15 de agosto de 2020

La anciana.

Como cada mañana, arrastró su enlutada figura hasta la puerta de casa. Con un torpe movimiento se dejó caer en la vieja mecedora de madera que, con un crujido ronco, la recibió recordándole que debía tener tantos años como ella. Mientras se recostaba sobre el mullido respaldo, entornó sus apergaminados párpados, pretendiendo el ilusorio descanso de aquellos pequeños ojos acuosos y rojizos que delataban el cansancio de quien ya ha visto demasiado. Una vez acomodada, lanzó un sollozo de hastío, dejando escapar con el lamento cualquier pretensión por abstraerse del presente, ese que la retenía dentro de un cuerpo frágil y marchito al que despreciaba desde que había caído enferma.

Consultó varias veces el reloj de pared antes de incorporarse. Una ver erguida, necesitó unos segundos sin moverse para que su respiración se regulara. Su hija se retrasaba una vez más. Quizás ya no la visitaba a diario, no estaba segura, ni siquiera estaba segura de cómo había llegado hasta la puerta de su casa. Apoyó sus huesudas manos sobre los mangos del andador y salió a la calle con la esperanza de no encontrarla. Cada vez llevaba peor las reprimendas de sus hijos y, aunque sabía que lo hacían por su bien, no toleraba que la trataran como a un niño indisciplinado. A estas alturas, no.

Lo que antes de la enfermedad no le habría llevado ni un minuto, ahora le resultaba todo un reto que necesitaba culminar cada día. Pero aquella manifestación de coraje no se correspondía a una lucha por superarse, ni siquiera por mantenerse activa u ocupada, aquel ritual que tantas veces había repetido era una estúpida obsesión que la dominaba.

Después de un buen rato de padecimiento, de ver impotente cómo sus torpes pies se arrastraban en cada paso, de aguantar los temblores de unos brazos exhaustos que a duras penas sostenían su peso, de jadeos, tos e incómodos sudores, llegó a la esquina. Para enfocar lo poco que le quedaba de vista, con una mueca forzada, que marcó aún más cada surco de su rostro, se acercó hasta casi rozar el tablón de anuncios con su delgada nariz. Una a una, escudriñó cada necrológica para confirmar que los rostros y los nombres eran desconocidos. Sonrió. La ligereza prestada por ese consuelo, eliminó el lastre que encadenaba sus pies.



Aliviada, se dispuso a regresar para no volver jamás. Sí, esta sería la última vez. Después de mucho tiempo rumiando cuándo hacerlo, al fin, la decisión estaba tomada. Su absurdo empeño por volverse a ver protagonizando una esquela, ya había asustado a bastantes personas.


Escrito por Vicente Ortiz en agosto del maldito 2020

Puedes leer este y otros relatos en la web Dentro del Monolito.

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20 de julio de 2020

Vídeo del relato "La moradora del Castillo de Trevejo".

Para editar este vídeo, se han utilizado varios vídeos libres de derechos, unas imágenes y el audio que se utilizó en el Podcast "Cuentos y Relatos.

2 de julio de 2020

15 de junio de 2020

Podcast del relato "Rosalía" (reedición).

Podcast reeditado del relato "Rosalía", esta vez incluido en el podcast principal del canal La Nebulosa Ecléctica, Cuentos y relatos.

28 de abril de 2020

El sótano.


Antes de llegar a la puerta de lo que parecía la planta subterránea, se arrastró con más cautela de lo que ya lo había hecho al penetrar en la casa. Para que su presa no se pusiera en alerta, la abrió muy lentamente, esperando ahogar con ello algún posible lamento de las bisagras. La experiencia le decía que, provocar el máximo espanto posible, conservando aún toda su energía, era vital en el primer encuentro. Después era todo muy sencillo, pues los humanos solían quedarse paralizados sin oponer resistencia.
Cuando alcanzó el principio de la escalera, advirtió una exigua luminiscencia proveniente de algún punto del lóbrego sótano. Sus sentidos le indicaban que a pocos metros había una persona, podía olerla, saber su temperatura, oír su respiración. Sería su último trofeo para alcanzar la siguiente elevación, esa que tanto ansiaba y que le llevaría de nuevo a su mundo, con los suyos, pero ya convertido en el maestro que todos esperaban.
La exactitud de la fuente de luz no podía verla desde su posición, pero no tardaría en averiguarlo, ya que a quién buscaba estaba justo allí. Plegó sus escamosas extremidades, amoldó el cuerpo a la silueta de la escalera y empezó a bajar reptando despacio. Cuando su forma fue horizontal, se alzó con sigilo, extendiendo de nuevo sus extremidades. En su descenso había recogió la humedad del entorno como un grato recuerdo de su hogar. Se sentía dichoso.



Con determinación, se acercó hacia la iluminada pared de enfrente. De espaldas, sentada en una silla de oficina, pudo ver a una joven humana de pálida piel. Era ella. La pantalla proyectaba pequeños rayos de luz que le atravesaban los cabellos. Hablaba distraída mientras se ajustaba los auriculares con una mano y sujetaba un cigarrillo con la otra.
Impaciente, dispuesto para el ataque, cuando casi podía rozarla, comenzó a abrir las enormes fauces, mostrando orgulloso su triple y poderosa dentadura. De sus entrañas, emergió un cálido y pestilente hedor, que se mezcló con la desbordada saliva de su cavidad bucal. Con el hocico chorreando, retiró la membrana que cubría sus amarillentas escleróticas y elevó las extremidades superiores para atenazar a la presa en cuanto se girara. Justo cuando se iba a lanzar, algo lo distrajo un instante. En la pantalla, una emisión en directo lo mostraba tras una chica que sonreía. Sin apartar la mirada del monitor, cerró las fauces cuando la joven se incorporó.
Te estaba esperando dijo antes de metamorfosearse en un ser parecido a él, soy la Ilusionista.
Resignado, lanzó un pavoso rugido de desesperación al comprender que había perdido: no volvería a su mundo con los suyos. Luego miró al suelo. Allí, en una grotesca posición, yacía el cuerpo de la verdadera Carlota, la que debería haber sido su presa.


Vicente Ortiz. 
Relato escrito para La ilusionista.
Abril de 2020 (confinamiento Covid-19)
Registrado el 28/04/20 en Safe Creative con Nº 2004283810736
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26 de abril de 2020

Día del libro tentacular.

Lectura de un fragmento de "La llamada de Cthulhu" en el día del libro 2020.
A iniciativa del grupo El día del tentáculo, decidí hacer esta blasfemia.


9 de abril de 2020

Ocho minutos.

Los distintos poderes fácticos, religiosos y gubernamentales chocaban tanto, que los ambiguos y presionados pronósticos científicos, cada vez más desacreditados, estaban siendo tan variados, que aún no había consenso para anunciar una teoría oficial que agradase a todos. Los que sí estaba aceptado, es que, si ocurría, cuando todo fuera oscuridad, el sol ya habría colapsado ocho minutos antes. Acompañando a la noche eterna, llegaría la extrema bajada de las temperaturas que, a buen seguro, originaría una angustia irracional en la población. Con el desordenado y creciente pánico global establecido por sobrevivir en un mundo agonizante, los violentos disturbios traerían enfrentamientos de magnitudes apocalípticas. Sin fuerza gravitacional, la tierra y del resto de satélites y planetas que formaban el antiguo sistema solar, vagarían por el cosmos hasta colisionar u orbitar alrededor de otro astro. Pero eso ya daría igual, pues para entonces, los últimos carroñeros y bacterias ya habrían desaparecido antes de que la tierra se convirtiera en un planeta muerto y congelado.
    Ortega se abrió paso como pudo entre la enloquecida muchedumbre que atestaba la Explanada Nacional de Washington. En los últimos meses se había apartado de sus férreas convicciones científicas y, aunque con ciertos recelos, empezaba a flirtear con Annlee, la nueva creencia de moda en medio mundo. Le fue imposible continuar cuando se encontraba entre la Galería Freer y el Museo Nacional de Historia, pero desde esa posición pudo ver a Annabel, que micrófono en mano desde la enorme plataforma instalada bajo el obelisco, se dirigía al entregado público.



    ―Y el ojo amarillo brillará por última vez sobre nosotros ―gritaba la líder haciendo gesticulaciones que hacían danzar su túnica mientras recorría el escenario―, y llegará en la jornada anunciada por Metzengerstein en sus sacros compendios. Y aunque todos sus hijos verán y admirarán su puro fulgor por última vez, ellos serán renovados con la brutal belleza que arrasará para purificar las razas. Y de algunos, solo quedarán las cenizas heladas de lo que fueron, y así, para despertar en la aurora naciente e infinita de una nueva existencia, vosotros seréis los únicos elegidos. Desconfiad de quien reniegue de la doctrina de Annlee o intente engañar con falsas promesas, pues están condenados a que no quede de ellos ni su triste recuerdo. 
    Cuando el discurso terminó, no sin poca dificultad, Ortega volvió a abrirse paso para alejarse, pues como si de un concierto se tratase, los presentes parecían esperar los bises de su adalid.
    Desde el hotel informó a su agencia sobre lo vivido y se despidió de su superior, ya que era el último compromiso con ellos. Ahora le apetecía aprovechar el poco tiempo que quedaba de otra forma que no fuera trabajando, de hecho, había aceptado el último encargo porque quería volver a ver a Annabel antes de que, si se confirmaban las predicciones, todo se fuera a la mierda. Ya habían pasado doce años desde que decidieron dejar la relación, y aunque habían estado en contacto al principio, en los últimos años solo sabía de ella por lo que contaban los medios de comunicación.     
    Cuando al día siguiente se dispuso a salir del hotel para viajar a Boston, junto a la recepción lo abordaron un hombre y una mujer elegantemente vestidos. Como a estas alturas todo le daba igual, no opuso resistencia cuando lo invitaron a subir al coche que esperaba junto a la puerta. Una hora después, dejaron atrás la ciudad de Washington y, a través de un espeso bosque, se adentraron por un camino privado que discurría serpenteante hasta morir en una despejada llanura rodeada de garitas de vigilancia, donde presidiendo el recóndito lugar, se alzaba una lujosa mansión de estilo colonial.
    Junto a la puerta, custodiada de varias personas, una cara conocida lo observaba. Alejada de la imagen pública de líder espiritual, Annabel vestía ropa cómoda e intentaba aparentar cercanía luciendo una sonrisa. Aunque los años la habían tratado bien, aquella mujer distaba mucho de la que él había conocido tiempo atrás, pues ni siquiera se acercó para dedicarle unas palabras.
    Durante las semanas que duró su estancia en la congregación, apenas le permitieron acercarse a ella, y aunque el apocalipsis solo llegó de forma selectiva y voluntaria, en ese tiempo fue testigo del mundo que Annabel había creado, moldeando a aquellos elegidos que la idolatraban, y que no dudaron en quitarse la vida junto a ella en una desesperada ceremonia retrasmitida e imitada por millones de seguidores repartidos por todo el planeta, una vez confirmada la buena salud del sol.


Vicente Ortiz.
Relato escrito para la web Metal Obscura. 
Abril de 2020 (confinamiento)
Registrado en Safe Creative con Nº 2004283810859
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2 de marzo de 2020

La moradora del Castillo de Trevejo.


Animó al perezoso alazán antes de la llegada del alba, pues quería terminar cuanto antes con el delicado asunto que le había llevado hasta aquellas remotas serranías plagadas de oscurantismo y supersticiones con las que los aprensivos aldeanos habían aprendido a convivir, pero que con el paso del tiempo estaban tomando un cariz preocupante en torno a los temerosos hombres de Dios que, por mediación del obispo de Coria, habían reclamado ayuda al propio Rey.
        Por los datos que posee el Consejo Nocturno, históricamente la comarca había sabido sobreponerse a diversos enfrentamientos desde la época en que Fernando II expulsara a los musulmanes, y después, Alfonso VII de León conquistara la antigua fortaleza donde se erigiría el Castillo de Trevejo que, como moneda de cambio, fue pasado de mano en mano entre distintas órdenes religiosas y familias pudientes. También constan documentos en los que, de forma preocupante, se abordaron frustradas represiones contra los díscolos focos de herejes en toda la Sierra de Gata, que ni los públicos autos de fe a manos de la Inquisición, donde se condenaron a muchos de sus vecinos, lograron frenar la indisciplina. Podría decirse que más bien todo lo contrario, pues era evidente que, a lo largo de las convulsas generaciones, había ido germinando un residuo esotérico que se reflejaba en los casos de encubrimiento o tolerancia a las prácticas de brujería y, por el contrario, también denuncias entre vecinos que, por viejas rencillas, habían aprovechado el crispado escenario, acusando a sus adversarios de realizar siniestros sacrilegios.
        En las continuas y desesperadas misivas que habían interceptado, denunciaban a Don Paulino, un cura bajo sospecha, que había reusado presentarse ante el Obispo de la Diócesis para declarar. Se decía que el religioso era otro de los sectarios influidos por una arcana familia descendiente de falsos conversos que seguía abrazando en secreto ciertas ramificaciones transfiguradas de las doctrinas de Mahoma y Moisés, solapándolas en una suerte de fervor siniestro dirigido en las sombras por demonios con apariencia humana. Pecado, diablo y tentación, eran las palabras que más se repetían en las epístolas.
        Aunque el Consejo Nocturno no actuaba en casos de miedo colectivo e irracional en comunidades aisladas, ya que la fuente del problema solía estar en los propios religiosos que, durante siglos, habían atemorizado a sus fieles, manipulándolos para que fueran sumisos mientras ellos se aseguraban el poder y conservaban sus privilegios, habían enviado a Rodrigo para aclarar el asunto, ya que en este caso, los integrantes del clero de la zona eran quienes se habían contagiado de un absurdo pavor alimentado de sus propias creencias y leyendas.
        No había dormido tranquilo escuchando los desesperados graznidos de las aves nocturnas y a la multitud de pequeños animales merodeando nerviosos por su presencia. Por suerte, había sobrevivido una noche más a los lobos que, presionados por los trashumantes y sus enormes perros pastor, se habían retirado hasta los dominios fronterizos del reino de Portugal.
        Como la fría madrugada había congelado algunos charcos y riachuelos que serpenteaban la compleja orografía, y se había formado una baja capa de niebla, decidió prudentemente ir a pie hasta que pudiera cabalgar seguro sobre el irregular terreno húmedo cubierto por una manta de hojas heladas que crujían al ritmo de su tránsito, y que ocultaba trampas formadas por retorcidas raíces embarradas, afiladas pizarras erosionadas y restos de ramas rotas.
        Bien avanzada la mañana, apareció el esperado sol invernal penetrando tímido entre las ramas de los enormes árboles que atestaban las montañas. Ya a lomos del caballo, tropezó con una estrecha vereda, que le llevó hasta un cruce de caminos decorado con varios túmulos en los que destacaban alargadas piedras verticales cubiertas de musgo y también podridos crucifijos fabricados toscamente en madera. Se estremeció al pensar que allí reposaban los restos de infieles y suicidas a los que habían negado un enterramiento en tierra consagrada.
        Después de comer, se topó con un grupo de lugareños que regresaba a casa caminando junto a un generoso riachuelo que discurría ruidoso por el valle. De aspecto asustadizo y parco en palabras, uno de los hombres jóvenes, delgado como un sable, le indicó que ya estaba cerca de la iglesia de San Juan el Bautista, a la cual debería llegar abandonando el camino en el siguiente cruce. La única mujer del grupo, una anciana vestida de negro con el rostro surcado por los años, que sujetaba con una mano algo parecido a un barreño lleno de ropa sobre su cabeza, con voz temblorosa y sin levantar la vista, le advirtió que se pusiera a cobijo antes de la puesta de sol, pues el mal caía como una sombra sobre los incautos que se adentraban en aquellas montañas. Dicho esto, se santiguó con la mano libre, y sin contestar al agradecimiento de Rodrigo, continuó su paso junto al grupo.

Al comenzar la ascensión por el camino indicado, pudo distinguir enseguida, posiblemente a menos de una legua, la majestuosa silueta del Castillo de Trevejo en una de las cumbres. Según sus mapas y anotaciones, la iglesia de San Juan el Bautista estaba al lado, entre el propio castillo y la aldea, aunque ligeramente ladera abajo por el otro lado de la montaña. Cuando culminó la ascensión había bajado bastante la temperatura y ya estaba oscureciendo, así que, sin perder tiempo en explorar el castillo, rodeó la maltrecha muralla para dirigirse cuanto antes a la iglesia, donde debía estar Don Paulino para informarle y alojarle.
        La iglesia era un sencillo templo rectangular bastante menos ostentoso que el castillo. Como la puerta principal estaba atrancada, llamó varias veces, pero no obtuvo más respuesta que el burlesco ladrido de un escuálido perro, que corría asustado hacia la población. Tras sortear unas antiguas tumbas excavadas en la roca, se arrastró hasta la pequeña aldea de Trevejo, que se conformaba de unas veinte modestas viviendas de piedra, para preguntar en alguna de las que se apreciaba la luminosidad del fuego que seguramente calentaba el interior. Después de llamar a la primera, oyó unos pasos y el ruido seco de un cerrojo que corría tras la puerta, pero nadie contestó. Probó en otra con igual suerte. En la tercera tampoco abrió nadie, aunque antes de que un hombre acompañado de un niño cerrara la contraventana, pudo advertir el pánico reflejado en sus caras.
        Tiritando de frío y apesadumbrado por haber asustado a aquella gente acostumbrada al equilibrio monótono en que estaban instaladas, volvió sobre sus pasos en dirección a la iglesia. La oscuridad ya era absoluta. Antes de llegar, distinguió el ondulante resplandor de una vela que se agitaba con el viento. La portadora parecía una mujer que se alejaba presurosa hacia el castillo envuelta en un largo manto. Por temor a asustarla, se detuvo en seco hasta confirmar que la luz se perdía en la distancia. Acto seguido, caminó con sigilo hasta la iglesia. La puerta estaba abierta y la entrada tenuemente iluminada por una vela que prendía a un lado, pero más allá de unos pasos, todo era oscuridad. Alertó anunciando su llegada con un saludo mientras caminaba entre los bancos. No tardó en contestar una desgastada voz masculina con algo parecido a un lamento. Cuando de entre las sombras del fondo surgió la figura de un anciano desnudo que caminaba pesadamente, Rodrigo retrocedió asustado hasta la esquina tras la puerta. Las ciclópeas ojeras moradas del hombre, destacaban en su cara pálida y mortecina de copiosa barba blanca descuidada. Esquelético, de espalda contrahecha y piel marchita, avanzaba con la mirada perdida y la respiración forzada. Sin reparar en la presencia de Rodrigo, cruzó la puerta dando torpes pasos que le llevaron con sus pies descalzos a lo más profundo y oscuro de la noche.
        En ningún momento se vio amenazado, ya que sólo había visto a un viejo decrépito mostrando su insultante desnudez, pero el sinsentido de la escena y la lobreguez del lugar, lo impresionaron tanto como él lo acababa de hacer con aquellas personas que les habían negado la entrada a sus casas.
        Después de unos instantes de vacilación, cerró la puerta de la iglesia y, desechando la idea de salir a buscar las mantas que transportaba en su caballo, se acurrucó en un gélido y húmedo rincón. Unas horas después, y sin haber cambiado de posición, pudo quedarse dormido.

18 de febrero de 2020

Diecisiete mil gracias.

Si hace poco estaba sorprendido por las 8.000 descargas del audio relato "El faraón desconocido", en un mes, ¿cómo estaré ahora con las 17.000 descargas del audio relato "La moradora del Castillo de Trevejo"? Pues no lo sé, la verdad, solo sé que me hace mucha ilusión y que estoy muy agradecido por la repercusión que ha tenido. Pensar que tanta gente se haya interesado por mi texto es algo que me supera. Reconozco que el relato gana mucho gracias al equipazo que ha participado en la edición del audio, por eso, los agradecimientos también son para Jota, Olga y Dani.

¡Nos vemos en el siguiente!

17 de febrero de 2020

Podcast del relato "La moradora del Castillo de Trevejo".

Relato inspirado en el Castillo de Trevejo, en la provincia de Cáceres. Lógicamente, al ser ficción, me he tomado algunas licencias, pero desde que lo visité en un tormentoso día invernal, supe que tenía que dedicarle un relato de fantasía o terror.
Por primera vez se ha publicado en dos canales de forma simultánea, en los podcast de Historias para ser leídas y La Nebulosa Ecléctica, ya que ambos han participado en la narración y edición. También ha colabroado Dani Maglor, del podcast Crónicas de Poniente
Unas 18.000 descargas en IVoox, buenas críticas y un gran trabajo de edición, hacen que sea uno de mis relatos más queridos.
Si quieres escuchar más audio relatos, puedes pinchar la pestaña superior "Podcasts" o a traves de IVoox, en la lista de reproducción.

30 de enero de 2020

SORPRENDIDO

Como reza el título de la entrada, sorprendido me hallo con la buena respuesta por parte de los oyentes/escuchantes. Y es que en menos de veinte días, "El faraón desconocido" va camino de las 8.000 descargas. Solo puedo dar las gracias a Jose, Jota para los seguidores de su magnífico podcast, Cuentos y Relatos, y a la cantidad de gente que lo sigue y anima para seguir. Aunque es injusto hacer menciones, ya que es mucha la gente que hay al otro lado, sí quisiera agradecer especialmente a Isa, Miguel, David, Estaselva, Andrés, Historias Pulp, Olga Paraíso y Nilda, que, junto a otros muchos, siempre están ahí, animando, haciendo comentarios y críticas, que siempre son constructivas y ayudan a mejorar.
Adjunto una captura que me hace especial ilusión, ya que no se está todos los días acompañado por Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Franz Kafka o Elizabeth Braddon :)


15 de enero de 2020

Podcast del relato "El faraón desconocido".

Relato inspirado en la obra de H. P. Lovecraft.
Escrito por Vicente Ortiz.
Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
Puedes escuchar más audios desde la pestaña "Podcast", en la parte superior del blog, en la lista de reproducción en Ivoox o si lo quieres descargar con mayor calidad de sonido en Mega

13 de septiembre de 2019

Una ciudad que bullía dentro de otra que dormía.

Claro quedó enseguida que Cedric iba buscando otra cosa, cuando sorprendido, observé que mi buen amigo conocía muy bien la zona y tenía otros planes más atrevidos que ver alguna aburrida actuación de segunda. Eso despertó en mí cierta excitación controlada, aunque por otra parte me fascinaba comprobar que no conocía en profundidad a mi amigo tanto como pensaba. Como lo noté seguro y decidido, por otra parte, algo habitual en él, sin hacer preguntas me dejé llevar por las callejuelas de los barrios bajos y decadentes de una ciudad que bullía dentro de otra que ya dormía. Animado por el licor de varios de sus locales, bien entrada la madrugada, atravesamos calles en penumbra por las que deambulaban abundantes personajes desaliñados y borrachos. En algunas esquinas, vociferaban corrillos de hombres muy bien vestidos que parecían tratar asuntos con pícaros que reían de forma estridente al cobrar el dinero que éstos le ofrecían a cambio de quién sabe qué.
Al llegar al embarcadero, el soniquete de un ir y venir de almas se mezclaba con los licenciosos comentarios de jóvenes muchachas ligeras de ropa que alquilaban su existencia al mejor postor. Una de ellas, de piel morena y largo pelo negro, me miró fríamente en silencio con sus maquillados ojos centelleantes. No puede evitar contemplarla con una mezcla de admiración por su belleza y de pena por su suerte. Cuando llegué a su altura, de entre las sombras surgió un descarado fortachón mostrando un bastón metálico. Sin tiempo de reacción, mi amigo me tomó del brazo y me llevó a la otra parte de la calle caminando deprisa mientras me susurraba que, una regla no escrita de la noche era que, si no estaba dispuesto a pagar por una compañía femenina, tampoco podía mirarla. De no haber sido por la efímera valentía que acompaña a los efectos del licor, habría obligado a mi amigo a salir cuanto antes de aquel averno, sin embargo, aquel incidente me envalentonó al sentir la misma curiosidad de un niño que está empezando a descubrir la realidad de la vida.
―Allí es, Brandon ―indicó Cedric con una mano mientras con la otra me alentaba a aminorar aún más el paso―, no lo olvidarás jamás.

Seguí sin preguntar, simplemente me abandoné a su voluntad caminando torpemente por una calle que ascendía y descendía entre charcos y suciedad. Al llegar a una zona llana, donde el húmedo empedrado reflejaba la tímida luz de la luna, cruzamos un puente de tres arcos de hierro y pasamos junto a un grupo de hombres que discutía de forma acalorada. Continuamos en silencio hasta la puerta del tugurio escogido, donde Cedric, saludó a un hombre calvo y achaparrado que llevaba la camisa desabrochada y manchada de algo parecido a un vómito reciente. No sé cuánto pagó por nuestra entrada, pero a pesar de la lobreguez del lugar y de su disimulo, pude ver cómo Cedric le introducía unos billetes en el bolsillo de la sucia camisa al rechoncho portero que contestó abriéndonos paso con una socarrona carcajada.
En el opresivo interior no había mucha más luz que en la calle. Sobre cada zona tenuemente iluminada por una vela a medio consumir, se alzaba una inmensa nube de humo que inundaba lo que parecía un viejo taller o negocio en el que habían improvisado, sin muchas exigencias, aquella maloliente taberna. Tumbados en unos mugrientos colchones de lana sucia, varios hombres de ojos vidriosos fumaban opio embarcados en un viaje laberíntico a los confines de la fantasía. Otros saltaban y gritaban con gestos desquiciados en un frenesí enfermizo mientras daban empujones o caían sobre los hombres que ya estaban en el suelo. El olor: mezcla de botica, bodega y cuadra, penetraba en la nariz haciendo que los ojos lloraran y picara la garganta. Muy lejana, la melodía de un tocadiscos que giraba tras una espesa cortina negra en la parte trasera del establecimiento, llegaba vaporosa en forma de sonido entrecortado por el ruido de los parroquianos.
Cedric, sonrió ladeando con gracia su mentón en una especie de saludo que llamó la atención del hombre, que tras el mostrador nos miraba de soslayo con unos ojos que se me antojaron sin párpados ni pestañas. El extraño camarero, con cierta dificultad y anormales movimientos, dio media vuelta girando sobre uno de sus pies para coger de la minúscula estantería dos pequeños vasos de cristal. Alto, delgado, canoso, con el rostro apergaminado y mirada de desequilibrado, el hombre abrió una botella cuando mi amigo se acercó al mostrador y posó uno de sus codos. El loco asintió mostrando una sonrisa cómplice y sirvió su variado brebaje.  Bebimos. Era la primera vez en mi vida que tomaba un láudano como aquel, pues anteriormente solo lo había ingerido en forma de jarabe medicinal, pero al tercer vaso creí alcanzar el nirvana. Mis miedos y problemas desaparecieron por arte de magia, dando paso más tarde a un estado de letargo semiconsciente donde el mundo flotaba a mi alrededor en un baile místico que invitaba al olvido de toda una vida de traumas y miedos estúpidos.
Pasado un lapso imposible de calcular, mi buen amigo desapareció un instante, para volver más tarde con una larga pipa. Una vez más, me tomó del brazo y me dejé llevar. En uno de los resguardos del local, a modo de guarida, dos hombres de mirada inexpresiva y boca entreabierta, se levantaron a nuestra llegada, cediéndonos el espacioso diván de madera donde seguramente habían estado fumando opio junto a la lámpara. Me tumbé intentando amoldar la espalda al escaso acolchado. Fumé. Una vez más, no sé cuánto tiempo pasó, solo recuerdo que cuando Cedric intentó tumbarse a mi lado, a duras penas me puse en pie para dejarle todo el diván. Tras levantarme, sentí una punzada brusca en la tripa, que me hizo encoger. Él sonreía acomodado sin soltar la pipa. Temiendo vomitarle encima, intenté dar unos pasos, aún con cierta energía, pero entonces llegó el descenso a los infiernos y creí perder el conocimiento al trastabillar y caer. Desde el suelo pude ver a otros que dormitaban a mi altura.
El eco remoto del tocadiscos pareció amplificarse a la vez que todo en torno a mí oscilaba de manera brumosa, como si el humo se tragara la materia sólida y lo transformase durante su ciclo en algo inmaterial o gaseoso.

Extracto de una historieta que estoy escribiendo y algún día terminaré.
Registrado en Safe Creative con el código 1909131921668
Septiembre de 2019.

7 de septiembre de 2019

Podcast del relato "la ventana"

Relato escrito por Vicente Ortiz, narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
Puedes escuchar más audio relatos desde la pestaña Podacast en la parte superior del blog, en la lista de reproducción en Ivooxo si prefieres mayor calidad de sonido, puedes escuchar o descargar este audio en Mega.

21 de mayo de 2019

Turbadoras miradas.



Queridos oyentes, muchas gracias por vuestro apoyo y paciencia con esta humilde locutora que tanto disfruta narrando grandes y pequeñas historias. Sé que no es propio de mí ausentarme tanto tiempo del micrófono, y pido disculpas por ello, pero recientemente he pasado por algo muy desagradable, y he preferido tomarme un descanso. Sinceramente, no me veía con fuerzas de grabar algo que bajara la calidad del programa por culpa de mi estado anímico y, aunque ya me siento mejor, y espero volver a retomar pronto la dinámica de trabajo habitual, hoy vais a tener que perdonar que me salte mi propio guion. Aunque sólo sea por esta vez, necesito detallar algunos sucesos que, sin pretenderlo, he vivido en mis propias carnes. Sentir que estáis al otro lado escuchando creo que me servirá como terapia de choque, por eso no podía dejarlo pasar. Encontraréis algunos paralelismos con las ficciones que nos gustan en este programa, o tal vez no, y llegaréis a creer que están extraídos de alguna serie o novela, sin embargo, os prometo que son tan ciertos como que me llamo Gina.
Antes de empezar, quiero que sepáis que no vais a oír efectos sonoros más allá de un poco de música de fondo. Si notáis que improviso o escucháis algún fallo, se debe a que estoy haciendo mi primer directo. Sí, como suena, no hay edición, repito: estoy en directo. Tal y como os adelanté en Twitter, he superado la vergüenza y podéis verme ahora mismo a través de YouTube. A los más de mil doscientos que ya estáis conectados, os mando un beso, que hago extensivo para los que escuchéis más tarde el podcast.
Confieso que he pasado unos días estresantes corrigiendo el texto, haciendo pruebas con la cámara y temiendo que a última hora me diera un ataque de ansiedad o algo así, pero la verdad es que me siento genial.
Antes de que se me olvide, aunque ya os he dicho que esta historia es real, me he tomado sutiles licencias adaptando algunos detalles o escenarios para hacerlo más novelesco. Para evitar conversaciones, lo he escrito para ser narrado en primera persona, pero siempre por separado desde el punto de vista de cada personaje y variando los tiempos verbales. No sé si habré acertado, vuestros comentarios me sacarán de dudas. Sin más, paso a relatar esta historia.
Que la disfrutéis.

25 de abril de 2019

Podcast del relato "Rosalía".

Relato escrito por Vicente Ortiz, narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
Puedes escuchar más audio relatos desde la pestaña Podcast del blog, o directamente en IVoox. Si prefieres mayor calidad de sonido, puedes escuchar o descargar el audio en Mega.

11 de abril de 2019

Podcast del relato "Turbadoras miradas".

Relato escrito por Vicente Ortiz en exclusiva para el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas
Puedes seguir el trabajo de Olga en Spotify, itunes, Google podcast, Twitter, YouTube o Ivoox.
Más audios de Vicente en Ivoox.


27 de marzo de 2019

Promo Turbadoras miradas.

Vídeo promocional del relato Turbadoras miradas, escrito en exclusiva para el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas.
Puedes seguir el trabajo de Olga en YouTube en Twitter y en Ivoox.



24 de febrero de 2019

Promo Cuaderno de bitácora.

Video promocional del relato "Cuaderno de bitácora". Próximamente disponible en el podcast de Olga Paraíso, Historias para ser leídas.




20 de febrero de 2019

Aguas oscuras.

Vídeo realizado a partir de unas fotos y el relato "aguas oscuras" escrito por Vicente Ortiz. 
Narración y edición de audio por La Nebulosa Ecléctica.


11 de febrero de 2019

Podcast del relato "La mansión Farrell".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica
Escucha la lista completa en Ivoox
Audio con mejor calidad de sonido en Mega.

1 de febrero de 2019

El faraón desconocido.

C
on esta carta de despedida, sólo quiero pedir perdón y dar a conocer unos hechos que vivió mi abuelo materno hace muchos años y que, por desgracia, se han repetido. Su historia la contó en el lecho de muerte, y, aunque yo era un niño, jamás he olvidado sus palabras. Mi madre, seguramente queriendo protegerme, le quitaba importancia diciendo que el viejo estaba loco y que vivió obsesionado y en perpetuo pavor intentando hallar respuestas a su paranoia. ¡Pobre incomprendido! Sólo yo conozco la fortaleza que demostró para llegar a anciano soportando tanto sufrimiento mientras luchaba contra el mal que poseía el objeto que lo hizo caer en desgracia. No guardo rencor a mi desdichada madre, al contrario, sé que su vida no fue sencilla, subsistió menospreciada, al igual que mi abuela, por pertenecer a un seno familiar extravagante para los cánones morales y cívicos que se suponían correctos. Sin contacto con las personas que nos rodeaban, nos mudábamos constantemente de ciudad en cuanto aparecía un ápice de relación social. Entonces no lo entendía, pensaba que todo correspondía al comportamiento corriente de una madre soltera de la época que tenía que criar a su hijo y cuidar de un padre enfermo sin poder permitirse otra cosa que no fuera trabajar y mantener una mínima ilusión de cordura en el hogar. Al madurar comprendí que ella sólo quería alejarme del estigma y el caos que le tocó vivir.
Cuando el abuelo Smith se fue para siempre, mi madre temió que yo acabara como él. No se confundió. A pesar de su protección, nada pudo hacer cuando él, sin pretenderlo, como si de una herencia macabra se tratara, me pasó el testigo de un trastorno que se dejaba adivinar en mi curiosidad morbosa por investigar su pasado. Aún era un adolescente cuando ella también partió. Con el tiempo, mis indagaciones se convirtieron en una obsesión febril de auténtica pesadilla. Después de examinar durante años sus pertenencias, manuscritos y recortes de prensa, me dediqué a viajar en busca de las más recónditas bibliotecas, a profundizar en oscuras sociedades secretas, a vagabundear en un mundo paralelo de sustancias psicotrópicas y a acercarme a líderes de tenebrosas sectas. Fueron años de confusión que me hicieron comprender finalmente que, cuanto más me acercaba a los misterios de mi abuelo, más me enredaba en su mismo desconcierto enfermizo.  
Descubrí que cometió, producto del poder maligno que lo manejaba de forma semiinconsciente, unos horribles crímenes que marcaron su tormentosa vida. Cuando supo de sus actos, se convirtió en un ser extraño e infeliz que, por suerte, pudo combatir el resto de sus días contra esa fuerza que siempre lo acompañó. Por desgracia yo no soy tan fuerte. Tardé en darme cuenta del dominio que ejercía sobre mí, pero, aunque ya es tarde y no puedo devolver la vida a quien se la arrebaté, ni enmendar el daño que a tantos he infringido, hoy pondré fin al laberinto aterrador en el que me encuentro y que me ha llevado a vivir experiencias que asustarían al místico más osado.

27 de diciembre de 2018

Podcast del relato "Insectos".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La nebulosa ecléctica.
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26 de noviembre de 2018

Podcast del relato "Londres".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. 
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2 de noviembre de 2018

Podcast del relato "El Pugio".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. 
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8 de octubre de 2018

Podcast del relato "Hellville".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica. Si no puedes reproducirlo, inténtalo en el siguiente enlace a Ivoox.

18 de septiembre de 2018

Podcast del relato "Cuaderno de bitácora".

Audio relato escrito por Vicente Ortiz. Narrado y editado por La Nebulosa Ecléctica.
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