21 de mayo de 2015

La mansión Farrell.

La mansión de los Farrell seguía tal como la recordaba de pequeño; quizá un poco más grande, pero todo permanecía igual, era increíble, hasta el olor persistía impregnándolo todo con aquel perfume que creía olvidado. Los viejos, pero lujosos y bien conservados muebles seguían en su sitio, los colores de las paredes, los cuadros, la enorme biblioteca familiar, las habitaciones… Era como viajar en el tiempo y volver a revivir aquellas pesadillas de juventud.
La casualidad había hecho que tuviera que volver después de tantos años, pero ya no era el niño que entraba acompañando a Thomas Farrell, mi mejor amigo, para hacer los deberes del colegio. Él siempre se reía de mí, pero como sabía que me daba un poco de miedo su familia, entrábamos directamente a su habitación para hacer los trabajos. Luego le obligaba a acompañarme hasta la puerta para no encontrarme a solas con sus padres. Me daban auténtico pavor aquellas miradas perdidas o verlos deambular a oscuras por los tétricos pasillos mientras tarareaban viejas canciones.
Ahora era cuestión de trabajo y en cuanto tomara unas fotos para la tasación, saldría de aquellos horribles muros para no volver jamás. Encendí todas las luces y empecé con mi cometido como si de cualquier otra vivienda se tratara. No puede evitar sentir un escalofrío cuando entré en el cuarto donde todo ocurrió. Según hacía las fotos, algo despertó en mi interior una curiosidad casi morbosa, como si una voz me animara a hacerlo. No dudé a la hora de escudriñar cada rincón del enorme armario macizo de madera y abrir uno a uno cada cajón de la cómoda y la mesilla. Nada me llamó especialmente la atención, realmente solo había ropa y juguetes. Me habría hecho ilusión encontrar algún cuaderno o libro con apuntes de su puño y letra. Decepcionado, me senté en el borde de la cama en la que tantas veces había saltado jugado con Thomas a intentar tocar la llamativa viga de madera que atravesaba el techo de la habitación. Fue entonces cuando la coraza que había creado durante años se destrozó. En unos segundos afloraron viejos recuerdos que creía enterrados y alcé la vista para plantarla en esa viga, la misma que había servido para realizar aquella estúpida ceremonia diabólica en la que mi amigo había perdido la vida a manos de sus propios padres.  


Tres golpes secos que llegaban de la planta baja, me sacaron de mis cavilaciones y de un respingo me levanté de la cama. Seguramente alguien del banco o el propio dueño, ese excéntrico que seguía manteniendo aquel viejo caserón tal como era en los sesenta, había llegado. Al salir de la habitación y adentrarme en el espacioso pasillo que llevaba a la escalera, volví a sentir un escalofrío y otro maldito recuerdo apareció tan fresco como si lo estuviera viendo. En una entrevista televisada, los padres de Thomas, pocos días antes de ser ejecutados en la silla eléctrica, afirmaban que unas voces les habían dicho que lo hicieran. Malditos locos susurré mientras bajaba.
Hola, Andy dijo el hombre tras abrir la puerta.
Hacía años que nadie me llamaba así, de hecho, solamente Thomas y Many, el hijo de la cocinera, solían hacerlo.
Buenas tardes contesté intrigado, ya he terminado el trabajo y me iba ahora mismo. En cuanto esté todo listo le llamarán de la oficina.
―¿Es que no te acuerdas de mí? preguntó sonriente mientras me ofrecía su mano. La verdad es que han pasado muchos años, Andrew, pero en cuanto te he visto, te he reconocido.
No supe qué contestar en ese momento, pensé en Many, pero sus rasgos latinos no encajaban con los del hombre que me examinaba. Miré fijamente a sus ojos y fue como si me susurraran:
Las voces insistieron y no pude hacer otra cosa para librarme de ellas. Mis padres tuvieron que mentir y cargaron con ello, ¿ves como no eran tan malos?

Escúchalo en IVOOX
Vicente Ortiz Guardado
Mayo 2015
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010554



9 de marzo de 2015

Comentarios del relato "La carretera".

En el magnífico programa de radio, «Elena en el País de los horrores», dirigido por la periodista Elena Merino, Margari Torrealba comenta en su sección, "El club de los marineros muertos", el relato escrito por Vicente Ortiz, «La carretera».
Extracto del capítulo emitido el jueves 05-03-15



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX
Programa completo aquí.

5 de marzo de 2015

Cuaderno de bitácora.

23-05-1929 en algún lugar del Antártico.
Día ochenta y siete. Unas horas antes del amanecer.
Todo sigue en calma, el barco no se mueve, nada funciona y excepto por un suceso que detallaré, podría volver a escribir lo mismo que llevo escribiendo en mi cuaderno de bitácora desde hace varias semanas.
Si bien es cierto que lo sospechaba, ayer, justo antes del anochecer, pude ver con mis propios ojos tierra firme no muy lejos de donde mi barco sigue varado. La espesa niebla que me acompaña desde que desapareció toda la tripulación, se esfumó de forma extraña durante unos minutos. Salí a cubierta y frente a mí se abrió un pasillo que dejaba ver el hielo que me rodea. Al fondo, pude divisar claramente algo similar a una formación rocosa cubierta de hielo, puede que se trate de una isla. Minutos después la niebla volvió a cubrirlo todo.
He pasado casi toda la noche pensando qué hacer, pero desde que me encuentro sola, el miedo a lo desconocido me tiene paralizada. Aún me queda comida para un par de semanas, pero tengo que hacer algo antes de volverme loca. Estaré atenta, y si el fenómeno se repite, haré una rápida exploración.
Doctora Fhatim John.
Volvió a la cama, apagó la vela y pudo quedarse dormida.

En cuanto la niebla empezó a desaparecer por segundo día consecutivo, Fhatim amarró la fina, pero pesada cuerda y bajó del barco por primera vez desde que habían partido de la Patagonia casi tres meses atrás. La belleza y a la vez la miseria de aquel lugar, la impresionó aún más desde abajo. Después de diez minutos caminando se quedó sin cuerda, pero como la isla ya estaba muy cerca, decidió tenderla sobre el suelo haciendo una especie de círculo que le sería más fácil localizar para el regreso.
Cuánto echaba de menos la brújula que Robert, su padre, le había regalado el día que partieron. Por desgracia, desde que misteriosamente una noche desapareció toda la tripulación sin dejar rastro, todos los aparatos, incluidos los del barco, habían dejado de funcionar. En un arrebato de furia había lanzado su brújula al vacío después de llevar varios días sin que la aguja se moviera.
Cuando estaba a poco menos de trescientos metros del primer montículo helado, una ligera niebla empezó a bañar lo que unos instantes antes había sido claridad. Miró atrás, aún veía la cuerda, pero debería caminar en línea recta para volver a encontrarla. Siguió caminando y pronto comenzó la ascensión. Respiró fatigada. Diez o doce metros después, ante ella se extendía una llanura solamente rota por algún ligero desnivel. Se adentró unos metros más, pero era inútil continuar, la niebla ya lo inundaba casi todo. Decidió dar media vuelta, porque además, pronto anochecería.
Con mucho cuidado, comenzó a caminar sin saber dónde pisaba. Era como ir con los ojos cerrados. Al empezar el descenso supo que le quedaban un par de minutos hasta llegar a la cuerda, puede que tres, ya que iba más despacio que cuando llegó. Era consciente de que si se desviaba, prácticamente sería imposible llegar al refugio que le proporcionaba el barco. Al raso no aguantaría una noche.

22 de noviembre de 2014

Mesa para cuatro.

REC. Son las tres y diecisiete minutos del viernes veintiocho de noviembre. Junto al equipo V, acabo de entrar en la vivienda. La policía ya nos ha dejado libre el terreno y vamos a empezar. La primera impresión es escalofriante; no sólo por el desorden, sino por el nauseabundo olor a carne en descomposición. Me indican que los cuerpos están sobre la cama del dormitorio principal. Me cubro la cara con una mascarilla; el olor es inaguantable. Me acerco a los cuerpos para hacer el primer examen. La chica yace bocarriba, está totalmente desnuda y por su aspecto no debe pasar de los veinticinco años. El chico está en posición fetal, diría que es algo mayor, pero no mucho más, también está desnudo. La cama está cubierta de sangre seca. La joven muestra un profundo corte en su garganta y la amputación parcial de sus senos. Su pareja presenta un corte aún más profundo, tiene casi seccionada la cabeza. También puede apreciarse un fuerte traumatismo en el lado derecho del cráneo.
Me dicen que los objetos de valor siguen en la vivienda, provisionalmente descartamos el móvil por robo. Creo que aquí no podemos hacer mucho más y voy a dar orden de que trasladen los cuerpos para que les practiquen la autopsia, pero me temo que la historia se repite. Ya son cuatro jóvenes parejas brutalmente asesinadas en menos de un mes. En los cuatro casos a las chicas les han amputado parte de sus pechos y excepto en éste, los barones han sido decapitados. Estamos ante un despiadado asesino en serie fetichista. STOP.

¡Merino! grita enérgicamente Expósito, que se acerca a mi despacho con unos papeles.
Lo que ya sabíamos, ¿verdad? pregunto sabiendo la respuesta.
Efectivamente ―me contesta con gesto serio, a los chicos de anoche no se les han encontrado tóxicos, llevan una semana tiesos, y eran una pareja común sin antecedentes ni deudas. Como en los otros casos, también estaban solteros.
¿Y la chica? ¿Estaba embarazada también?
Sí, otra oveja descarriada contesta casi con desprecio.
―¡No empecemos, Expósito! levanto la voz con autoridad.
―Lo siento jefa, pero no entiendo a estos jóvenes que deciden tener familia sin estar casados, sólo eso, traer una vida a este mundo no es un juego de niños.
―¡Céntrate en el caso, por favor! Tus creencias, guárdatelas.
En ese momento decido terminar con la reunión. Expósito es uno de mis mejores hombres, pero es una persona tan cerrada en su credo que ve todo inmoral. Aún me pregunto cómo decidió dedicarse a este trabajo. Me estoy arrepintiendo de haber aceptado ir a cenar esta noche a su casa, de no ser porque nos acompañan Molina y Monzón, me habría inventado cualquier excusa para perderle de vista.

18 de septiembre de 2014

Londres.

Londres 28 de enero de 1.897
Querido tío Henry, hace meses que no sabéis nada de mí y voy a intentar resumir cómo ha sido este tiempo sin vosotros.
Quisiera decirte que Londres es un sitio idílico donde continuar mi aprendizaje, pero estoy sumido en una gran depresión de la que difícilmente podré recuperarme algún día.
Tú y la tía Bridget sois como unos padres para mí y habéis sacrificado vuestro bienestar para que yo me convierta algún día en médico. No sé si merezco tal cosa.
Londres es un infierno. En cuanto cae la noche, una espesa niebla cae sobre sus calles como un pesado telón, es entonces, a la hora de las sombras, cuando personajes de distinta índole aparecen de la nada y se hacen con el control de la ciudad. He podido ver con mis propios ojos cómo un policía miraba para otro lado cuando un chiquillo de apenas ocho años era embestido por un coche tirado por caballos. En cualquier siniestro callejón, por un simple reloj de bolsillo un hombre puede ser degollado sin piedad. Es fácil que en el trayecto que hay desde la facultad hasta este pequeño cuarto donde escribo bajo la pobre luz de una vela, más de diez mujeres de diferentes edades intenten venderme su cuerpo por unos chelines. Dios se apiade de ellas. Como imaginarás, hago con que no escucho sus obscenos comentarios y sigo caminando en silencio. Prefiero darle un chelín a cualquiera de los muchos vagabundos que deambulan sucios y enfermos por las calles de esta lúgubre ciudad.
En mi primera carta os dije que mi habitación era cómoda, pero nada más lejos de la realidad. Intento no morir de frío cada noche en la estancia más pequeña y sucia de la casa, donde un armario sin puertas, una mesita de madera con un taburete y una pequeña y vieja cama son todo el mobiliario. La comida no es mucho mejor, incluso el señor Goodman me ha insinuado que si quiero comer carne haga como el resto de sus distinguidos huéspedes y robe una gallina de vez en cuando en el mercado.    
Qué te voy a contar de la facultad… los profesores solo se dirigen a los alumnos de familias importantes, y estos, con sus elegantes trajes me miran por encima del hombro sintiéndose superiores. Pero eso no me importa. Como tú y la tía me enseñasteis, estoy siendo muy trabajador y gracias a mi empeño tengo buenas notas. Para relajarme, me refugio en la biblioteca cada tarde y me sumerjo leyendo a los clásicos durante horas. También leo viejos tratados sobre medicina que me están viniendo bien.
Lo peor viene por la noche. La soledad de mi oscura habitación me está consumiendo. Apenas duermo por los ruidos y el frío. Paralizado sobre mi cama, escucho voces en la calle y temo que algún día alguien trepe para robarme o descuartizarme.
Lo siento tío Henry, en cuanto pueda continúo la carta.


Londres 17 de mayo 1.897 (Continuación).
Soy un miserable. A pesar de haber recibido tus cartas, no he tenido ganas ni valor para escribirte. He llorado mucho la muerte de tía Bridget. Solo el Señor sabe lo mucho que la quería, pero sabíamos que ese día llegaría, aunque siempre he albergado la idea de que podría estar a su lado para despedirme. Lo siento. Siento que os he fallado y que jamás podré compensarte por todo lo que habéis hecho por mí. No merezco que sigas enviando dinero para mis gastos, ni siquiera merezco permanecer en tu recuerdo. Ahora soy una persona distinta, ya no me conoces tío Henry. Esta despreciable ciudad, sumida en los vicios más pecaminosos ha podido atraparme con sus garras, y lo peor de todo, es que en cierto modo soy feliz.
No sufro cuando cada noche aparecen los monstruos que intentan despedazarme en mi lecho. No les tengo miedo. Ni siquiera a esos ruidos desgarradores que emiten al acercarse a mí. Algunas veces, antes del alba, me levanto de la cama y veo a través de mi ventana a los espectros de la noche que, como una nebulosa salen de las casas y emergen para desaparecer en el aire antes de que el sol los destroce con sus primeros rayos. Algunos me observan desafiantes, pero al no encontrar miedo en mi mirada, siguen su ascenso a quién sabe dónde.      
Tío, no llores por mí, soy más fuerte de lo que creía. Los obstáculos que esta maldita ciudad me ha ido poniendo desde que llegué me han curtido y han hecho de mí a una persona diferente, ahora los veo como un juego de niños. 
Mientras tenga acceso al opio de la facultad, no habrá criatura diabólica que pueda contra el láudano que yo mismo elaboro.


Vicente Ortiz Guardado.
Escrito entre los días 17 y 18 de Septiembre de 2014
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010608

4 de julio de 2014

Aguas oscuras.

Empecé a contar mentalmente hasta tres. Al principio me faltaba el aire, pero conforme fui tranquilizándome comencé a respirar un poco mejor. Olía mal, pero cada pequeña bocanada de aire que entraba en mis pulmones era una pequeña victoria.
Cuando recuperé la respiración y mis ojos se acostumbraron a la casi total ausencia de luz me centré en el siguiente problema, salir de allí. A duras penas repté durante un tiempo indefinido y cuando noté que llevaba un buen rato bajando, sentí que la tensión se acumulaba en mis sienes dándome pequeños pinchazos.
Paré unos minutos para recuperar fuerzas y cuando proseguí, la especie de galería en la que me encontraba comenzó a hacerse más grande y en horizontal. Aunque sentía el mismo agobio que al principio, ya me había habituado a respirar siguiendo una secuencia y también la tensión en mi cabeza empezaba a desaparecer. Por la tierra que se pegaba en mis codos y mis rodillas deduje que estaba sangrando. Me picaban mucho los ojos, hasta los lagrimones que recorrían mi cara parecían barro imposible de limpiar.
Mis fuerzas me habían abandonado casi por completo cuando aprecié que al fondo había algo de luz. No sé de dónde saqué la energía, pero aceleré la marcha dando gritos a cada avance. El dolor en los codos era insoportable, pero tenía que llegar cuanto antes al fondo.
Un, dos, tres decía una y otra vez antes de gritar y respirar.
El tamaño de la galería aumentó a tal punto que pude empezar a caminar más deprisa a cuatro patas. Mis brazos temblaban de cansancio porque no podía estirarlos por completo sin darme golpes en la cabeza, pero estar cada vez más cerca de la fuente de luz, hizo que una mueca parecida a una sonrisa apareciera en mi cara.
Como la anchura de la galería daba para girarme, pude tumbarme bocarriba para descansar. Tanto me relajó cambiar de postura que me quedé dormido. No sé cuánto tiempo pasó, pero algún pequeño roedor recorrió mi pecho a una velocidad endiablada y me devolvió a la cruda realidad.
Cuando me dispuse a proseguir, un nuevo varapalo me sacudió; no había nada de luz. Me encontraba sumido en la más absoluta oscuridad. Aun así, seguí mi marcha sin saber dónde cómo o cuándo terminaría mi calvario.
Tenía la boca pastosa y una sed de mil demonios, pero los codos me dolían menos. Con mucho esfuerzo, unos minutos después llegué a la desembocadura del túnel. No veía el fondo y como tampoco tenía espacio para girarme e intentar bajar de pié, decidí esperar a que llegara de nuevo la luz, si es que ésta llegaría en algún momento.
Volví a quedarme dormido unos minutos, puede que unas horas. Cuando desperté, un rayo de luz proveniente del techo atravesaba la enorme oquedad iluminando aquella cueva. No había otra opción, tenía que tirarme de cabeza e intentar girarme en el aire para caer de pie antes de estamparme en el suelo que estaba a unos tres metros.
Dibujé en mi imaginación un salto perfecto, pero éste no fue tal. Sin poder ponerme de pie antes de saltar, me impulsé todo lo que pude para sortear las piedras de la pared y hacer la pirueta que quería, pero lo único que conseguí fue caer de espalda en el frío y duro suelo pedregoso.
El golpe fue tan brusco que temí haberme fracturado alguna costilla. No podía respirar y el dolor era espantoso. Conseguí ponerme en posición fetal y de forma entrecortada al principio, y más regular pasado un tiempo, comencé a respirar.
Me incorporé lanzando un fuerte grito que retumbó entre aquellas paredes. A pesar del dolor de la espalda, pude ponerme en pie tras un ligero mareo que casi me hace volver a caer. Me dolía tanto que ya me había olvidado de las rodillas y los codos. Gracias a la luz, comprobé que efectivamente había perdido bastante sangre. En el codo derecho había desaparecido todo rastro de piel y pude ver el hueso entre la costra de tierra y sangre que se había formado.
Tambaleándome un poco, recorrí la estancia que, desde abajo se veía mucho más grande. Parecía una formación totalmente natural, pero el túnel por el que había llegado hasta allí lo había hecho alguien quién sabe por qué motivo. En la parte superior, se adivinaba una curvatura que posiblemente llevaba a la superficie. La luz que por allí se colaba, seguramente era la propia luz del día, pero estaba a más de treinta metros imposibles de escalar en mi estado. Grité tanto como mi garganta me permitió, pero la única respuesta que llegó fue el propio eco de mi voz.
Ya con menos dolor, explorando por uno de los extremos, justo frente a la desembocadura del túnel por el que había reptado, vi que la oquedad tenía una continuación. La luz era más escasa, pero avancé con cuidado y descubrí que había una pequeña laguna formada por el agua que se filtraba por las paredes del fondo de la cueva. Sin pensarlo me decidí a entrar. Inconscientemente no tuve la precaución de comprobar antes la profundidad y al meter el primer pie caí dentro. Estaba muy fría y eso me espabiló rápidamente. Con un par de brazadas me acerqué al borde de la que en otra situación habría sido una idílica piscina natural, y aunque me costó un poco, pude salir. De rodillas en la orilla me lavé las heridas y bebí abundantemente sin pensar en una posible intoxicación. ¡Qué más podía pasarme! Desde luego de sed no me iba a morir.
El agua que chorreaba continuamente por la pared tenía que salir por alguna parte, pues la marca de la erosión indicaba que el nivel hacía mucho que no subía. Nunca había sido un gran buceador, pero algo tenía que intentar antes de morirme de hambre o por alguna infección.
Aunque mis extremidades no estaban para mucho derroche de energía, me lancé y recorrí buena parte del pozo antes de subir a la superficie a coger aire. A pesar de que el agua era cristalina, en cuanto me sumergía un poco, era imposible ver nada. Ya que la vista no me servía de mucho, cambié de táctica y fui palpando las paredes intentando encontrar alguna salida. Una de las veces encontré a bastante profundidad lo que parecía el “desagüe”, pero, no sabía qué habría más allá. Subí para respirar profundamente y volví al mismo sitio, pero cuando intenté adentrarme un poco más, algo pasó a mi lado rozándome con violencia la espalda. Fueron unos segundos agónicos pues ya no aguantaba más la respiración, fuera lo que fuera me había desorientado y el miedo a una extraña criatura me noqueó. Cuando di el primer tragón de agua pensé que era el final, pero entonces una fuerza inesperada me hizo reaccionar y pude salir de aquella trampa. Por el camino volví a tragar más agua y cuando pensé que moriría ahogado vi la claridad. Saqué la cabeza del agua y vomité sin parar de toser. Salí del agua temblando de frío y de miedo.
Me alejé de la piscina buscando la tranquilidad de la claridad que penetraba desde lo alto y fue cuando a mi espalda un enorme chapoteo en el pozo hizo que por primera vez deseara estar de nuevo en el túnel por donde había llegado hasta aquel maldito lugar. No pude ver con precisión, pero por las sacudidas que dio aquella cosa y la enorme cantidad de agua que sacó, debería tener un tamaño descomunal. Me alejé todo lo que pude suplicando para mis adentros que no fuera un gigantesco anfibio carnívoro. Para mi desgracia, la luz empezó a desvanecerse y poco a poco todo volvió a sumirse en total oscuridad.
Acurrucado en un hueco de la pared observé como el bicho paraba de chapotear y dejaba un tranquilizador silencio solamente quebrado por los chorros de agua que descendían por la pared. Sin apenas moverme, pasé en alerta la noche más larga de mi vida.
Cuando el sol hizo presencia de nuevo, apenas me quedaban fuerzas para sobrevivir un poco más. Estaba exhausto, mi estómago rugía de hambre y aunque ya no sangraba, me dolía todo el cuerpo.
Con bastante dificultad, me incorporé para intentar encontrar otra salida antes de que fuera demasiado tarde. Después de un buen rato confirmé que era imposible trepar por aquellas paredes prácticamente lisas. Decidí que era el momento, había perdido la batalla y pronto descansaría para siempre. Me tumbé en el suelo. Fijando la mirada en la claridad, los ojos empezaron a picarme por la falta de sueño. Los cerré.
No estoy seguro de si fue una alucinación, un ángel, un sueño o qué, pero lo último que recuerdo es que me levanté al oír una encantadora melodía y en el borde de la piscina cantaba la mujer más bella que jamás habían visto mis ojos. Su espesa melena dorada recorría su torso desnudo. Tenía los ojos de un verde intenso, la piel más fina y delicada que podía existir y sus sensuales y carnosos labios se abrían sugerentes al tararear aquella canción.

Su poder me atrajo tanto que sin decir una palabra me acerqué para besarla. Ella respondió agradecida. Luego nos miramos fijamente unos segundos, me sonrió dulcemente y volvimos a besarnos. Después se sumergió con los ojos abiertos y finalmente ascendió rodeando mi nuca con sus delicadas manos. Cuando yo iba a hacer lo propio, tiró de mí, lanzándome al agua.
No tuve miedo cuando me abrazó por la espalda y nos sumergimos en la profundidad de aquellas aguas oscuras, al contrario, por primera vez en mi vida me sentí en paz. Incluso creí escuchar cómo seguía cantando bajo el agua para tranquilizarme.
Antes de perder el conocimiento noté como me rozaba cuando se agitaba para descender a más velocidad. Luego desperté confuso en la orilla de un caudaloso río. Jamás volví a verla.
Yo sé que las sirenas no existen, y mucho menos las de agua dulce, pero el caso es que hoy, cuarenta años después de llegar al nuevo mundo, a cambio de un vaso de vino, sigo contando mi historia a los nuevos aventureros españoles que, en silencio, la escuchan atentos. 



Vicente Ortiz Guardado.
04-07-14
Relato dedicado a Ángel Gabay.
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010660

9 de junio de 2014

La chica de la peña.

Siempre me habían dado mucho miedo los toros y cada vez que iba a Coria en San Juan intentaba convencer a mis amigos para meternos en algún garito mientras el animal estaba suelto por las calles, pero merecía la pena acercarse a aquél toro que parecía una bestia salida del mismísimo infierno.
La noche anterior, unas chicas nos habían invitado a su peña. Eran simpáticas y lo mejor de todo es que había una que me había llamado especialmente la atención, creo que yo también a ella. Era preciosa y no iba a dejar pasar la oportunidad.
Enfilamos por la bulliciosa calle de los paños, que era un trajín de gente alegre, e intentamos entrar en la plaza, pero allí no cabía ni un alfiler. Finalmente decidimos ir a tomar una cerveza por la zona de la catedral. Miré el reloj. Aún quedaban unos minutos para que abrieran la peña de las chicas, ya que ésta no la abrían hasta que el toro estaba suelto por el casco amurallado.
Cuando terminamos la cerveza, fuimos caminando despacio hasta la peña. Yo disimulaba en todo momento, pero no hacía más que mirar a mí alrededor. Me aterraba la idea de que el toro anduviera cerca.
Al fondo de la calle distinguí a dos de las chicas que, ajenas al peligro, fumaban en mitad de la calle mientras hablaban animadamente. Cuando íbamos llegando, mi corazón se aceleró al ver que en la puerta estaba ella.
Saludé. Las risas y la complicidad de la noche anterior se habían esfumado como el humo de los cigarrillos de sus amigas. Algo había cambiado y apenas se fijó en mí. Disimulando mi decepción pasamos al interior.
Unos chicos nos sirvieron unas copas. Luego otras y otras. Ya me daba igual el toro, la chica que entraba y salía sin reparar en mi presencia y el calor que hacía. Intenté convencer a mis amigos para irnos de allí, e intentar conocer a otras chicas, pero éstos estaban a gusto charlando con unos y otros, también ayudaba que estábamos bebiendo sin gastarnos un duro.
Fuera, el sol se había escondido y una suave brisa fresca corría por la calle. Me senté en la acera para despejarme. No terminaba de acostumbrarme a beber con el estómago vacío. Uno de mis amigos salió con otra copa que acepté sin rodeos mientras miraba al corro de chicas que tan solo unas horas antes parecían ser amigas de toda la vida.
Por megafonía anunciaron que habían dado muerte al toro. Sinceramente me había olvidado del animal. Ahora lo que me apetecía era salir de allí. Me levanté para ir al baño.
Te habrás lavado las manos dijo la chica más guapa del local cuando salí del minúsculo lavabo.    
Sí, claro… dije confuso.
¿Os apetece comer algo? preguntó, si queréis podéis pasar a nuestra zona privada y picar algo.
No hizo falta que insistiera para que los gorrones de mis amigos entraran en la estancia anexa. Como buitres arrasaron con la comida. En otras circunstancias habría hecho lo mismo, pero allí estaba ella, me había hablado y sonreía. Me acerqué.
Muchas gracias por todo dije para intentar mantener una conversación.
No hay de qué contestó sonriendo mientras se alejaba.
No pude evitar lanzar una mirada de soslayo cuando abrió la nevera. Llevaba una fina camiseta ajustada que marcaba sus pezones. Era perfecta. Cuando dejó más comida sobre la mesa se acercó de nuevo. Algo parecía que estaba cambiando. Puede que fuera tímida o quisiera conocerme mejor, el caso es que estaba a mi lado y su sonrisa inundaba la estancia, no había nada ni nadie alrededor, solo ella y yo.
Aún no estoy seguro de cuánto tiempo estuvimos hablando. Fue ella la que dijo que estábamos solos. Todos habían vuelto a la barra. Entonces me lancé. Ella respondió a mi arrebato y nos fundimos en un largo y apasionado beso.
Tengo novio dijo secamente tras el beso.
No contesté, me limité a observar cómo sacaba el móvil y contestaba a un mensaje.
Sin decir nada más, salió dejándome desconcertado. Minutos después entró acompañada de un chico mayor que yo. Nos presentó. Hablamos de cosas intrascendentes durante un rato y seguimos bebiendo y bebiendo.
Lo último que recuerdo, era que entre risas, los tres entrábamos en un piso.
No sé cuántas horas pasé dormido, el caso es que desperté cuando noté que el sol entraba con violencia a través de los rectangulares agujeros de la persiana.

Sonreí al ver que a mi lado dormía alguien tras la fina sábana, pero, ¿sería ella?
Me dolía la cabeza, y algo me decía que en la noche anterior había hecho algo que jamás contaría a mis amigos.
Me incorporé para apartar la sábana, pero no hizo falta; su larga melena negra no dejaba lugar a dudas. Era ella.

Buenos días, machote dijo su novio entrando desnudo por la puerta guiñándome un ojo.


Vicente Ortiz Guardado
Junio 2014

7 de abril de 2014

Videorrelato "el ser".

Vídeo creado a partir del microrrelato,"El ser", escrito por Vicente Ortiz Guardado. Emitido en la Rosa de los Vientos el domingo 09/02/14.




21 de marzo de 2014

María

Llevaba meses observándola y aunque cada noche era casi igual a la anterior, no podía arrancarla de su pensamiento en todo el día. Era excitante. Se ponía nervioso esperando tras la cortina y, cuando aparecía ella, justo frente a él, tan cerca pero a la vez tan lejos, se sentía feliz.
A ella parecía importarle poco que la vieran, tampoco hacía nada malo. Él deseaba ser el único que la espiaba, pero, ¿estaba mal lo que hacía?, ¿sabría que la miraba cada noche? Eso no importaba, en los minutos que duraba “el encuentro” era el hombre más afortunado del mundo y no quería pensar en un rechazo si ella se sintiera observada, por eso se escondía bien, porque aunque algunas veces ella se quedaba mirando fijamente a su ventana y él había estado a punto de asomarse para saludarla, en el fondo no se atrevía, se conformaba con verla tras el escudo contra la timidez que le daba la cortina. Ojalá fuera tan lanzado como el vecino de su rellano que siempre andaba con unas y otras.
 Aquella mujer desprendía sensualidad en cada movimiento y en cada gesto. Incluso cuando sacaba un cigarrillo del bolso con aquellos largos y delgados dedos interminables y se lo ponía entre sus labios gruesos dando una calada o cuando se apartaba el pelo que se agitaba delante de su cara y se lo sujetaba tras una oreja dejando al descubierto su estilizado cuello.
No sabía su nombre, pero había decidido llamarla María. María era una mujer de unos cuarenta años. Bien proporcionada y con aspecto juvenil, aparentaba menos edad. Pero en su mirada se adivinaba a una mujer con experiencia en la vida, culta e independiente. Sus rasgos marcados nunca pasaron inadvertidos en él. Aquellos pómulos prominentes, su larga melena negra, sus carnosos labios, sus arqueadas y bien perfiladas cejas, su barbilla redonda y una mirada tierna e inocente le habían enamorado desde el primer día que la vio en el balcón, además, aquel día llevaba un escotado vestido blanco que dibujaba unas deseadas y firmes formas casi perfectas dejando prácticamente al descubierto sus pechos.   
Para su desgracia, hacía varias noches que no leía y eso quería decir que pronto volvería a entrar en su piso. Cuando salía con un libro, solía sentarse cruzando sus bronceadas piernas en una pequeña hamaca de mimbre. Encendía un pequeño flexo y podía pasarse horas leyendo. Él fijaba su mirada en los gestos que veía en ella, gestos que le indicaban lo triste, interesante o decepcionante que era lo que leía.

Ya no sabía qué hacer para llamar su atención. Lo había intentado todo; maquillada, sin maquillar, mirándole fijamente, incluso con escotes de vértigo o sin sujetador, a oscuras para que solo intuyera su silueta o con luz. Su obsesión por aquel hombre de mirada triste había llegado tan lejos que sólo le faltaba presentarse en su casa y pedirle que la invitara a tomar algo. Pero el tiempo pasaba y no había respuesta. Tal vez fuera tímido, gay o ya estuviera comprometido. Que no le gustara no podía ser; ella gustaba a todo el mundo, incluso a las mujeres. Pero jamás se le había resistido nadie durante tanto tiempo, ella sabía cómo conquistar a los hombres, llevaba toda la vida seduciendo y consiguiendo que se rindieran a sus pies, y aunque algo decepcionada, la indiferencia que él mostraba lo hacía aún más deseable.
Era viernes y ya estaba oscureciendo, el momento justo para hacer una locura. Con un rotulador de punta ancha escribió algo sobre una cartulina rosa que dejó colocada estratégicamente para que fuese visible desde el piso al que miró mientras lanzaba un suspiro antes de volver al interior.
“Si te interesa, tendré la puerta abierta toda la noche” podía leerse desde el edificio de enfrente.

No podía creer lo que estaba viendo, por fin iba a tenerla entre sus brazos. Más clara no podía ser. Se arregló un poco y después de prepararse unas palabras mirándose en el espejo del baño, se decidió a salir a la calle. No hizo falta llamar al telefonillo; su portal estaba abierto. Subió nervioso hasta el quinto piso y cuando estaba frente a la puerta de su chica respiró profundamente. Sonrió. Luego tocó el timbre y esperó. Alguien abrió.

Hola dijo el vecino de su rellano asomando la cabeza.

Vicente Ortiz Guardado
Marzo 2014
Derechos de autor: Código de registro en Safe Creative: 1805257184706 

10 de febrero de 2014

Podcast del relato "El ser".

Microrrelato "El ser", enviado por Fátima Juan al programa de Onda Cero, La rosa de los vientos.
Escrito por Vicente Ortiz. Narrado por Remedios Márquez. Editado por Victor San Román.
Emitido el domingo 09-02-14



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX

28 de noviembre de 2013

La carretera

Llevaban preparando la broma desde que uno de los chicos escuchó la leyenda urbana de la chica de la curva en un programa de radio nocturno, y aunque hacía un poco de frío para semejante atuendo, merecía la pena sufrir para pasar un buen rato.
La joven se había maquillado la cara de blanco y había exagerado unas oscuras ojeras con el mismo color que se había pintado los labios. El vestido blanco lo había comprado el artífice de la idea en una tienda de segunda mano y también se había encargado de llevar el coche. El más joven de los tres grabaría la escena que luego subirían a la red.
Abandonaron la estrecha carretera para adentrarse unos metros en el camino elegido días atrás. La noche era desapacible, de no ser por la linterna que llevaban, la oscuridad era casi absoluta. Avanzaron en fila india por la cuneta unos doscientos metros hasta llegar a las curvas donde llevarían a cabo la hazaña.
Cámara en mano, el más joven subió a un árbol para grabarlo todo. El otro acompañó a la chica hasta que a lo lejos vieron aparecer dos luces, entonces ella se descalzó, él cogió los zapatos y se escondió tras unos matorrales. Algo nervioso, animó a la chica para que actuara como habían ensayado.

Tras acabar la jornada de trabajo, una mujer de mediana edad conducía cada noche por aquella peligrosa carretera. Empezaba a estar harta, además, casi todas las noches cuando llegaba a casa, su hija ya estaba durmiendo.
A lo lejos, algo llamó su atención. Algo blanco. A pesar de no ir muy deprisa, redujo la velocidad. Estaba agotada y aunque le picaban los ojos por el esfuerzo de conducir de noche por una carretera tan oscura y sin señalizar, claramente identificó a una persona. A menos de cien metros supo con certeza que era una mujer, puede que una jovencita. Redujo un poco más. Le aterraba parar en aquel sitio de escaso tráfico sin nada de iluminación.

La chica de la cuneta inclinó su cabeza hacia un lado mientras entreabría la boca y estiraba los brazos en una postura poco natural. Cuando el coche estaba a pocos metros de ella y su velocidad era cada vez más lenta dio dos pasos colocándose en mitad de la carretera. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos, los mismos que tardó la conductora en esquivarla mientras pasaba a su lado y aceleraba para perderse en la oscuridad de la noche.
El chico que permanecía en el árbol pudo grabar la escena completa; la mujer perdió el control en la segunda curva y cayó por un terraplén. Rápidamente bajó del árbol y aunque sus amigos no la habían visto salirse de la carretera, habían escuchado claramente el estruendo.
A ninguno de ellos se le pasó por la cabeza socorrer a la accidentada cuando emprendieron la carrera, sólo querían llegar al coche cuanto antes y desaparecer de allí.
La joven se sentó en el asiento trasero. Al acomodarse para cambiarse de ropa fue cuando se dio cuenta que aún estaba descalza. Metió el vestido en una bolsa y pidió sus zapatos. Su compañero no estaba menos nervioso, los sujetaba en silencio con la mirada perdida. Puso en marcha el coche y sin decir nada los tiró sobre los asientos traseros. Mientras recorrían el camino que daba acceso a la carretera, la chica encendió la linterna y con la ayuda de un pequeño espejo y unas toallitas empezó a desmaquillarse.
Cuando pasaron por la zona donde había tenido lugar el siniestro, redujeron considerablemente la velocidad, pero sin llegar a parar.  
Aquí fue donde me maté dijo la chica con voz tenebrosa apagando la linterna.
Los compañeros de los asientos delanteros se miraron de reojo. Ninguno dijo nada. El conductor intentó verla a través del espejo del coche, pero la falta de claridad se lo hizo imposible. Ella se dio cuenta y empezó a reírse.
―No tiene gracia ―dijo el más joven.
―¡Frena, joder! ―gritó la chica poniéndose entre los dos asientos― Hay alguien allí.
La mujer que sostenía un teléfono en la cuneta se quedó mirando el coche que paraba a su altura.
Hola chicos saludó tranquila, he tenido un descuido y me he salido de la carretera. Ya he llamado a mi marido para decir que estoy bien. Vivo a pocos kilómetros de aquí y él no tiene coche, ¿me podríais llevar a casa?
Buenas noches saludó el conductor intentando mostrar tranquilidad, no se preocupe, nosotros la llevaremos.
La mujer abrió una de las puertas traseras y saludó a la joven que apretaba contra sí una bolsa. Ésta se limitó a asentir con la cabeza, y por miedo a que la reconociera apartó la mirada.
La mujer les fue indicando el camino sin que los jóvenes hablaran en todo el trayecto. En unos minutos estaban entrando por su calle.
Muchas gracias, chicos, me habéis salvado la vida. Allí está mi marido ―dijo señalando al hombre que con rostro serio hablaba por teléfono.
Avanzaron unos metros. El hombre se quedó mirando el coche que se aproximaba. Pararon a su lado. Entonces se abrió una de las puertas traseras y la joven que aún sujetaba la bolsa bajó del coche. Se acercó al hombre y se abrazaron.
Ha pasado algo terrible dijo él, después de besarle la frente.
Lo sé, papá.

Los chicos se miraron aterrados, no entendían nada. El conductor echó un vistazo al asiento trasero buscando una explicación, pero allí no había nadie.


Vicente Ortiz Guardado
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010981

21 de octubre de 2013

Videorrelato "Soy la única".

VÍDEO REALIZADO A PARTIR DE LA EMISIÓN DEL MICRORRELATO "Soy la única", EN EL PROGRAMA DE ONDA CERO, LA ROSA DE LOS VIENTOS el domingo  30/09/13



14 de octubre de 2013

El ser.

Un estridente chirrido lo despertó. Conforme abrió los ojos, casi a cámara lenta, el sonido se fue desvaneciendo. Miró a un lado, luego al otro. Lo hizo muy lentamente, puede que por miedo a que le escucharan. Todo parecía en calma. Excepto por su respiración, el silencio era casi absoluto.
Por la ventana de su habitación se colaba la claridad de una farola cercana que dibujaba un rectángulo en la pared. Le daba cierta tranquilidad no estar totalmente a oscuras.
Se fue destapando lentamente. Primero apartando las mantas con las manos y luego con la ayuda de los pies para no incorporarse directamente. Finalmente se decidió a levantarse y empezó a caminar de puntillas. Antes de salir de la habitación miró atrás. Algo pasó en ese momento cerca de la ventana haciendo un ruido que no supo describir, algo como un zumbido chirriante. El perfecto rectángulo que iluminaba la ventana quedó casi borrado durante unos segundos. Seguramente un pájaro estaba revoloteando alrededor de la farola.
Encendió la luz. Se relajó. Luego hizo lo propio con las del pasillo y con la de la cocina. Mientras sonreía, se sirvió un vaso de leche. Se lo tomó de un trago. Inspiró profundamente y dio media vuelta para volver a la cama. Una a una fue apagando todas las luces que había encendido. Tumbado bocarriba, se quedó mirando la pared hasta que el sueño empezó a aparecer de nuevo, pero otra vez ese sonido lo puso en alerta. Desesperado se frotó los ojos antes de levantarse y decidirse a mirar qué era lo que había en la calle. Cuando se dispuso a abrir la ventana apareció ante él una siniestra figura. Cayó sobre la cama sin poder apartar la mirada de aquel ser. El sonido empezó a aumentar de volumen, posiblemente provenía del sus alas. Su cuerpo tenía ciertos rasgos “humanos”, pero lo más impactante en aquel ente, era su mirada.

Desde la calle, el enorme insecto lo estudió a fondo con sus gigantescos ojos rojos. Luego desapareció.
Bloqueado sobre la cama lo encontraron dos días después balbuceando algo sin sentido. Tras el diagnóstico médico lo ingresaron en un hospital psiquiátrico.

Restablecido, meses después empezó a hacer vida normal. Una noche en la que dormía plácidamente se despertó alertado por un sonido familiar. Se levantó y abrió la ventana. No tardó en aparecer el misterioso ser que tiempo atrás lo había trastornado. Cara a cara se contemplaron unos segundos, casi podían tocarse. Fuera lo que fuera aquello, no era de este mundo, no podía serlo. Era tan alto como él, pero la envergadura de sus alas lo hacía mucho más grande.
Dio unos pasos atrás y sacó algo que llevaba un tiempo escondido bajo la almohada. El ente no desconfío al ver el reflejo que la hoja dibujó haciendo un arco en el aire. Es más, podría pensarse que lo esperaba. Sus ojos rojizos se apagaron cuando el enorme cuchillo se incrustó en el centro de su cráneo.

Días más tarde lo encontraron bloqueado de nuevo sobre su cama. Esta vez no balbuceaba. Insertado entre sus ojos, un cuchillo de cocina había acabado con su sufrimiento.      

Escúchalo en IVOOX
Relato inspirado en el Mothman.
Vicente Ortiz Guardado
14-10-13
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056011018

30 de septiembre de 2013

Podcast del relato "Soy la única".

Microrrelato "Soy la única. Escrito por Vicente Ortiz. Realizado por Pepe Menchero. Narrado por Ángel Mosquera. Colaboran Remedios Márquez y Elena Redondo.
Relato ganador del concurso de los emitidos en Septiembre de 2013 en el programa de Onda cero, La rosa de los vientos. Emitido el domingo 30/09/13



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX

12 de septiembre de 2013

Soy la única

En cuanto me vio llegar, la enigmática joven me miró profundamente. Luego, pareciendo ignorarme miró al frente y levantó los brazos diciendo algo incomprensible. Entonces aparecieron cientos, puede que miles de pájaros negros que apenas dejaban ver el cielo. La chica volvió a mirarme sin parar de hablar, pero entre los graznidos y el aleteo me fue imposible oír lo que decía. Nos separaban unos cuatro metros, pero su mirada cada vez era más penetrante y aunque en ningún momento me vi amenazado por ella, la impresionante bandada de pájaros empezó a sugestionarme. Cuando ella volvió a mirar al frente aproveché para salir corriendo. No quería seguir allí ni un segundo más. Buscando protección, me oculté tras el enorme troco de un viejo árbol. Me senté en el suelo, apoyé la espalda y cerré los ojos un instante, quizá unos minutos, no estoy seguro. Quería desaparecer de allí, pero ¿cómo?
El diabólico sonido de aquellos pajarracos empezó a desvanecerse poco a poco. Abrí los ojos. Respiré profundamente y miré a mi espalda. La chica ya no estaba y los pájaros se veían avanzar en el horizonte como una enorme nube negra preparada para descargar. Sin pensarlo me levanté y salí corriendo. Después de bajar la loma de aquel monte paré para coger aire. Sudaba. Tras una llanura casi desértica, a unos dos o tres kilómetros se veía un pequeño pueblo. Antes de continuar miré atrás para asegurarme que estaba solo. Tras confirmarlo, comencé a correr de nuevo respirando con más dificultad. Mis piernas cada vez estaban más agarrotadas y cada paso que daba era un pequeño castigo. Al poco rato empecé a toser y tuve que parar de nuevo.
No había sido buena idea quedar a través de internet con aquella chica misteriosa. Desde que nos conocimos todo había sido muy raro, pero algo en ella me atrajo desde el primer saludo y tras unos días de insistencia acepté aquella estúpida cita. Me aseguró que no me iba a olvidar de ese día, pero a cambio yo tenía que desplazarme hasta aquel remoto lugar en el que lo único que quedaba eran las ruinas de un viejo castillo olvidado al que algún estúpido había llenado de pintadas con símbolos que no había visto antes.
Un poco más tranquilo decidí continuar la carrera. Las primeras zancadas fueron golpes rígidos que apenas controlaba y a punto estuve de caer al suelo, luego cogí el ritmo y aunque estaba muy agotado, ver las casas cada vez más cerca me animó a seguir. Miré atrás sin parar de correr y entonces ocurrió; tropecé con algo y entre una nube de polvo caí al suelo. Con la manga de la camiseta me limpié el sudor de la cara y cuando alcé la vista… allí estaba ella, a pocos metros me miraba sin expresión en la cara. Un escalofrío recorrió mi nuca cuando me levanté. Mis piernas temblaron, no sé si por el cansancio o por el miedo que, esta vez sí me provocó su presencia.
Soy la única dijo casi en susurros, ya no hay vida a mi alrededor.
No fui capaz de hablar. Estaba tan bloqueado que ni siquiera reaccioné cuando apareció uno de aquellos pájaros revoloteando entre el polvo para posarse finalmente en su hombro.
Ven a mí continuó mientras se acercaba, no tengas miedo, ya ha pasado todo.
Quería desaparecer de allí y no volver a saber de ella, pero estaba tan agotado que ni me planteé volver a salir corriendo. Sentí que mi voluntad le pertenecía, estaba totalmente a su merced y alguna fuerza desconocida me impedía moverme.
¿Qué está pasando? pregunté tembloroso.
Justo en ese momento vino una fuerte racha de viento que nos envolvió en un pequeño tornado. Cerré los ojos para protegerme. Cuando los volví a abrir la tenía a dos palmos de mi cara. El viento paró y fue cuando me di cuenta que en su cara no había ojos, solo dos terroríficas y oscuras cuencas…

…Reaccioné y caí de la cama. Por suerte había sido el sueño que llevaba repitiéndose tres noches seguidas. Miré el reloj, era hora de levantarme.
Me senté a la mesa para tomarme un café y ojear el arrugado periódico que mi padre acababa de devorar. Normalmente siempre empiezo por las últimas páginas, pero esta vez empecé por el principio. En portada aparecía a todo color una imagen que me impactó. Sin tiempo que perder, empecé a leer el artículo que figuraba en el interior. Era terrible; un avión se había estrellado cerca de mi ciudad y no había supervivientes. Al final del párrafo ponía que habían cerrado la edición del periódico poco tiempo después del accidente y que seguirían informando en la edición digital del periódico.
Encendí la tele y busqué el canal de noticias. El destrozado fuselaje del avión se había desperdigado cientos de metros. La amalgama de sanitarios, bomberos y policías se movía de un lado a otro entre los restos. Subí el volumen.
Fuentes cercanas al ministerio decía la reportera nos han confirmado que una insólita bandada de aves han sido la causa del siniestro. Teniendo en cuenta a la altura que volaba el avión, aún se desconoce cómo los pájaros pudieron entrar por las turbinas de los motores haciendo que éstos pararan. De momento sólo hay un superviviente, se trata de una chica de unos treinta años, aún sin identificar.
Entonces apareció la imagen de una joven que estaba siendo atendida. Era ella. Miró a la cámara y, aunque no se entendió bien, sus labios dijeron claramente: Soy la única.       

Escúchalo en IVOOX
Vicente Ortiz Guardado.
Septiembre 2013
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056011032