él. Advierto que tengo buenas historias preparadas y
os prometo que no lo echaréis de menos.
Isabel, la pequeña damita de la casa,
consentida y caprichosa, no disimuló su enfado amenazando con suspender la
velada, pero el oportuno susurro de su hermana mayor sirvió para disuadirla,
pues el desgraciado Álvaro acababa de perder a su esposa durante un parto.
Sin más preámbulos, Fernando apagó
las velas ante la mirada de los jóvenes y formó un semicírculo con todos frente
a él. El fuego a su espalda producía un efecto que borraba de manera
intermitente su espigada figura, convertida a veces en una lóbrega silueta que
se agitaba cambiando de forma. Creado el ambiente y la atención que buscaba,
tomó asiento y carraspeó antes de comenzar el espectáculo.
―Señoritos, señoritas, suplico
silencio y respeto por las ánimas a las que esta noche vamos a
honrar ―continuó Fernando―. Si alguno considera que he de parar o cambiar
de historia, pido a vuestras mercedes que me lo hagan saber de inmediato.
También les advierto que una vez pasada la media noche, nadie podrá abandonar
el palacio, ni siquiera yo. Ya sabéis que está prohibido pisar la calle en esta
madrugada. Nunca ha ocurrido tal cosa, y no creo que esta vaya a ser la primera
vez, pues puedo afirmar que ante mí solo encuentro rostros valientes y cuerpos
fuertes.
Entre sonrisas y un leve murmullo,
los niños acogieron bien las últimas palabras cruzando miradas cómplices.
Fuera, la contienda que el viento y la lluvia libraba contra los ventanales del
palacio se tornó en un rumor lejano cuando las campanas cercanas de la catedral
anunciaron la medianoche de forma lastimera, como avisando que no era una noche
cualquiera. Hasta los perros lo sabían. Ladraban y aullaban apenados a coro.
―Esta historia no es una leyenda
cualquiera ―prolongó el poeta―, es algo que realmente ocurrió hace años.
Pocos se han atrevido a divulgarla, pero hoy la vais a conocer.
En ese momento la puerta se abrió
liberando un quejido que recorrió el salón. Los niños se arrimaron unos a otros
al ver que Fernando se santiguaba antes de incorporarse para hacer un barrido
visual por las sombras del salón. Con simulada tranquilidad volvió a ocupar su
cubil sabedor de que sin él quererlo, la atmósfera de su actuación ahora era
más negra de lo que pretendía. Continuó:
―Álvaro galopaba bajo la tempestad
implorando llegar a tiempo. Lamentaba no haber estado junto a su amada el día
en que la partera había anunciado la llegada de su primogénito, pero el pobre
Álvaro no había podido eludir sus responsabilidades en el duro trabajo del
campo. Inés, que así se llamaba ella, decidió que su hijo tenía que nacer junto
a la ermita de la Virgen de Argeme, pues así se lo pidió en un sueño su difunta
madre. A Álvaro aquello le pareció un capricho ridículo, pero finalmente
accedió al deseo y las súplicas de la joven Inés. Ahora se arrepentía, pues
jamás sospechó que su ansiado momento llegaría en la noche de difuntos.
De nuevo, un ruido interrumpió la
narración de Fernando, que intentando no asustar a los infantes más de lo
debido, se levantó esta vez y caminó por la oscuridad de la estancia para
confirmar que todo estaba en orden. Solo pudo escuchar unos pasos acelerados
que se perdían por la escalera, y más tarde el relincho de un caballo agitado
ante el envite de su jinete.
Era Álvaro, que a última hora había
decidido acompañar a Fernando, pero que, escondido tras las sombras decidió
escuchar la leyenda sin interrumpir. Ahora, molesto y empapado cabalgaba
impetuoso hacia la ermita. Su amada había muerto días atrás, pero el cuento de
su amigo, dolorosamente real, lo alentó a recorrer de nuevo los mismos pasos
que aquella infausta madrugada. Al atravesar las anegadas tierras de labranza,
sin apenas ver donde pisaba, la mala suerte quiso que el pecho de su caballo
embistiera contra el podrido tronco de un arbusto. Álvaro voló por los aires
antes de encontrarse con el barro que le rodeaba. Dolorido y resignado al ver
su caballo herido de muerte, emprendió el resto del viaje a pie, pues a pesar
de la oscuridad, sabía que estaba cerca del cerro de la ermita. Caminó de
manera pesada durante casi media hora hasta llegar al pequeño templo. Respirando
fatigoso frente a la cruz que se vislumbraba, se sintió un estúpido imprudente
allí plantado bajo la lluvia, esperando una absurda indicación que lo guiara.
Hacía mucho frío, pero no tanto como la última vez que estuvo allí. Aquella
maldita noche que jamás olvidaría. Aquella noche que blasfemó renunciando a
Dios. Aquella noche en la que una parte de su alma también se fue con Inés.
El monótono sonido del aguacero se
rompió con un apenado sollozo que lo estremeció. Luego siguieron diferentes
gritos agónicos que devoraron la armonía del sagrado lugar. Álvaro supo que era
la voz desesperada de una mujer. Sin pensarlo, entró en los soportales de la
ermita, pero no había nadie. Desconcertado, sin atisbar el origen de los
chillidos, que por momentos le parecieron imaginarios, volvió a salir bajo la
lluvia, mirando a un lado y a otro, caminando confuso. Mientras rodeaba la
ermita le llegaron nuevos lamentos, esta vez menos funestos, y más tarde, el
inconfundible llanto de un recién nacido. Cada vez más alterado, dio dos
vueltas al templo con la misma suerte. Antes de que saliera una palabra de su
garganta, un bulto que parecía agitarse bajo el triste abrigo de un pequeño
olivo llamó su atención. Se aproximó parsimonioso. Cuando ya estaba muy cerca
entrevió a alguien sentado en el suelo. La figura, envuelta en un mantón
comenzó a girarse conforme Álvaro llegaba a su par.
En ese mismo momento, con los niños
apretujados sin atreverse a decir palabra, Fernando llegaba al final de su
historia:
―Una vez que el desdichado caballero
llegó a la altura de la misteriosa figura ―continuó transformando su voz
en una más gutural―, se arrodilló ante ella sin acertar a ver su cara, pero al
retirar el empapado mantón que cubría su cabeza, se topó con dos protuberancias
encaracoladas que nacían de su frente. Se alzó asustado. Retrocedió unos pasos
al tiempo que el resplandor de un rayo descubría al pálido personaje de cara
afilada y profundos ojos escarlata. Desde el suelo, el innombrable le mostró al
recién nacido. Álvaro se desplomó espantado. Paralizado. Muerto.
Cuento escrito en la tarde del 31/10/20 por Vicente Ortiz.
Registrado en Safe Creative.
2 de septiembre de 2020
Podcast "Soy la única"
Podcast del relato "Soy la única", editato por La nebulosa ecléctica.
15 de agosto de 2020
La anciana.
Como cada mañana,
arrastró su enlutada figura hasta la puerta de casa. Con un torpe movimiento se
dejó caer en la vieja mecedora de madera que, con un crujido ronco, la recibió recordándole
que debía tener tantos años como ella. Mientras se recostaba sobre el mullido
respaldo, entornó sus apergaminados párpados, pretendiendo el ilusorio descanso
de aquellos pequeños ojos acuosos y rojizos que delataban el cansancio de quien
ya ha visto demasiado. Una vez acomodada, lanzó un sollozo de hastío, dejando escapar
con el lamento cualquier pretensión por abstraerse del presente, ese que la
retenía dentro de un cuerpo frágil y marchito al que despreciaba desde que
había caído enferma.
Consultó varias veces el
reloj de pared antes de incorporarse. Una ver erguida, necesitó unos segundos
sin moverse para que su respiración se regulara. Su hija se retrasaba una vez
más. Quizás ya no la visitaba a diario, no estaba segura, ni siquiera estaba
segura de cómo había llegado hasta la puerta de su casa. Apoyó sus huesudas
manos sobre los mangos del andador y salió a la calle con la esperanza de no
encontrarla. Cada vez llevaba peor las reprimendas de sus hijos y, aunque sabía
que lo hacían por su bien, no toleraba que la trataran como a un niño
indisciplinado. A estas alturas, no.
Lo que antes de la
enfermedad no le habría llevado ni un minuto, ahora le resultaba todo un reto
que necesitaba culminar cada día. Pero aquella manifestación de coraje no se
correspondía a una lucha por superarse, ni siquiera por mantenerse activa u
ocupada, aquel ritual que tantas veces había repetido era una estúpida obsesión
que la dominaba.
Después de un buen rato
de padecimiento, de ver impotente cómo sus torpes pies se arrastraban en cada
paso, de aguantar los temblores de unos brazos exhaustos que a duras penas sostenían
su peso, de jadeos, tos e incómodos sudores, llegó a la esquina. Para enfocar
lo poco que le quedaba de vista, con una mueca forzada, que marcó aún más cada
surco de su rostro, se acercó hasta casi rozar el tablón de anuncios con su delgada
nariz. Una a una, escudriñó cada necrológica para confirmar que los rostros y
los nombres eran desconocidos. Sonrió. La ligereza prestada por ese consuelo, eliminó
el lastre que encadenaba sus pies.
Aliviada, se dispuso a
regresar para no volver jamás. Sí, esta sería la última vez. Después de mucho
tiempo rumiando cuándo hacerlo, al fin, la decisión estaba tomada. Su absurdo
empeño por volverse a ver protagonizando una esquela, ya había asustado a
bastantes personas.
Escrito por Vicente Ortiz en agosto del maldito 2020
Puedes leer este y otros relatos en la web Dentro del Monolito.
Nº de registro en Safe Creative 2009015218118
20 de julio de 2020
Vídeo del relato "La moradora del Castillo de Trevejo".
6 de julio de 2020
Vídeo del relato "El faraón desconocido".
2 de julio de 2020
Podcast del relato "La mansión Farrell" (reedición).
15 de junio de 2020
Podcast del relato "Rosalía" (reedición).
28 de abril de 2020
El sótano.
26 de abril de 2020
Día del libro tentacular.
9 de abril de 2020
Ocho minutos.
Abril de 2020 (confinamiento)
Registrado en Safe Creative con Nº 2004283810859
2 de marzo de 2020
La moradora del Castillo de Trevejo.
18 de febrero de 2020
Diecisiete mil gracias.
17 de febrero de 2020
Podcast del relato "La moradora del Castillo de Trevejo".
Unas 18.000 descargas en IVoox, buenas críticas y un gran trabajo de edición, hacen que sea uno de mis relatos más queridos.
10 de febrero de 2020
Promo La moradora del castillo de Trevejo.
30 de enero de 2020
SORPRENDIDO
15 de enero de 2020
Podcast del relato "El faraón desconocido".
13 de septiembre de 2019
Una ciudad que bullía dentro de otra que dormía.
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7 de septiembre de 2019
Podcast del relato "la ventana"
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