21 de mayo de 2019

Turbadoras miradas.



Queridos oyentes, muchas gracias por vuestro apoyo y paciencia con esta humilde locutora que tanto disfruta narrando grandes y pequeñas historias. Sé que no es propio de mí ausentarme tanto tiempo del micrófono, y pido disculpas por ello, pero recientemente he pasado por algo muy desagradable, y he preferido tomarme un descanso. Sinceramente, no me veía con fuerzas de grabar algo que bajara la calidad del programa por culpa de mi estado anímico y, aunque ya me siento mejor, y espero volver a retomar pronto la dinámica de trabajo habitual, hoy vais a tener que perdonar que me salte mi propio guion. Aunque sólo sea por esta vez, necesito detallar algunos sucesos que, sin pretenderlo, he vivido en mis propias carnes. Sentir que estáis al otro lado escuchando creo que me servirá como terapia de choque, por eso no podía dejarlo pasar. Encontraréis algunos paralelismos con las ficciones que nos gustan en este programa, o tal vez no, y llegaréis a creer que están extraídos de alguna serie o novela, sin embargo, os prometo que son tan ciertos como que me llamo Gina.
Antes de empezar, quiero que sepáis que no vais a oír efectos sonoros más allá de un poco de música de fondo. Si notáis que improviso o escucháis algún fallo, se debe a que estoy haciendo mi primer directo. Sí, como suena, no hay edición, repito: estoy en directo. Tal y como os adelanté en Twitter, he superado la vergüenza y podéis verme ahora mismo a través de YouTube. A los más de mil doscientos que ya estáis conectados, os mando un beso, que hago extensivo para los que escuchéis más tarde el podcast.
Confieso que he pasado unos días estresantes corrigiendo el texto, haciendo pruebas con la cámara y temiendo que a última hora me diera un ataque de ansiedad o algo así, pero la verdad es que me siento genial.
Antes de que se me olvide, aunque ya os he dicho que esta historia es real, me he tomado sutiles licencias adaptando algunos detalles o escenarios para hacerlo más novelesco. Para evitar conversaciones, lo he escrito para ser narrado en primera persona, pero siempre por separado desde el punto de vista de cada personaje y variando los tiempos verbales. No sé si habré acertado, vuestros comentarios me sacarán de dudas. Sin más, paso a relatar esta historia.
Que la disfrutéis.

25 de abril de 2019

Podcast del relato "Rosalía".

Relato escrito por Vicente Ortiz, narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
Puedes escuchar más audio relatos desde la pestaña Podcast del blog, o directamente en IVoox. Si prefieres mayor calidad de sonido, puedes escuchar o descargar el audio en Mega.

11 de abril de 2019

Podcast del relato "Turbadoras miradas".

Relato escrito por Vicente Ortiz en exclusiva para el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas
Puedes seguir el trabajo de Olga en Spotify, itunes, Google podcast, Twitter, YouTube o Ivoox.
Más audios de Vicente en Ivoox.


27 de marzo de 2019

Promo Turbadoras miradas.

Vídeo promocional del relato Turbadoras miradas, escrito en exclusiva para el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas.
Puedes seguir el trabajo de Olga en YouTube en Twitter y en Ivoox.



24 de febrero de 2019

Promo Cuaderno de bitácora.

Video promocional del relato "Cuaderno de bitácora". Próximamente disponible en el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas.




20 de febrero de 2019

Aguas oscuras.

Vídeo realizado a partir de unas fotos y el relato "aguas oscuras" escrito por Vicente Ortiz. 
Narración y edición de audio por La Nebulosa Ecléctica.


11 de febrero de 2019

Podcast del relato "La mansión Farrell".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica
Escucha la lista completa en Ivoox
Audio con mejor calidad de sonido en Mega.

1 de febrero de 2019

El faraón desconocido.

C
on esta carta de despedida, sólo quiero pedir perdón y dar a conocer unos hechos que vivió mi abuelo materno hace muchos años y que, por desgracia, se han repetido. Su historia la contó en el lecho de muerte, y, aunque yo era un niño, jamás he olvidado sus palabras. Mi madre, seguramente queriendo protegerme, le quitaba importancia diciendo que el viejo estaba loco y que vivió obsesionado y en perpetuo pavor intentando hallar respuestas a su paranoia. ¡Pobre incomprendido! Sólo yo conozco la fortaleza que demostró para llegar a anciano soportando tanto sufrimiento mientras luchaba contra el mal que poseía el objeto que lo hizo caer en desgracia. No guardo rencor a mi desdichada madre, al contrario, sé que su vida no fue sencilla, subsistió menospreciada, al igual que mi abuela, por pertenecer a un seno familiar extravagante para los cánones morales y cívicos que se suponían correctos. Sin contacto con las personas que nos rodeaban, nos mudábamos constantemente de ciudad en cuanto aparecía un ápice de relación social. Entonces no lo entendía, pensaba que todo correspondía al comportamiento corriente de una madre soltera de la época que tenía que criar a su hijo y cuidar de un padre enfermo sin poder permitirse otra cosa que no fuera trabajar y mantener una mínima ilusión de cordura en el hogar. Al madurar comprendí que ella sólo quería alejarme del estigma y el caos que le tocó vivir.
Cuando el abuelo Smith se fue para siempre, mi madre temió que yo acabara como él. No se confundió. A pesar de su protección, nada pudo hacer cuando él, sin pretenderlo, como si de una herencia macabra se tratara, me pasó el testigo de un trastorno que se dejaba adivinar en mi curiosidad morbosa por investigar su pasado. Aún era un adolescente cuando ella también partió. Con el tiempo, mis indagaciones se convirtieron en una obsesión febril de auténtica pesadilla. Después de examinar durante años sus pertenencias, manuscritos y recortes de prensa, me dediqué a viajar en busca de las más recónditas bibliotecas, a profundizar en oscuras sociedades secretas, a vagabundear en un mundo paralelo de sustancias psicotrópicas y a acercarme a líderes de tenebrosas sectas. Fueron años de confusión que me hicieron comprender finalmente que, cuanto más me acercaba a los misterios de mi abuelo, más me enredaba en su mismo desconcierto enfermizo.  
Descubrí que cometió, producto del poder maligno que lo manejaba de forma semiinconsciente, unos horribles crímenes que marcaron su tormentosa vida. Cuando supo de sus actos, se convirtió en un ser extraño e infeliz que, por suerte, pudo combatir el resto de sus días contra esa fuerza que siempre lo acompañó. Por desgracia yo no soy tan fuerte. Tardé en darme cuenta del dominio que ejercía sobre mí, pero, aunque ya es tarde y no puedo devolver la vida a quien se la arrebaté, ni enmendar el daño que a tantos he infringido, hoy pondré fin al laberinto aterrador en el que me encuentro y que me ha llevado a vivir experiencias que asustarían al místico más osado.

27 de diciembre de 2018

Podcast del relato "Insectos".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La nebulosa ecléctica.
Escúchalo en Ivoox.
Con alta calidad en Mega.

26 de noviembre de 2018

Podcast del relato "Londres".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. 
Escúchalo en Ivoox.
Con alta calidad en Mega.
Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

2 de noviembre de 2018

Podcast del relato "El Pugio".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. 
Escucha la lista completa en Ivoox.
En alta calidad en Mega.
Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

8 de octubre de 2018

Podcast del relato "Hellville".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

18 de septiembre de 2018

Podcast del relato "Cuaderno de bitácora".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

6 de julio de 2018

El pugio.


Ahora que mi aliento se agota y que pronto mis ojos se cerrarán para siempre, reconozco que no mereció la pena. He malvivido en Hispania desde que me exilié y nada de lo que se me prometió se ha cumplido. Sé que lo merezco, hice algo terrible y por eso ya no tengo nombre, ni patria, ni pasado. Ahora mis huesos y pellejos yacen en la oscuridad de la más humilde de las villas hasta que me llegue la hora. Fui un ingenuo enamorado de la más cruel y hermosa criatura que haya parido la República. Me sedujo y acepté a acabar con el enemigo de su padre sin saber quién era y que todo era un sueño; pues ni siquiera era su padre, pero creo que soy tan estúpido, que, aunque volviera a nacer mil veces, volvería a caer en su trampa a cambio de volver a sentir su cuerpo desnudo entregado a mí. Aunque hace mucho tiempo de aquello, no puedo reunirme con Plutón sin confesar el secreto que destrozó mis días de juventud y me hizo abandonar mi amada Roma para siempre.

1 de julio de 2018

Podcast del relato "Aguas oscuras".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.


Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

19 de marzo de 2018

Videorrelato "La Mansión Farrell ".

Vídeo creado a partir del relato escrito por Vicente Ortiz emitido en el programa de radio "La Rosa de los Vientos" de Onda Cero el sábado 23/01/16Narrado por Fernando Megía con la colaboración de Agustín García y realizado por Pepe Menchero.


2 de febrero de 2018

Insectos

 Incluso antes de que cayeran las comunicaciones, la desesperada situación entre los supervivientes que intentaban encontrar alimentos y sitios seguros, se estaba traduciendo en continuos altercados violentos. Eso me provocaba aún más pavor que los diabólicos insectos, pero quién soy yo para juzgarlos, se trataba de sobrevivir y por eso salía de casa en contadas ocasiones para pertrecharme de lo estrictamente necesario y dosificar los víveres durante el mayor tiempo posible.
Comencé el día de mi nueva vida después de una noche en la que había pasado más tiempo despierto que dormido. Mi cuerpo era ya una enorme roncha que desfigura toda forma anterior a la llegada de los insectos. Cada mañana al despertar, me dedicaba a matar y barrer los bichos que se habían colado en casa, quién sabe por dónde, pero esa mañana fue diferente. Maté a los que me molestaron, pero se quedaron en el suelo.
Con la mochila preparada, mi inseparable raqueta y el estrambótico traje de protección de abejas que había reforzado de forma artesanal, salí a la calle sin tener muy claro el rumbo a seguir. En un principio me había planteado intentar subir a la montaña, que aún conservaba nieve. Albergaba la esperanza de que allí no hubiera ningún insecto, pero, aunque así hubiese sido, de nada me habría servido no morir por el veneno de sus picaduras si iba a morir de hambre o frío, así que, cogí buen ritmo y me dirigí a la salida oeste.
En poco más de una hora de caminata, dejé atrás la ciudad en la que había pasado toda la vida. Allí ya no había familia, ni amigos, ni siquiera buenos recuerdos, incluso dejé a Phillips, mi apellido y por quién era conocido. Hacía mucho tiempo que no lo escuchaba pronunciar por nadie. Lo único que quería, era alejarme del horror, quizá para adentrarme en otro, pero tenía que intentarlo.
El camino no fue sencillo. Con la raqueta fui matando y espantando bichos todo el tiempo, pero mis fatigados brazos me dolían y pesaban por la sobrecarga. En algunos tramos tuve que subir montículos de bichos muertos que se habían ido amontonando en mitad de la carretera formando espectaculares barricadas. El olor era vomitivo y el sonido al pisar esa masa crujiente y viscosa en descomposición, era repugnante. Mis pies se adherían a un suelo que me agarraba, y cada paso era más penoso que el anterior. Mi cerebro empezó a jugarme malas pasadas, y por el agotamiento y la inhalación de los restos podridos, en algún momento llegué a creer que mis botas hacían una especie de efecto ventosa y se atrapaban en la masa, sacando los pies descalzos. Por suerte no ocurrió, aunque sí caí en un par de ocasiones embadurnándome casi todo el traje.

26 de septiembre de 2017

Rosalía

Aún se me eriza la piel cuando pienso en aquellas noches. La parte racional de mi cerebro me dice que fue sugestión, y como siempre he sido una persona escéptica, es a lo que me agarro, pero esa otra parte cerebral, quizá más loca y menos encorsetada, a la que algunos llaman emocional, me dice que viví una experiencia paranormal. Ya sé que viniendo de mí suena a broma, yo, el incrédulo que a todo le pone objeciones o le busca una explicación racional, hablando de fenómenos anómalos en primera persona, pero créeme, los hechos ocurrieron.
En unos días hará dos años que hice un viaje con mis amigos Eduardo y Rafael, recorriendo buena parte del norte del país. Como uno de ellos tiene parientes en un pequeño pueblo montañés al que hace años que no va y está muy cerca de una de las zonas que íbamos a visitar, nos pasamos a saludar.
Nada más llegar al pueblo y ver a su familia, que, aunque lejana, parecían hermanos por las muestras de afecto, sobre todo de la mujer de más edad, supe que no permitirían que nos quedáramos en un hotel y que nos obligarían a pasar la noche allí. Finalmente fueron dos noches. Por el día aprovechamos para visitar la zona y no causar muchas molestias, ya que éramos tres personas más en la casa, y aunque era enorme y en ella solamente vivían tres mujeres, no queríamos abusar de la confianza.
Como ya he dicho, la vivienda era un caserón tan grande como antiguo y tan solitario como silencioso. Revestido de granito y madera parecía una casa rural de esas que hay ahora, pero ésta, era real. Las tres mujeres eran solteras. La mayor de las ellas, de unos sesenta años, era la madre de una y tía de la otra, pero parecían hermanas clonadas. Las tres eran altas y delgadas, vestían de riguroso negro y llevaban el pelo recogido. Aunque parcas en palabras, eran muy agradables, y en todo momento nos hicieron sentir como en casa.
La primera noche, nos fuimos a la cama poco después de cenar. No nos pareció apropiado que las tres mujeres se fueran a dormir y sus huéspedes se quedaran por allí cotilleando, cosa que nos vino bien, porque estábamos agotados.
Mis amigos durmieron en la misma habitación, justo al lado de las de las dueñas. A mí me tocó una habitación en la otra parte de la casa, entre la cocina y el comedor. La ventana daba a un corral donde había muchas macetas, una jaula con pájaros y un pozo.
A pesar del colchón, que se hundía más de lo deseado y del somier metálico que crujía cada vez que me movía, no tardé en quedarme dormido. No habrían pasado más de dos horas, cuando un sonido tras la puerta me despertó. Sin moverme, permanecí atento por si volvía a escuchar algo, ya que empecé a dudar si habría sido un sueño. Mi duda quedó aclarada cuando volví a oír una especie de lloriqueo, como el lamento de alguien que está sufriendo, pero sin hacer excesivo ruido. Luego paró. Tras un rato de tranquilidad, me senté sobre la cama preocupado por si había pasado algo. La cama chirrió rompiendo el silencio sepulcral del lugar y fue como si pusiera en alerta a la persona que había al otro lado de la pesada puerta de madera. Caminé mientras escuchaba unos pasos que se alejaban y cuando abrí la puerta, allí ya no había nadie. Lo primero que me vino a la cabeza, es que mis amigos habrían querido gastarme una broma, pero después de llevar un buen rato tumbado sobre la cama sin poder dormir, a pesar del paradisíaco silencio de aquella casa, empecé a dudar si habría sido alguna de las mujeres. Posiblemente al levantarme de la cama, se asustó o no quiso encontrarse a solas conmigo y fue cuando escuché los pasos apresurados que se perdían por el oscuro y frío pasillo.

17 de abril de 2017

Podcast del relato "Londres".

Audiorrelato escrito, narrado y editado por Vicente Ortiz.


Si no puedes reproducirlo, inténtalo directamente en IVOOX

24 de febrero de 2017

Hellville

1. El investigador.
El antiguo oficial de Scotland Yard dejó atrás el edificio de las nuevas dependencias policiales en silencio y negando con la cabeza. Tenía un solo día para contestar y no ayudaban las formas en las que se había solicitado su colaboración. Como necesitaba estar a solas y meditar la respuesta que debía darle a Daniel, bajó caminando despacio por Victoria Embankment. Al llegar al Támesis, encendió un cigarrillo mirando a los trabajadores que remataban las obras del nuevo alcantarillado.  
Charles Moore era un hombre serio y educado que alcanzaba la cincuentena, pero por su físico no aparentaba más de cuarenta años. Alto y a pesar de su amplia espalda, lucía una figura delgada, casi escuálida. Con el pelo largo, totalmente rasurado y con las patillas más cortas de lo que dictaba la moda, nadie diría que había pasado más de media vida trabajando en la policía de Londres.
Le irritaba sobremanera que sus antiguos colegas recurrieran a él ahora que trabajaba por su cuenta. Pero lo que más le había indignado de aquella cómica reunión, fue que Lord Howard, un viejo ricachón, y Albert, su inseparable hombre para todo, quisieran participar en el caso. Dónde habían quedado la metodología y la discreción con la que tan buenos resultados en el pasado habían hecho del cuerpo un ejemplo envidiado por todas las policías de Europa. Estaba cansado de que lo citaran para asesorar o dar un punto de vista diferente al de sus investigadores y a pesar de que pagaban bien, casi siempre se negaba o buscaba alguna excusa aludiendo que tenía mucho trabajo. Para su desgracia, esta vez, el oficial de mayor rango con el que habló, era un viejo conocido de nombre Daniel, con el que había compartido demasiados años de experiencias. Se conocían bien y le costaba negarse cuando éste era quién le pedía ayuda. Por su expresión, gestos o Dios sabe qué, el veterano oficial sabía perfectamente si a Charles le interesaba un caso y entonces lo presionaba hasta convencerlo.

En reiteradas ocasiones le había dejado clara su opinión sobre el caso de William, el médico desaparecido, pero la influencia de altas esferas estaba poniendo contra las cuerdas al cuerpo y de ahí su insistencia para que les ayudase. Demasiada gente adinerada se había preocupado por la desaparición del galés, uno de los personajes más ilustres desde que se trasladó a Winchester. El caso era interesante y muy bien remunerado, pero que dos civiles con ganas de aventura formaran parte de la investigación, no ayudaba en absoluto y por eso había hablado con contundencia ante las miradas inquisitorias del viejo Lord Howard y Albert, su ayudante. Finalmente aceptó el caso, aunque lo haría a su manera y compartiendo solamente lo estrictamente necesario. Si llegaba el caso, daría pistas falsas para que los dos patanes no entorpecieran sus pesquisas. A él le gustaba trabajar en solitario.

17 de febrero de 2017

El duende malo y el mago bueno.

Érase una vez, en un país muy muy cercano en el que quince niños entraban al cole como cada mañana. Habría sido un día normal y corriente si no fuera porque en pleno recreo, Adolfo, un extraño hombrecillo vestido de llamativo y alegre colorido, al que solamente los niños podían ver, les dijo que en la hora del recreo del día siguiente lo acompañaran para tener una gran aventura, eso sí, deberían guardar el secreto porque los mayores no entendían nada de nada. A pesar de que aquel personaje no tenía muy buenas pintas, por alguna razón, quizá mágica, los niños no dudaron en urdir un plan.
Cuando Merycar, la maestra, no miraba, iban diciéndose cosas al oído y discutiendo cómo lo harían.
Bruno, Nico, Nahiara y Carmen pronto se pusieron de acuerdo con Jorge, Asiel, María y Manuela. Yoel, Silvia y Lucía al principio no terminaban de verlo claro, pero cuando Diana Marcela, Naila, Gabriela y Carla se apuntaron, no dudaron en unirse al grupo.

25 de enero de 2016

Podcast del relato "La mansión Farrell".

Relato escrito por Vicente Ortiz.

Emitido en el programa de Onda Cero, La rosa de los vientos.
Narrado por Fernando Megía con la colaboración de Agustín García y la realización de Pepe Menchero.

28 de noviembre de 2015

Somos diferentes.

No puedo quejarme, no. He tenido una vida tranquila y feliz.
La gente siempre me ha sonreído, caigo bien, eso lo sé. Ahora estoy mayor y las cosas han cambiado. De hecho, es ahora cuando empiezo a hacerme preguntas que antes jamás se me habrían pasado por la cabeza. Antes sólo pensaba en superarme, en hacer las cosas bien, en dar amor y enseñar lo que sé. Puede que sea porque las caras que antes me sonreían, ahora están más serias simplemente porque me queda poco. No quiero dar pena a los que tanto me han dado; solamente quiero que me recuerden como era antes.
Mi familia está a mi lado y los que vienen de visita me dan el calor que necesito. Por primera vez deseo salir de este mundo, y, aunque me aleje de mi familia, quisiera salir con los otros, con esos que no han dejado de visitarme durante toda mi vida. Me gustaría tener mi última gran experiencia, pero no sé si aguantaría con ellos ahí fuera. Somos diferentes.


Una niña a la que jamás había visto se acerca. Está muy triste, pero es preciosa. La miro fijamente a los ojos y aunque no entiendo lo que dice, me transmite tranquilidad. La señora mayor que la acompaña se seca sus lágrimas. Empiezo a ver borroso. Siento que me duermo, puede que lo haya hecho un instante, pero vuelvo a abrir los ojos. La niña también comienza a llorar. Vuelvo a sumirme en un sueño, esta vez es más profundo. Siento paz, la paz que nunca pensé que lograría en un momento así. Siempre me atormentó pensar en el último suspiro, pero ahora me siento bien.
¿Qué le pasa? pregunta la niña.
Ha llegado su hora, cariño.
―¡No quiero que se muera el delfín! grita sollozando.

Vicente Ortiz Guardado.
28-11-15

30 de octubre de 2015

La madre loba.

La camada de tímidos lobeznos salió a descubrir el mundo que les rodeaba. Ajenos a lo que les había tocado vivir a sus progenitores, no tardaron en entregarse al juego sobre la manta de hojas que cubría el húmedo suelo otoñal.

Cuatro largos años habían tardado, batida tras batida, en acabar con aquellos miserables animales. Santiago, el famoso cazador que había llegado de las montañas del norte contratado como una auténtica estrella en la extinción de lobos, estaba satisfecho. Ganaría un buen pellizco y además, había ayudado a la comunidad exterminando al último lobo sobre la tierra. Se le había resistido, pero después de varios días de acoso pudo abatirlo de un disparo certero. Ahí comenzó su calvario.
El respetable, a la par que alocado Gabriel, un viejo del lugar totalmente en contra de la matanza y al que todos conocían como El chamán del bosque, le advirtió cuando portaba el sangrante trofeo en el remolque de su camioneta: "acabas de vender tu alma a Satanás. Ya nada será igual, jamás descansarás y la madre loba te atormentará cada día de tu triste vida".
Santiago, lo miró con desdén, pero sus profundas ideas religiosas le hicieron sentir un pinchazo al escuchar al melenudo y arrugado personaje. Por suerte para él, no tardó en olvidar al viejo, ya que uno de los cazadores locales se le acercó entre risas para hacerle entender con un gesto, que el pobre anciano estaba loco.
Esa misma noche comenzaron las pesadillas en las que una enorme loba parda, alentada por Gabriel, le perseguía hasta devorarlo. Noche tras noche, en cuanto cerraba los ojos, las enormes fauces de la madre loba desgarraban sus entrañas. El insomnio lo llevó a la depresión y ésta sumada al consumo de alcohol, a ir perdiendo la cordura. Algunas veces creía ver los brillantes ojos de la loba centelleando en la oscuridad de su casa. Semanas después de acabar con el último lobo, apenas quedaba nada del fortachón leñador del norte que había llegado con aires de grandeza portando un fusil al hombro. Una noche tuvo un sueño revelador y aunque su estado era lamentable, no dudó en coger la camioneta y volver al sitio en el que todo empezó. 
No se extrañó al ver que Gabriel lo estaba esperando en la puerta de su cabaña. Los dos hombres no dijeron palabra alguna durante el trayecto que les condujo a través del frondoso bosque hasta el comienzo de una pequeña montaña granítica salpicada de oquedades y pequeños arbustos. Llegaron cuando la sombra ganaba la batalla a los últimos reflejos del sol. El viejo encendió una hoguera y ante la atenta mirada de Santiago, que por instantes parecía recobrar la razón, sacó algo de comida. Se sentaron al abrigo del fuego y comieron.
¿Qué tengo que hacer? se decidió a preguntar el leñador con voz temblorosa.
Ya no puedes arreglar lo que hiciste, pero puedes reconciliarte con ella dejándola que cumpla su misión. Debes ayudarla, solo así podrás descansar contestó el viejo chamán mirándole con dureza.

Unos minutos después apareció una enorme loba parda. Excepto por su delgadez, era idéntica a la de las pesadillas. En su panza se adivinaba que estaba preñada y aunque seguramente llevaba mucho tiempo sin comer, el imponente y majestuoso porte de su presencia aterrorizó a Santiago, que retrocedió unos pasos. El animal se acercó al asesino de su compañero con el hocico arrugado y mostrando sus desafiantes colmillos. Lo olfateó dando una vuelta a su alrededor y después se alejó muy lentamente. Santiago miró a Gabriel y fue cuando comprendió cuál era el sacrificio que debía hacer para alcanzar la paz, era parte de la misión de la loba. El viejo asintió tímidamente. Su rostro ya no expresaba tanta dureza, de hecho, mostraba una cálida sonrisa.

La loba empezó la ascensión por la rocosa montaña. Cuando había subido la mitad, echó un vistazo atrás, el leñador la seguía decidido. Pronto estarían en su guarida y todo acabaría.

Vicente Ortiz Guardado
30-10-15
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21 de mayo de 2015

La mansión Farrell.

La mansión de los Farrell seguía tal como la recordaba de pequeño; quizá un poco más grande, pero todo permanecía igual, era increíble, hasta el olor persistía impregnándolo todo con aquel perfume que creía olvidado. Los viejos, pero lujosos y bien conservados muebles seguían en su sitio, los colores de las paredes, los cuadros, la enorme biblioteca familiar, las habitaciones… Era como viajar en el tiempo y volver a revivir aquellas pesadillas de juventud.
La casualidad había hecho que tuviera que volver después de tantos años, pero ya no era el niño que entraba acompañando a Thomas Farrell, mi mejor amigo, para hacer los deberes del colegio. Él siempre se reía de mí, pero como sabía que me daba un poco de miedo su familia, entrábamos directamente a su habitación para hacer los trabajos. Luego le obligaba a acompañarme hasta la puerta para no encontrarme a solas con sus padres. Me daban auténtico pavor aquellas miradas perdidas o verlos deambular a oscuras por los tétricos pasillos mientras tarareaban viejas canciones.
Ahora era cuestión de trabajo y en cuanto tomara unas fotos para la tasación, saldría de aquellos horribles muros para no volver jamás. Encendí todas las luces y empecé con mi cometido como si de cualquier otra vivienda se tratara. No puede evitar sentir un escalofrío cuando entré en el cuarto donde todo ocurrió. Según hacía las fotos, algo despertó en mi interior una curiosidad casi morbosa, como si una voz me animara a hacerlo. No dudé a la hora de escudriñar cada rincón del enorme armario macizo de madera y abrir uno a uno cada cajón de la cómoda y la mesilla. Nada me llamó especialmente la atención, realmente solo había ropa y juguetes. Me habría hecho ilusión encontrar algún cuaderno o libro con apuntes de su puño y letra. Decepcionado, me senté en el borde de la cama en la que tantas veces había saltado jugado con Thomas a intentar tocar la llamativa viga de madera que atravesaba el techo de la habitación. Fue entonces cuando la coraza que había creado durante años se destrozó. En unos segundos afloraron viejos recuerdos que creía enterrados y alcé la vista para plantarla en esa viga, la misma que había servido para realizar aquella estúpida ceremonia diabólica en la que mi amigo había perdido la vida a manos de sus propios padres.  


Tres golpes secos que llegaban de la planta baja, me sacaron de mis cavilaciones y de un respingo me levanté de la cama. Seguramente alguien del banco o el propio dueño, ese excéntrico que seguía manteniendo aquel viejo caserón tal como era en los sesenta, había llegado. Al salir de la habitación y adentrarme en el espacioso pasillo que llevaba a la escalera, volví a sentir un escalofrío y otro maldito recuerdo apareció tan fresco como si lo estuviera viendo. En una entrevista televisada, los padres de Thomas, pocos días antes de ser ejecutados en la silla eléctrica, afirmaban que unas voces les habían dicho que lo hicieran. Malditos locos susurré mientras bajaba.
Hola, Andy dijo el hombre tras abrir la puerta.
Hacía años que nadie me llamaba así, de hecho, solamente Thomas y Many, el hijo de la cocinera, solían hacerlo.
Buenas tardes contesté intrigado, ya he terminado el trabajo y me iba ahora mismo. En cuanto esté todo listo le llamarán de la oficina.
―¿Es que no te acuerdas de mí? preguntó sonriente mientras me ofrecía su mano. La verdad es que han pasado muchos años, Andrew, pero en cuanto te he visto, te he reconocido.
No supe qué contestar en ese momento, pensé en Many, pero sus rasgos latinos no encajaban con los del hombre que me examinaba. Miré fijamente a sus ojos y fue como si me susurraran:
Las voces insistieron y no pude hacer otra cosa para librarme de ellas. Mis padres tuvieron que mentir y cargaron con ello, ¿ves como no eran tan malos?

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Vicente Ortiz Guardado
Mayo 2015
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9 de marzo de 2015

Comentarios del relato "La carretera".

En el magnífico programa de radio, «Elena en el País de los horrores», dirigido por la periodista Elena Merino, Margari Torrealba comenta en su sección, "El club de los marineros muertos", el relato escrito por Vicente Ortiz, «La carretera».
Extracto del capítulo emitido el jueves 05-03-15



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX
Programa completo aquí.

5 de marzo de 2015

Cuaderno de bitácora.

23-05-1929 en algún lugar del Antártico.
Día ochenta y siete. Unas horas antes del amanecer.
Todo sigue en calma, el barco no se mueve, nada funciona y excepto por un suceso que detallaré, podría volver a escribir lo mismo que llevo escribiendo en mi cuaderno de bitácora desde hace varias semanas.
Si bien es cierto que lo sospechaba, ayer, justo antes del anochecer, pude ver con mis propios ojos tierra firme no muy lejos de donde mi barco sigue varado. La espesa niebla que me acompaña desde que desapareció toda la tripulación, se esfumó de forma extraña durante unos minutos. Salí a cubierta y frente a mí se abrió un pasillo que dejaba ver el hielo que me rodea. Al fondo, pude divisar claramente algo similar a una formación rocosa cubierta de hielo, puede que se trate de una isla. Minutos después la niebla volvió a cubrirlo todo.
He pasado casi toda la noche pensando qué hacer, pero desde que me encuentro sola, el miedo a lo desconocido me tiene paralizada. Aún me queda comida para un par de semanas, pero tengo que hacer algo antes de volverme loca. Estaré atenta, y si el fenómeno se repite, haré una rápida exploración.
Doctora Fhatim John.
Volvió a la cama, apagó la vela y pudo quedarse dormida.

En cuanto la niebla empezó a desaparecer por segundo día consecutivo, Fhatim amarró la fina, pero pesada cuerda y bajó del barco por primera vez desde que habían partido de la Patagonia casi tres meses atrás. La belleza y a la vez la miseria de aquel lugar, la impresionó aún más desde abajo. Después de diez minutos caminando se quedó sin cuerda, pero como la isla ya estaba muy cerca, decidió tenderla sobre el suelo haciendo una especie de círculo que le sería más fácil localizar para el regreso.
Cuánto echaba de menos la brújula que Robert, su padre, le había regalado el día que partieron. Por desgracia, desde que misteriosamente una noche desapareció toda la tripulación sin dejar rastro, todos los aparatos, incluidos los del barco, habían dejado de funcionar. En un arrebato de furia había lanzado su brújula al vacío después de llevar varios días sin que la aguja se moviera.
Cuando estaba a poco menos de trescientos metros del primer montículo helado, una ligera niebla empezó a bañar lo que unos instantes antes había sido claridad. Miró atrás, aún veía la cuerda, pero debería caminar en línea recta para volver a encontrarla. Siguió caminando y pronto comenzó la ascensión. Respiró fatigada. Diez o doce metros después, ante ella se extendía una llanura solamente rota por algún ligero desnivel. Se adentró unos metros más, pero era inútil continuar, la niebla ya lo inundaba casi todo. Decidió dar media vuelta, porque además, pronto anochecería.
Con mucho cuidado, comenzó a caminar sin saber dónde pisaba. Era como ir con los ojos cerrados. Al empezar el descenso supo que le quedaban un par de minutos hasta llegar a la cuerda, puede que tres, ya que iba más despacio que cuando llegó. Era consciente de que si se desviaba, prácticamente sería imposible llegar al refugio que le proporcionaba el barco. Al raso no aguantaría una noche.

22 de noviembre de 2014

Mesa para cuatro.

REC. Son las tres y diecisiete minutos del viernes veintiocho de noviembre. Junto al equipo V, acabo de entrar en la vivienda. La policía ya nos ha dejado libre el terreno y vamos a empezar. La primera impresión es escalofriante; no sólo por el desorden, sino por el nauseabundo olor a carne en descomposición. Me indican que los cuerpos están sobre la cama del dormitorio principal. Me cubro la cara con una mascarilla; el olor es inaguantable. Me acerco a los cuerpos para hacer el primer examen. La chica yace bocarriba, está totalmente desnuda y por su aspecto no debe pasar de los veinticinco años. El chico está en posición fetal, diría que es algo mayor, pero no mucho más, también está desnudo. La cama está cubierta de sangre seca. La joven muestra un profundo corte en su garganta y la amputación parcial de sus senos. Su pareja presenta un corte aún más profundo, tiene casi seccionada la cabeza. También puede apreciarse un fuerte traumatismo en el lado derecho del cráneo.
Me dicen que los objetos de valor siguen en la vivienda, provisionalmente descartamos el móvil por robo. Creo que aquí no podemos hacer mucho más y voy a dar orden de que trasladen los cuerpos para que les practiquen la autopsia, pero me temo que la historia se repite. Ya son cuatro jóvenes parejas brutalmente asesinadas en menos de un mes. En los cuatro casos a las chicas les han amputado parte de sus pechos y excepto en éste, los barones han sido decapitados. Estamos ante un despiadado asesino en serie fetichista. STOP.

¡Merino! grita enérgicamente Expósito, que se acerca a mi despacho con unos papeles.
Lo que ya sabíamos, ¿verdad? pregunto sabiendo la respuesta.
Efectivamente ―me contesta con gesto serio, a los chicos de anoche no se les han encontrado tóxicos, llevan una semana tiesos, y eran una pareja común sin antecedentes ni deudas. Como en los otros casos, también estaban solteros.
¿Y la chica? ¿Estaba embarazada también?
Sí, otra oveja descarriada contesta casi con desprecio.
―¡No empecemos, Expósito! levanto la voz con autoridad.
―Lo siento jefa, pero no entiendo a estos jóvenes que deciden tener familia sin estar casados, sólo eso, traer una vida a este mundo no es un juego de niños.
―¡Céntrate en el caso, por favor! Tus creencias, guárdatelas.
En ese momento decido terminar con la reunión. Expósito es uno de mis mejores hombres, pero es una persona tan cerrada en su credo que ve todo inmoral. Aún me pregunto cómo decidió dedicarse a este trabajo. Me estoy arrepintiendo de haber aceptado ir a cenar esta noche a su casa, de no ser porque nos acompañan Molina y Monzón, me habría inventado cualquier excusa para perderle de vista.

18 de septiembre de 2014

Londres.

Londres 28 de enero de 1.897
Querido tío Henry, hace meses que no sabéis nada de mí y voy a intentar resumir cómo ha sido este tiempo sin vosotros.
Quisiera decirte que Londres es un sitio idílico donde continuar mi aprendizaje, pero estoy sumido en una gran depresión de la que difícilmente podré recuperarme algún día.
Tú y la tía Bridget sois como unos padres para mí y habéis sacrificado vuestro bienestar para que yo me convierta algún día en médico. No sé si merezco tal cosa.
Londres es un infierno. En cuanto cae la noche, una espesa niebla cae sobre sus calles como un pesado telón, es entonces, a la hora de las sombras, cuando personajes de distinta índole aparecen de la nada y se hacen con el control de la ciudad. He podido ver con mis propios ojos cómo un policía miraba para otro lado cuando un chiquillo de apenas ocho años era embestido por un coche tirado por caballos. En cualquier siniestro callejón, por un simple reloj de bolsillo un hombre puede ser degollado sin piedad. Es fácil que en el trayecto que hay desde la facultad hasta este pequeño cuarto donde escribo bajo la pobre luz de una vela, más de diez mujeres de diferentes edades intenten venderme su cuerpo por unos chelines. Dios se apiade de ellas. Como imaginarás, hago con que no escucho sus obscenos comentarios y sigo caminando en silencio. Prefiero darle un chelín a cualquiera de los muchos vagabundos que deambulan sucios y enfermos por las calles de esta lúgubre ciudad.
En mi primera carta os dije que mi habitación era cómoda, pero nada más lejos de la realidad. Intento no morir de frío cada noche en la estancia más pequeña y sucia de la casa, donde un armario sin puertas, una mesita de madera con un taburete y una pequeña y vieja cama son todo el mobiliario. La comida no es mucho mejor, incluso el señor Goodman me ha insinuado que si quiero comer carne haga como el resto de sus distinguidos huéspedes y robe una gallina de vez en cuando en el mercado.    
Qué te voy a contar de la facultad… los profesores solo se dirigen a los alumnos de familias importantes, y estos, con sus elegantes trajes me miran por encima del hombro sintiéndose superiores. Pero eso no me importa. Como tú y la tía me enseñasteis, estoy siendo muy trabajador y gracias a mi empeño tengo buenas notas. Para relajarme, me refugio en la biblioteca cada tarde y me sumerjo leyendo a los clásicos durante horas. También leo viejos tratados sobre medicina que me están viniendo bien.
Lo peor viene por la noche. La soledad de mi oscura habitación me está consumiendo. Apenas duermo por los ruidos y el frío. Paralizado sobre mi cama, escucho voces en la calle y temo que algún día alguien trepe para robarme o descuartizarme.
Lo siento tío Henry, en cuanto pueda continúo la carta.


Londres 17 de mayo 1.897 (Continuación).
Soy un miserable. A pesar de haber recibido tus cartas, no he tenido ganas ni valor para escribirte. He llorado mucho la muerte de tía Bridget. Solo el Señor sabe lo mucho que la quería, pero sabíamos que ese día llegaría, aunque siempre he albergado la idea de que podría estar a su lado para despedirme. Lo siento. Siento que os he fallado y que jamás podré compensarte por todo lo que habéis hecho por mí. No merezco que sigas enviando dinero para mis gastos, ni siquiera merezco permanecer en tu recuerdo. Ahora soy una persona distinta, ya no me conoces tío Henry. Esta despreciable ciudad, sumida en los vicios más pecaminosos ha podido atraparme con sus garras, y lo peor de todo, es que en cierto modo soy feliz.
No sufro cuando cada noche aparecen los monstruos que intentan despedazarme en mi lecho. No les tengo miedo. Ni siquiera a esos ruidos desgarradores que emiten al acercarse a mí. Algunas veces, antes del alba, me levanto de la cama y veo a través de mi ventana a los espectros de la noche que, como una nebulosa salen de las casas y emergen para desaparecer en el aire antes de que el sol los destroce con sus primeros rayos. Algunos me observan desafiantes, pero al no encontrar miedo en mi mirada, siguen su ascenso a quién sabe dónde.      
Tío, no llores por mí, soy más fuerte de lo que creía. Los obstáculos que esta maldita ciudad me ha ido poniendo desde que llegué me han curtido y han hecho de mí a una persona diferente, ahora los veo como un juego de niños. 
Mientras tenga acceso al opio de la facultad, no habrá criatura diabólica que pueda contra el láudano que yo mismo elaboro.


Vicente Ortiz Guardado.
Escrito entre los días 17 y 18 de Septiembre de 2014
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010608